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CHARANGAS DE BEJUCAL: ¿PARA SIEMPRE?

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Constituyen el exponente cultural más importante que define la identidad de los habitantes del territorio. Orígenes de la festividad.

CARMEN MONTEOLONGO RODRÍGUEZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana.

La polémica cobra auge cada vez que se preparan las fiestas. En la calle sigue bullendo el afán porque la carroza de sus sueños sea la más bonita, la que fascine de lado a lado de Cuba. Pero entre los más viejos, algunos opinan que ya no es como antes, cuando el bando azul y el bando rojo transformaban sus días en un enfrentamiento sin tregua, cuando la cultura de Bejucal se elevaba hasta el paroxismo.

Unos y otros tienen argumentos, o emociones. En definitiva, se trata de una controversia a favor de la tradición, o mejor dicho, de una de las tradiciones que junto a las Parrandas de Remedios y los Carnavales de Santiago distinguen el colorido, la majestuosidad y la idiosincrasia de quienes vivimos en la Perla del Caribe.

Tierra de charangas

Las famosas festividades de Las Charangas de Bejucal, pueblo situado a unos veinte kilómetros de la capital cubana, son el convite a la fantasía de diseñadores, pintores, músicos y artistas en general.

La especial majestuosidad de la Plaza de Armas y la Iglesia Parroquial de esta localidad son el eje central del desfile de las Charangas en la tricentenaria San Felipe y Santiago de Bejucal.

En el siglo XlX, en ocasión de la Misa del Gallo, los habitantes del lugar que profesaban la religión católica salían a las calles con sus hachones encendidos, matracas, caracoles y gaitas, mientras los hombres y mujeres negros también lo hacían para cantar y rezar a sus deidades rumbo a la Plaza del pueblo y al atrio de la iglesia, todo ello a ritmo de tambores, güiros y botijas.

Esta fusión de multitudes con intereses bien distintos hizo que surgieran dos bandos: el azul y el rojo. El azul (los carabalíes) se denominaba La Musicanga; y el rojo (los congos), era llamado Los Malayos. Los símbolos escogidos fueron el alacrán y el gallo, respectivamente.  La Musicanga era el bando de los criollos, nativos, negros libertos y esclavos, en tanto el rojo o Malayos representaba a españoles e isleños emigrantes.

Pero la fiesta tradicional de las Charangas de Bejucal que comenzaba con la misa del Aguinaldo y terminaba con la del Gallo, el 24 de diciembre, se convirtió en algo más, para complacencia de sus pobladores. Ellos mezclaron en una simbiosis de ritmo multicolor, los de los negros lucumíes, congos y carabalíes con los de España, para el nacimiento de una tradición que transcendió en el tiempo y regala hoy un acontecimiento singular.

El origen de la festividad

Al inicio las Charangas fueron una fiesta acompañada de bebidas y comidas a lo largo de las calles del pueblo, con vistosas carrozas que actualmente alcanzan hasta veinte y tres metros de altura. Los grupos azul y rojo invadían desde aquel entonces las vías de acceso con sus símbolos: el Alacrán del bando azul y el Gallo del bando rojo, donde la parodia tenía un rol fundamental para ir determinando la preeminencia del grupo en cuestión.

"En 1894 Los Malayos presentaron el desfile de una caballería española, la cual quedó interrumpida en la calle Sacristía, actual calle 7, por los integrantes de la Musicanga, armados con piedras y palos",según  Juan J. Barona, historiador de Bejucal.
                                                                                                                                                                                            A comienzos de 1902 aparecen las carrozas construidas con armazones de madera, acompañadas de tambores a ritmo de son y rumba, y los bandos cambiaron sus nombres para ahora llamarse La Ceiba de Plata, el azul, y La Espina de Oro, el rojo. Sin embargo, sus símbolos continuaron siendo los mismos.

La denominación de Ceiba correspondía a una reunión efectuada en la casa de un entusiasta de la Musicanga, a la sombra de un árbol de esa especie. Y plata, pues ese metal blanco se caracteriza por una sonoridad peculiar y es un elemento muy llamativo para realizar decoraciones.

Es posible que sus rivales escogieran La Espina de Oro como nombre, para seguir en contradicciones: espina, símbolo de lo que incomoda, y el oro, ya que este se considera superior a la plata.

En 1912 se incorpora el personaje de la Macorina, un hombre disfrazado de mujer, con grandes glúteos y pechos y que suele bailar sugerentemente. Existe una canción cubana que recuerda a ese personaje real, con el estribillo:” Pónme la mano aquí, Macorina, pon, pon… que me duele, Macorina”.

Con el decursar del tiempo los bejucaleños comenzaron a incorporar personajes pintorescos como la mojiganga, la kulona, el yerbero, y la bollera.

Los bailes de  disfraces o máscaras eran frecuentes en Bejucal. Se convocaban para Nochebuena, generalmente en locales cerrados a los cuales solo tenían acceso los blancos, y después los que querían continuar la diversión se unían a quienes festejaban en las calles.

Rivalidad entre bandos

La rivalidad entre bandos hizo que la construcción de carrozas se hiciera en el más absoluto secreto, con el sabido encuentro y sorpresa posterior ante tanta belleza y originalidad, donde la cultura señorea y domina el alma de los que asisten a las Charangas.

Se designó un jurado para que seleccionara al bando y los artistas que presentasen el mejor conjunto artístico. Esta emulación tenía el fin económico de distribuir entre los vencedores como premio una cantidad mayor de 25 pesos, tomada de la recaudación.

La población elegía el bando ganador por medio de aplausos. El reconocimiento debía pasar, además, por la aprobación del colectivo rival, y el triunfo no estaba completo hasta que el contrario no reconociera la superioridad de sus contrincantes, afirma Aisnara Perera en su libro Africanía en las Charangas de Bejucal.

Las pullas, introducidas en las fiestas por los negros congos, aparecen reflejadas lo mismo en una cuarteta conguera que en una décima. En estas se mezcla la burla que ridiculiza al bando rival.

Otro de los recursos fue el diálogo rimado en décima. Se inventaban dos personajes, uno espinista y otro ceibista, para que escenificaran las rivalidades que en diciembre afloraban en las calles, rememora Juan J. Barona, historiador de la localidad.

Opinan charangueros

Desde el período de 1975–1982 se incorporó más personal para la decoración de las carrozas y la interpretación de los diferentes instrumentos en las congas callejeras, a los cuales se les remuneró como si su labor fuese un oficio más, manifestó el Historiador.

Según algunos pobladores como Pedro González, tal decisión contribuyó a que la rivalidad en las fiestas bejucaleñas se perdiera: “Defender el bando azul o el rojo pasó a ser un simple gusto extrovertido el día del encuentro final”.

Sin embargo, Roberto Macareño, diseñador del bando de la Ceiba de Plata, piensa que "lo importante es mantener viva la tradición. Yo siempre fui Ceiba como mi abuelo Fermín y mi padre Sixto. Pero formé parte del equipo de trabajo de la Espina".

Por su parte, Ibrahím Domínguez, diseñador de la Espina de Oro, opina que ha encontrado a un muchacho joven para diseñar el proyecto de la carroza: “Eso me da tranquilidad, porque después de mí la tradición seguirá existiendo”.

A otros, en cambio, esto les parece mal. Piensan que la verdadera calidad la imprime la competencia. Yoandri Díaz no concibe que quien sienta por un bando colabore con el otro: “Al final, la pasión por lo que haces decide por uno de ellos, o no hay pasión verdadera”.

También, Inés Almaguer cuenta que antes las familias se dividían en peleas por la Ceiba o la Espina: “Tus padres veían por las luces de una, y tú desde pequeño simpatizabas con la otra. Eso era tremendo. Pero ya no es igual”.

Nereida Rodríguez, anciana que participa desde hace mucho de estas celebraciones anuales, declara su inconformidad con la calidad actual de las fiestas: “Han cambiado, ya no se hacen con ese espíritu que siempre las caracterizó. Se han desvirtualizado las raíces y hemos olvidado la importancia que tiene la preservación de la cultura. Recuerdo cuando llegaba el mes de diciembre, las calles se alegraban con la música de la conga, ¡qué días aquellos!”.

Alberto Díaz, estudiante de la secundaria básica Eduardo García, opina acerca de las Charangas: “No se puede negar que estas fiestas dan brillo y color a nuestro municipio, aunque solo hablo de lo que veo”.

En la actualidad, el escenario donde se desplegaban las llamadas "sorpresas" sigue ofreciendo grandes fiestas a los bejucaleños y a los  pueblos adyacentes. No obstante, la fraternal competencia que se realizaba entre los dos bandos se ha ido olvidando año tras año.

Las charangas, el exponente cultural más importante que define la identidad colectiva de los pobladores de la localidad, pierde su esencia tradicional: la rivalidad artística, teatral,  literaria y estética, lo que provoca la falta de identificación propia por parte de los lugareños.

Por estos días se preparan una vez más las carrozas para cumplir la invitación de llevar su colorido a Matanzas. Sin dudas, durante los días que se presentan el público disfruta enormemente, a pesar de quienes añoran antiguas rivalidades. Pero vale una pregunta: ¿comienza a palidecer la tradición bejucaleña o apenas cambia el estilo para garantizar su vigencia?

Ficha técnica:

Tipo de reportaje: Interpretativo. Ofrece diversas aristas y puntos de vista sobre un asunto.

Tipo de título: Genérico
Tipo de entrada: Descriptiva
Tipo de cuerpo: De bloques temáticos
Tipo de cierre: De incógnita

Estrategia de fuente: Juan J.  Barona; historiador de Bejucal; Roberto Macareño, diseñador del bando La Ceiba de Plata; Ibrahim, diseñador de La Espina de Oro; Pedro González, Yoandri Díaz, Inés Almaguer, Nereida Rodríguez y Alberto Díaz, pobladores de Bejucal; Libro Africanía en las Charangas de Bejucal, de Aisnara Perera; y De la mágica cubana: Charangas de Bejucal, de Omar F. Mauri.



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