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UNA REALIDAD TRANSFORMABLE

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No a la violencia. La armonía familiar es fundamental para el desarrollo del infante. El empleo de maltratos físicos y psicológicos como métodos de castigo, ocasionan afectaciones en su integridad.

CYNTHIA ÁLVAREZ  Y YILIAN AZCUY,

estudiantes de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana 

No era la primera vez que su madre le gritaba con furia, que comparaba su inteligencia con la de su hermano mayor o se valía de un cinto para hacerle entender que era la hora inviolable del baño. Carlos, con solo 6 años, había comenzado a ser retraído, a tener miedo de relacionarse con las personas, y  a basar el respeto hacia su madre en el temor y no en el cariño.

En diferentes épocas, religiones y sistemas sociales se ha hecho uso de la violencia como método de “corrección”. Durante siglos fue tolerado e inclusive estimulado por considerarse un derecho de los adultos, necesario para la “formación” de los hijos.

Actualmente, se hace uso de la violencia como “modo de educar” y en el trato cotidiano con los niños. Los maltratos ejercidos por los que se sienten con más derecho a intimidar y a controlar, aumentan a diario según muestran estudios realizados por el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS).

Los infantes son tristemente victimizados con este fenómeno que afecta, además, la armonía necesaria en el seno familiar para su desarrollo sano y feliz.

La psicóloga Lourdes Presmanes, especialista en psicología infantil del policlínico Joaquín Albarrán del municipio Centro Habana, asegura que generalmente, los padres no reconocen que su “forma de enseñar” se basa en maltratos, ya que la mayoría de ellos fueron criados de esta forma.

“La conducta aprendida de sus progenitores es reproducida en los hogares sin intención de causar daño alguno, sin embargo, las agresiones que se suscitan, afectan la integridad física y emocional de  sus hijos”, asegura la especialista.

Con  más caras que una moneda

Se reconoce en  primera instancia el maltrato físico como violencia, sin tener en cuenta que el emocional, el abandono y la negligencia  también lo son.

“Los efectos de las agresiones psicológicas puede que no se perciban de manera inmediata y directa; por lo que algunos son partidarios de que no sean tan graves. Sin embargo, estas pueden ocasionar daños en el  niño de forma considerable”, explica Carmen Rosa Alonso, psicóloga del centro de Salud Mental de Guanabacoa.

A través de actos verbales continuos como críticas, desprecios, burlas, insultos, humillaciones y comparaciones, se evidencia el fenómeno. Decirle al niño habitualmente frases como “es bruto”, “no te voy a querer más”, u otras expresiones que son acogidas como “normales”, pueden ocasionar alteraciones en su conducta y su personalidad. En las víctimas puede desencadenarse agresividad, retraimiento, dificultades para socializarse y expresarse, así como manifestar trastornos en el aprendizaje producto de los daños en el desarrollo motor, psíquico e intelectual.

Además, no solo se ve reducida la autoestima del victimizado, sino también  pueden aparecer trastornos en la alimentación, de sueño y en la piel,  agrega la especialista en atención a infantes.

El maltrato físico raramente se encuentra aislado del emocional y entre sus manifestaciones más frecuentes figuran los golpes con la mano,  con un objeto, los  zarandeos y pellizcos.

La expresión de Juan Carlos, padre adolescente del municipio capitalino de La Lisa, “si se porta mal segurito que le meto un cocotazo”;  o la de María Rosa, madre soltera del municipio Cerro, “si me desobedece le doy con la chancleta”, son expresiones que la mayoría del resto de la población  escucharía como normales.

Sin embargo, a consecuencia de métodos como estos en repetidas ocasiones pueden aparecer lesiones, las que son más peligrosas en niños menores de tres años. “Una paliza” o fuertes “sacudidas” de hombros y cuello, pueden provocar  desprendimientos de brazos y laceraciones en órganos internos como el hígado, el riñón, o el bazo, afirma la pediatra Mercedes González.

El no satisfacer necesidades básicas como alimentación, protección, vigilancia y la falta persistente de respuesta a señales como el llanto, la sonrisa y las expresiones emocionales, son también manifestaciones de violencia por abandono.

De igual forma, el no cumplimiento de las consultas médicas programadas, vacunación, tratamientos médicos indicados y de rehabilitación de defectos físicos y síquicos; o la aplicación inadecuada de medicamentos, son actitudes negligentes.

¿Es justificable la violencia?

María Rosa Rodríguez, madre de 32 años del municipio de Playa en la capital, recuerda cuando en un momento de “mucha presión” se desquitaba con su pequeña de cuatro años: “No tenía trabajo y me había acabado de divorciar. Mis padres viven en el interior del país y yo no tenía a nadie. Sin darme cuenta comencé a gritarle a Laura por cualquier cosa, cuando no me hacía caso le pegaba con un cinto. Me decía a mi misma que la estaba educando, pero sin lugar a duda estaba equivocada. Por suerte, me di cuenta a tiempo de que no estaba actuando de la forma correcta”.

Diversas circunstancias pueden influir en el comportamiento de algunos padres, quienes sumidos en un estado de estrés actúan violentamente. Las tensiones aumentan ante necesidades económicas, hacinamiento, divorcio y presencia de enfermos en la familia. Las características de algunos niños como la hiperactividad y la presencia de discapacidades hacen que algunos progenitores “pierdan la paciencia”, muestran estudios realizados por el CIPS.

Los padres alcohólicos o drogadictos tienen mayor probabilidad de ser abusivos y negligentes con sus propios hijos, por estar bajo los efectos de sustancias que pueden desinhibir a la persona y disminuir su autocontrol; mientras que las madres solteras, al tener que enfrentar solas las dificultades de la vida cotidiana, pueden cometer actos violentos producto de la intolerancia hacia sus hijos.

Grisel Crespo, especialista del Grupo de Adicción y Salud Mental provincial, asegura que el nivel escolar y la edad no son factores determinantes, pero es la violencia más frecuente entre padres adolescentes por su inmadurez física y psicológica.

No obstante, ninguna conducta violenta es justificable y deviene totalmente inaceptable cuando la víctima es un ser imposibilitado físico y psicológicamente para hacer frente al abuso: un niño. Intentar comprender los factores de riesgo, puede ayudar a determinar los mejores métodos de prevención y tratamiento.

NO a la violencia

“La familia es la célula base de la sociedad por lo que resulta indispensable prestarle la máxima atención y trabajar por su continuo perfeccionamiento. Acciones de carácter transformador y no solo orientadoras deben incrementar su bienestar. Aunar fuerzas para modificar los factores de riesgo, y evitar que se desarrollen las circunstancias desencadenantes es de vital importancia para la prevención de la violencia familiar. Como un primer paso para erradicarla es imprescindible  priorizar el reconocimiento y la divulgación de este problema social”, enfatiza  Berta Durán, especialista  del CIPS.

Además de la ayuda que brindan las consultas especializadas de psicología y psiquiatría de los servicios de salud,  los especialistas de las casas de orientación a la familia y la oficina de atención de los derechos ciudadanos de la fiscalía municipal, es necesario aumentar la difusión de  campañas para la prevención, programas y  materiales científicos que ofrezcan información detallada sobre la violencia familiar, sus formas de expresión, consecuencias  y modos de enfrentarlo, asevera Jorge Domínguez, sociólogo del municipio Habana Vieja, de la capital.

Se debe introducir en la formación de maestros una preparación en el tema para elevar la conciencia sobre el problema y con ello conseguir que se denuncien más casos. Es necesario incorporar asignaturas sobre el tema en la formación de médicos y demás personal de salud y desarrollar trabajos educativos-preventivos desde los médicos de la familia.

Por otra parte, Mario Fernández, trabajador social del municipio Playa, plantea la importancia de introducir el tema de la violencia familiar en el plan de formación de los trabajadores sociales y establecer un espacio para el “psicólogo de la comunidad”, con el fin de permitir la realización de trabajos de ayuda más especializados.

Asimismo, “la creación de nuevos proyectos investigativos y de capacitación dirigidos a esclarecer la incidencia de factores de riesgo y brindar información a padres sobre las formas adecuadas de educación,  resulta indispensable por su eficacia para prevenir y erradicar el problema”, resalta Grisel Crespo, psiquiatra infantil.

Entre los programas desarrollados en nuestro país con resultados óptimos se destacan Convivir en familias sin violencia, realizado por el CIPS, y  los talleres Infancia Feliz y Mambisitos, no al maltrato, efectuados en el municipio capitalino de Guanabacoa.

Que los planes de información a la población sobre el tema  y la localización del fenómeno se desarrollen en cada rincón del país es de suma importancia, puntualizó la especialista.

Es importante el trabajo que desarrollen las instituciones sociales, de salud y educación para la prevención y el reconocimiento de la violencia, pero es desde el propio seno familiar donde deben comenzar los cambios que ayuden a su completa erradicación. El cambio en el modo de educar y tratar a los niños no ocurre de la noche a la mañana, pues es un proceso paulatino que sucede  en la medida en que los padres interiorizan la necesidad de las modificaciones en su modo de actuar.

En los patrones educacionales existen múltiples divergencias. No obstante, la alternativa más aceptada consiste en  establecer límites claros de lo que es permitido. Los cuidadores deben concordar entre ellos para evitar contradicciones que puedan confundir al niño y llevarlo a la desobediencia. Además, si se establece un límite, es preciso no quebrantarlo. La irregularidad e inestabilidad de las respuestas de los mayores perturban al niño, el que un día se le premie y otro se le castigue por la misma acción, puede provocar sentimientos de inseguridad y ansiedad.

Roberto Méndez, psiquiatra infantil del municipio Plaza, explica que es imprescindible que no se proyecte sobre los hijos la influencia nociva de los propios defectos y problemas personales. Los infantes necesitan de la compañía y compenetración afectuosa con sus padres, no de la “descarga” de emociones negativas.

Los niños requieren de un régimen ordenado de hábitos, de rutinas básicas estables, de recompensas y disciplina para inculcarles sentimientos de seguridad y confianza en sí mismos y en el resto del mundo. Si bien el castigo parece una “rápida solución” a los problemas de comportamiento infantil, sus efectos no son permanentes y por lo general, provocan entre otros, pérdida de confianza en los padres, ansiedad o culpa de alguno de los miembros de la familia, y empleo de la mentira como medio de evitar el castigo. El uso del maltrato físico como “método formador” contribuye a la reproducción de conductas violentas y al uso de esta como forma de ejercer el control sobre otros.

Educar requiere paciencia y poder mostrar al niño las alternativas de comportamientos más efectivos, lo que se logra con el propio ejemplo de los padres, con una adecuada comunicación y con el uso de argumentos directos y lógicos que inviten al infante a reflexionar sobre las consecuencias de su comportamiento.

La realidad de cada niño supera los manuales, no hay “carrera” más difícil que la de ser padre o madre, unas veces acertando en la crianza y otras no. Lo más importante es ser pacientes y realizar cada acto con mucho amor; que el respeto que sientan sus hijos se apoye en afectos compartidos y no en imposiciones desde los referentes de poder asignados culturalmente a los adultos.

La complejidad de este fenómeno no es pretexto para la pasividad, la violencia familiar no es una fatalidad con la que hay que aprender a vivir, es una realidad socialmente transformable.

Ficha Técnica:

Tesis: El uso de maltratos físicos y psicológicos en el trato cotidiano con los niños y como formas de crianza, es una realidad socialmente transformable.

Tipo de título: Genérico
Tipo de entrada: Narrativa
Tipo de cuerpo: De bloques temáticos
Tipo de cierre: De conclusión

Estrategia de fuentes 

• Centro de documentación del CIPS.
• Berta Durán, psicóloga e investigadora del CIPS.
• Grisel Crespo, psiquiatra infantil. Especialista del Grupo de Adicción y Salud Mental provincial.
• Carmen Rosa Alonso, psicóloga del Centro de Salud Mental de Guanabacoa.
• Mercedes González, pediatra.
• Jorge Domínguez, sociólogo.
• Clotilde Proveyet, socióloga especialista en maltrato infantil de la Universidad de la Habana.
• Roberto Méndez, psiquiatra infantil.
• Lourdes Presmanes, psicóloga del policlínico Joaquín Albarrán del municipio Centro Habana.
• Madres y niños entrevistados.



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