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“DEJÉ DE ENSEÑAR, PERO NUNCA DE EDUCAR”

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Transcurrido casi medio siglo de la primera epopeya educacional cubana, Olinda Darias cuenta  su experiencia durante la Campaña de Alfabetización

YAIDIMA DÍAZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana.

Año 1961. Yo, Olinda Darias, tenía solo trece años de edad y vivía en Jaragueca, un pueblito de la provincia de Sancti Spíritus, la tierra de Raúl Ferrer, el organizador de la Campaña de Alfabetización y gran maestro por excelencia. En enero asesinaron a Conrado Benítez, yo supe que habían sido bandas contrarrevolucionarias con intenciones de dar un escarmiento a los muchachos de la Campaña, mi ingenuidad no me hacía entender el objetivo de estos actos criminales.

Me conmovió grandemente la carta enviada por Conrado Benítez a todos los protagonistas de esa proeza revolucionaria donde dejaba a un lado el dolor producido por la pérdida de su hijo y los exhortaba a todos a continuar  con esa digna labor de llevar la luz de la enseñanza a los cubanos. Se le debía una respuesta al enemigo, demostrarle que nuestra generación no se amedrentaría por sus bandas, seguiríamos apoyando las decisiones del gobierno revolucionario, por ello se suman miles de jóvenes más, entre ellos yo, a la campaña.

Me parece que lo estoy viviendo de nuevo, mis recuerdos son tan nítidos. Vuelve a mi memoria aquel día cuando comencé, estaba tan ansiosa. Me incorporo como alfabetizadota popular, o sea, encima de un jeep pasábamos por los poblados y yo explicaba la política de la campaña, esa labor me hacía sentir muy feliz.

El Primero de Mayo de 1961, con 14 años recién cumplidos, nos trasladan para Varadero, donde nos impartirían una preparatoria. Fue muy emocionante, jamás había salido de mi pueblo. Recuerdo nuestra llegada, era de noche, se oía únicamente un ruido muy intenso y a esa hora éramos presas de la curiosidad; al amanecer  la emoción nos colmaba, el paisaje estaba hermoso y yo no conocía el mar, por lo que nunca lo olvidaré: el cielo azul celeste se reflejaba en las cristalinas aguas y la arena era muy blanca y fina.

Mis planes se centraban en prepararme para alfabetizar cerca de donde yo vivía, pero de repente los planes cambiaron, la Revolución necesitaba extender la luz de la educación hasta Holguín y por supuesto mi paso al frente no se hizo esperar. Cuando le comuniqué la decisión a mi mamita, ella,  con la estirpe heredada de Mariana Grajales, solo me dijo: "Fíjate bien, si deseas ir para allá, perfecto, yo te apoyaré, pero solo regresarás cuando haya acabado tu misión. No puedes bajo ningún concepto abandonar esta tarea que te encomendaron".

Me tocó un bateycito muy pequeño perteneciente al pueblo de San Germán. Mis alumnos eran tan solo tres: una pareja y un vecino. En la mañana me dedicaba a ayudar en la casa donde me quedaba, con los quehaceres domésticos y ya al atardecer comenzaba a impartir lecciones. El tiempo era bastante limitado porque esas personas realizaban diferentes labores cotidianas para mantenerse ellos y su familia, y la noche significaba un peligro debido a los alzados.

Nunca me había separado de mi mamá y la distancia entre nosotras hacía aparecer la nostalgia, aún cuando ella fue a visitarme tres veces. Cada vez que nos veíamos llorábamos. Ella se ponía muy oronda ante cualquier comentario positivo respecto a mí, ahí fue cuando demostré cómo crecía día a día su niñita.

Tenía una misión en mis manos, nada fácil porque debía esculpir un pedazo de madera, todo desde cero. En ese momento me sentí como una madre disfrutando ver desarrollar a sus hijos. Un trazo, las primeras letras, todo me hacía llenar de alegría y satisfacción. Comprendía que mi trabajo no era en vano y poco a poco se iba cumpliendo mi objetivo.

En diciembre nos avisaron el fin próximo de nuestra tarea y, como prueba, Fidel Castro debía recibir una carta de los alfabetizados. Ese día fue maravilloso, disfruté observar a mis singulares estudiantes redactar una carta. Me parecía un sueño cómo en tan solo ocho meses ellos podían escribir. Resultó ser uno de los tantos milagros del gobierno revolucionario.

El 20 de diciembre llegó la despedida, cuánta tristeza y alegría a la vez. Con lágrimas en los ojos nos besamos, nos abrazamos y como ya ellos sabían escribir me prometieron mantenernos en contacto mediante cartas.

El 22 de diciembre se declaró Cuba territorio libre de analfabetismo en un Acto Nacional celebrado en Plaza de la Revolución. Con nuestros faroles, yo no traía el mío debido a que se lo había regalado a uno de los campesinos, y con los lápices gigantes  desfilamos ante nuestro pueblo y Fidel. Con voces enardecidas le pedimos otra misión. Él, amable y caballeroso como siempre, solo nos respondió que nuestra próxima tarea sería estudiar y prepararnos para el futuro.

En enero de 1961 me llegó la beca para comenzar estudios de secundaria básica y  luego el preuniversitario. En el curso 1977-1978 ante un llamado al magisterio me incorporé, consideré que no sería posible separarme de la vocación forjada en aquellos ocho meses. Escogí la asignatura Español-Literatura y me licencié en ella. Trabajé durante muchos años en un preuniversitario y ayudé a formar a varias generaciones. Mis alumnos me querían mucho quizás porque veían en mí más que a una maestra,  a una madre, y esto gracias a la paciencia y a la experiencia adquirida en el año 1961.

Actualmente poseo dos grandes orgullos: uno, haber participado en la Campaña de Alfabetización y serle útil a la Revolución  en el momento preciso y donde más lo necesitaba; el otro, tener la certeza de forjar en el camino del conocimiento cientos de alas para el vuelo de incontables personas, ese vuelo que todos deseamos tener y todos con aspiraciones diferentes. Eso solo lo logran los educadores.

Los años no pasan por gusto, y precisamente el padecimiento de diabetes me llevó a retirarme del magisterio, pero no del todo, porque aún se me ve conversando con aquellos jóvenes desvinculados del estudio, mostrándoles cientos de razones para que opten por los cursos de superación, convenciéndolos con argumentos contundentes. En fin, dejé de enseñar, pero nunca de educar.

FICHA TÉCNICA:

Tipo de título: De cita textual.                                                      

Tipo de entrada: Evocativa o retrospectiva.

Tipo de conclusión: De opinión o comentario del entrevistado.

Tipo de entrevista por su contenido: Personal.

Tipo de entrevista por su estructura: Monólogo-Testimonial.               



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