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EL GENERALÍSIMO FUE UN PADRE AMADO

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IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Raúl López

Es muy difícil ahora imaginarnos a Máximo Gómez llevando a sus hijos a la escuela en la mañana, recibiendo una citación para una reunión de padres o recogiendo en el fin de curso el certificado de notas de sus pequeños. Pero esos documentos existen y es una belleza en la vida de un hombre que en la medida que piensa en Patria, lo hace también en familia y en los hijos.

Porque hay un Gómez que en el período de tregua juega en el piso con Itica, la última de las hijas llamadas Margarita (habrá que perpetuar el nombre hasta que sobreviva), niña a quien Panchito le disputa el amor filial; un Gómez que prepara todos los días un catecismo a los hijos, en el que habrá mucho de su experiencia personal; un Gómez que educa a la prole en la lectura de buenos libros; un Gómez que con Laíto toma cerveza en un bar de Honduras y habla de problemas cotidianos, incluso hasta del atractivo que ejerce el joven en ciertas muchachas del lugar donde vive. Así nos llega el hombre de toda la Guerra de los Diez Años, el militar que dirigió la Invasión de 1895: sin charreteras, sin sombrero, sin machete, sin botines. Simplemente en casa.

Eso cuenta el máster en Ciencias Históricas Antonio Álvarez Pitaluga, profesor de la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología de la Universidad de La Habana, quien desde los tiempos de estudiante atesora datos que finalmente verán la luz el próximo año en un hermoso texto que llama La familia de Máximo Gómez (Editora Política).

Asevera que la figura de Gómez no ha sido suficientemente reflejada por la historiografía y que los investigadores han vetado a El Viejo la posibilidad de estudiarlo como un hombre común, capaz de reír, de llorar, de enojarse con sus hijos y la familia, y de tener ciertos placeres corrientes. Sin embargo, "fue un hombre que tuvo la capacidad de amar en el transcurso de la vida y, a la par de ser héroe, combatiente y revolucionario, fue también padre y hombre como cualquier otro".

En total tuvo 16 hijos, hasta donde puede probarse documentalmente. Ignacia y Laíto Gómez, y Francisco González le llegaron muy joven, fuera de matrimonio, en República Dominicana. En Cuba, con Bernarda Toro en una unión matrimonial que se consagró a lo largo de 35 años, vinieron 11; y en la década de los ochenta, le nacieron Antonio Romero y María Teresa Tavel.

"Es un hombre que educa a sus hijos como lo hicieron con él, y era en la época: una formación autodidacta donde la primera instrucción que se recibía, la de aprender a leer y escribir, la de conocer la Cartilla, corre por la familia que tiene una función educativa y da preponderancia a los valores apegados a la moral.

"Para Gómez los valores esenciales son el espiritual y el de la humildad. De ahí una familia que en gran pobreza material, es de una inmensa riqueza espiritual, y esta se convierte en el signo con el que guía su vida".

Sin embargo es una familia, un padre, una esposa, que sufren por la pérdida de cinco hijos. Los primeros Margarita y Andresito murieron de inanición durante la Guerra Grande, en medio de las asperezas de la manigua; los segundos también Margarita y Andrés, fallecen en la tregua fecunda, por problemas de salud; y el segundo Francisco, el Panchito que prefiere caer al lado de su general, Antonio Maceo, en la bravura del combate de San Pedro. Y a pesar de ello, Gómez no renuncia, no deja de hacer revolución, no se desprende de sus ideales y, a costa precisamente de ser y saberse un jefe imprescindible, no pide un centavo.

Sobrevivirá a toda penuria el resto. "Pero ese padre no funciona sin una madre ejemplar. Manana tendrá su terreno de dominio en el hogar, mientras Gómez lo encontrará en los campos de batalla. Es un complemento que permite darse la mano en la educación de los hijos, y tan buena fue esta, que una vez fallecidos ambos, los vástagos fueron consecuentes en su veneración y en no traicionar sus principios".

Y el historiador afirma que casi todos murieron en Cuba después de 1959 por razones que pudieron ser diversas, "pero que les llevó a echar el resto aquí, excepto Clemencia, quien falleció en 1921, y el tercer Andrés, desaparecido en viaje de negocios a Alemania, y como en toda novela nunca se supo de él".

De los que tuvieron larga vida cita a la tercera Margarita, fundadora de las Milicias Nacionales Revolucionarias, de la Federación de Mujeres Cubanas y los Comités de Defensa de la Revolución, al frente de la Vigilancia en su organización de base en el reparto capitalino de Fontanar.

"Gómez se preocupó muchísimo por sus hijos. Existen cartas donde le expresa a su esposa la preocupación que siente por no ser capaz de desarrollar un buen papel, de no cumplir cabalmente con la dirección de la independencia de Cuba, en tanto necesita de la opinión de sus hijos. Esto quiere decir que la polea educativa de los padres a los hijos, en el caso del Generalísimo funciona al revés: la descendencia influye en la obra del padre y lo pone en el compromiso del ejemplo personal que les va a legar", añade Álvarez Pitaluga.

Hay una anécdota que retrata en cuerpo y alma al líder indiscutible: en medio de la Campaña de La Reforma, y cuando ya han muerto José Martí y Antonio Maceo, él está al corriente del matrimonio de su hijo Maxito. "Se preocupa constantemente por la familia, una familia que para la generación del 68 y del 95 será un símbolo del independentismo". Y otra: cuando regresa a Cuba en 1899, tiene una vida hogareña y es habitual que en casa se siente con los suyos los domingos, comparta sus vidas y asista a los bautizos de los nietos.

De entre sus hijos, Álvarez Pitaluga resalta su vínculo estrechísimo con Fernando Urbano, quien condiciona su vida al padre y está a su lado siempre, en relación muy bella, cual lazarillo. "Panchito es el que llega más alto en el plano político porque muere en los campos de San Pedro, pero los demás, desde sus propias edades y lugares donde estén, hacen proselitismo, revolución. Hay que borrar el mito historiográfico de que la familia son tres individuos -Gómez, Manana y Panchito-. Los hijos de ambos son 11, más otros parientes que entran y salen, y todos comparten un mismo hogar e igual ideario".

"Pienso que Gómez es un ejemplo de padre por varias razones, entre las primeras, porque, a pesar de la pobreza, de la humildad en que vivieron todos, nunca educó a los hijos en el trueque de valores materiales a costa del prestigio personal. Nunca lo hizo y prefería, parafraseándolo, andar con los fondillos rotos que pedir dinero".

Para Álvarez Pitaluga una frase de Silvio Rodríguez puede definir a este hombre amado por sus hijos: "Yo me muero como viví".

04/01/2007 09:28 islalsur #. Gentes


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