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VALIOSA PINTURA MURAL CLAMA POR SU CONSERVACIÓN

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Un auténtico mural del pintor Carlos Enríquez se mantiene en la pared de una vivienda capitalina. Con un mínimo de esfuerzos y recursos materiales, esta pieza podría enriquecer los fondos de nuestro patrimonio nacional

MARIO CREMATA FERRÁN,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana.

foto: ALEIDA HERNÁNDEZ

Aquel imponente mural en la vieja pared me paralizó. Nunca hubiera imaginado tamaña belleza reducida al escaso perímetro de una residencia particular al oeste de la capital. Pero ahí estaba él, aparentemente sereno, burlándose del implacable calendario aunque este resolvió no permitírselo mucho más.

Tal vez por ese motivo me decidí a rastrear la historia del impresionante mural, que si bien no desconocido para algunos, por muchos años ha sido bastante ignorado.

¿Cómo llegó desde tan lejos el artista-propietario del Hurón Azul, y dejó plasmado en una pared de carga un recuento de su más fino y depurado arte, de tan bello colorido, sutiles transparencias y auténticamente cubano?

¿Cuáles eran los nexos -si existían- entre el dueño de la vivienda «privilegiada» y Carlos Enríquez, fiel exponente de la vanguardia pictórica cubana de los años veinte y treinta del siglo XX?

¿Estaríamos en presencia de un bien patrimonial del más alto nivel?

Evocación de un acto de creación divina

En la primera mitad del siglo pasado muchos artistas cubanos, sin desprenderse de su maestría en el uso del pincel, dejaron a un lado el caballete y en su lugar utilizaron como soporte una pared, una puerta, un muro o un techo.

Esta demostración de su arte quedaría atrapada en espacios del más diverso espectro: lo mismo en un edificio gubernamental, que en un área de esparcimiento público, que en la casa de alguna familia pudiente de entonces.

Resulta prácticamente imposible, a la luz del presente, determinar con certeza los motivos que llevaron a muchos pintores a tal proceder. Pudiéramos suponer alguna relación de amistad fraterna, vínculo espiritual o necesidad monetaria. Mas la verdad absoluta, jamás escrita, se la llevaron a la tumba los propios involucrados.

La Guerra Civil Española (1936-39) provocó que una gran mayoría de los intelectuales izquierdistas se vieran obligados a marcharse de su tierra y buscaran refugio en otras naciones, entre ellas Cuba.

José Luis Galbe Loshuertos era uno de esos exiliados. Nacido en Zaragoza en 1904, fue un joven atacado por el franquismo y encarcelado en dos ocasiones. Colapsada la República, en 1939 viaja a Francia, donde es internado en un campo de concentración. Liberado poco después, logra venir a Cuba al año siguiente gracias a las gestiones de su amigo íntimo, el hispanista José María Chacón y Calvo.

Aquí se dedica al periodismo, a la jurisprudencia y a la criminología, contribuyendo con su experiencia también en el campo académico, específicamente en la Universidad de Oriente, adonde llegaron otros intelectuales españoles como Herminio Almendros, Juan Chabás, Julio López Rendueles y Francisco Prat Puig.

En 1946 su amigo, el escultor valenciano Enrique Moret Astruells, construyó una casa en el Reparto Ampliación de Almendares. Galbe decidió comprar el solar del lado izquierdo, y dos años después fabricó la residencia que ocuparían él y su esposa.

Lela Sánchez Echeverría, sobrina de Moret Astruells es, quizás, la única testigo viva del nacimiento de la obra:

«Galbe y su esposa Rita -una francesa muy atractiva que tenía una peluquería en la calle Línea, entre H e I- gozaban de una posición económica favorable. Ellos encargaron la confección del mural a su amigo Carlos Enríquez, cuando aún la casa no estaba terminada.

«Yo tenía 10 años en ese momento, pero me parece verlo cuando se emborrachaba y se quedaba tendido de madrugada en el portal, y amanecía tapado con periódicos. Esa es la imagen que viene a mi mente. Entonces él aprovechaba las mañanas para pintar -y beber-, y por la noche terminaba extenuado, completamente ebrio. Esa situación duró por varios días».

La reconocida ensayista y crítica de arte Graziella Pogolotti aseguró a este redactor que la amistad entre José Luis Galbe y Carlos Enríquez viene desde la llegada del primero a La Habana. Ella los conoció a ambos, porque eran amigos de su padre, el pintor Marcelo Pogolotti.

«Pepe Luis era de mediana estatura, carácter un poco difícil y espíritu de contradicción muy fuerte -típico de un aragonés-, pero muy buena persona. En la peluquería de su esposa yo me arreglaba el pelo. Ellos eran visita fija en el Hurón Azul y algunas veces se hacían acompañar, a las tertulias dominicales, de Juan Chabás y su esposa, la cantante cubana Lidia de Rivera».

Escuela para la sensibilidad

Durante la dictadura batistiana, Galbe vendió su casa a un oficial de alto rango y se mudó para el apartamento 124, piso 12, del moderno y céntrico edificio que hace esquina en las calles Línea, 15 y L, donde permaneció hasta su muerte, el 14 de enero de 1985.

Al triunfo de la Revolución, el esbirro escapó al extranjero y la vivienda se entregó al Capitán del Ejército Rebelde Manuel Rivero Pupo, quien se instaló allí con su esposa. Poco después nacieron sus tres hijos: Valery, Lilian y Tupac, actuales propietarios del inmueble.

Enrique Moret (hijo) y su esposa Aleida Hernández, describen al capitán Rivero como un hombre de gran sensibilidad, que tenía plena conciencia del valor de este mural.

«Por eso mandó a dibujar los cristales del ventanal que está frente al mismo, -nos dice Aleida-, para que el sol no afectara directamente la pintura. Cuando hubo que sustituir la madera y esos cristales por un enrejado con nuevos vidrios, él compró una cortina que solo retiraba cuando la luz solar no incidía en esa zona de la casa».

Valery y Lilian Rivero manifiestan que a su padre le fascinaba esa pintura, aunque no tenía conocimientos sobre las artes plásticas. Tanto ellas como su hermano crecieron con la indicación de bajar la escalera sin tocar la pared, pues no hay pasamanos.

Valery apunta que su papá conoció a Galbe en Santiago de Cuba y ambos se tuvieron mucha estimación: «Por eso desde que se mudó para acá fue muy celoso con el mural y nunca permitió que cuando se celebraban nuestros cumpleaños, ningún muchacho se pegara o tan solo rozara esa pared, tarea bien difícil porque está a la entrada de la sala y resulta muy llamativa.

«Esa tradición que él nos inculcó, de velar siempre por la conservación del mural, se ha mantenido hasta hoy con las otras dos generaciones de niños que aquí se criaron. Lo único que nosotras lamentamos es que continúe deteriorándose y no pueda ser de un disfrute colectivo».

Ese, que era precioso, ya no existe

Entre las personas que alguna vez trabajaron en la esfera cultural del país, y aún jubiladas no dejan de preocuparse por todo lo que implique preservar e incrementar nuestro patrimonio, está Germán Amado-Blanco Fernández, hijo del célebre escritor y diplomático español radicado en Cuba, Luis Amado Blanco.

«Desde hace años traté por todos los medios de que hicieran algo por ese mural. Hablé incluso con Marta Arjona y le mostré mi preocupación de que se perdería. También llevé al restaurador Ángel Bello Romero, del Gabinete de Restauración de la Oficina del Historiador de la Ciudad, quien quedó maravillado y me comentó que era muy difícil sacarlo de allí. Luego gestioné con el Museo Nacional de Bellas Artes, pero me dijeron que era mucha la inversión y no tenían presupuesto».

En la actualidad, el veterano especialista Ángel Bello Romero está dedicado solo a la pintura de caballete, pero durante muchos años trabajó en murales. Este profesor de Dibujo y Pintura cursó en la década del 60 una beca de especialización en Conservación y Restauración, en la Academia de Bellas Artes de Praga.

Tiene en su haber innumerables trabajos de restauración, como los murales de los techos del Teatro Sauto, en Matanzas, el de la Caridad, en Santa Clara, y también en Trinidad. En 1989, la UNESCO lo eligió para acometer labores de rescate en las pinturas murales de la iglesia de Santiago Apóstol, en Santiago de los Caballeros, República Dominicana.

«En esa casa estuve más de una vez, y puedo decirle que el mural no está asentado en ningún registro nacional. Es una verdadera joya, pero en la técnica que está hecho es muy complicado sacarlo de ahí. Además, si mal no recuerdo hay una escalera que lo atraviesa.

«Valdría la pena preservarlo para que no le suceda lo que al otro Carlos Enríquez que había en una pared de un local en el Instituto Politécnico Hermanos Gómez, de Lawton. Allí trabajé yo hace años y la pared interior que tenía el mural la tumbaron para ampliar una de las aulas. Por suerte todavía quedaban vivos otros de Amelia Peláez, Víctor Manuel, Castaño y Romero Arciaga. Pero ese, que era precioso, ya no existe».

El mural de la discordia...

En busca de algún indicio que mostrara una preocupación institucional por registrar obras como esta en el índice del patrimonio local o nacional, acudimos a Esperanza Maynulet, subdirectora de Extensión Cultural del Museo Nacional de Bellas Artes. Enamorada de la creación pictórica de Carlos Enríquez, trabajó 17 años en el Hurón Azul (casa-museo del artista) y llegó a ser su directora.

«Varias veces fui a ver ese mural, donde se utilizó la técnica al fresco, al igual que en el mural del Hurón Azul y el del edificio de la antigua compañía ESSO, en la calle O, del Vedado. En la Delegación Municipal de Monumentos de Playa está inventariada la vivienda por el valor patrimonial de esta pieza».

La coordinadora de Monumentos de Playa, Mercedes Menéndez, quien radica en el Museo de la Marcha del Pueblo Combatiente, corroboró lo antes dicho por la subdirectora de Bellas Artes.

«Se trata del único mural que tenemos registrado oficialmente en el municipio -refiere la compañera-, lo que no quiere decir que no tengamos conocimiento de que existan otros. Nosotros no tenemos ninguna estrategia de conservación, porque el museo no cuenta con ningún especialista en restauración. De hacerse cualquier trabajo se necesita contratar alguno en otra dependencia».

No obstante lo planteado por la coordinadora municipal, Jorge Moscoso, director Provincial de Patrimonio, explicó que de esa delegación no enviaron el expediente del mural.

«Ni siquiera sabía de su existencia, pero nos interesaría tener noticias de él, y que nos enviaran algunas fotografías. Sería factible que algún especialista emitiera un dictamen de conservación, y propusiera alguna técnica de restauración para mantenerlo por dos o tres años más a ver qué podemos hacer. Nuestra premisa es que todo merece ser recuperado».

En los predios de una reina

Elisa Serrano González, especialista en pintura mural del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM), e investigadora y profesora titular de la cátedra homónima en el Instituto Superior de Arte (ISA), es una de las pocas que en Cuba y en el mundo se dedican al estudio, tratamiento y conservación en la muralística.

De su extenso currículo podría citarse la participación en el rescate de pinturas en instalaciones del Centro Histórico capitalino, o la restauración del mural de Rolando López Dirube en el lobby del Hotel Habana Riviera.

También restauró el de mayor tamaño que Celia Sánchez le encargara a René Portocarrero en el Palacio de la Revolución, y laboró varios años en la reconstrucción de las pinturas de la cúpula del Teatro Municipal de Caracas, en Venezuela.

Elisa aceptó acompañar a este redactor y evaluar el estado actual del mural. Pasó uno por uno de los finos dedos de su mano derecha por toda la superficie coloreada; pulgada por pulgada, y volviéndose hacia donde yo estaba murmuró con tono de satisfacción no disimulada: «Demoró entre siete y ocho días en terminarlo. Se trata de un auténtico mural al fresco, magistralmente salido del pincel de Carlos Enríquez. Muy pocos artistas cubanos conocían los secretos de esta técnica, por lo que la mayoría marchaba al extranjero a aprenderla.

«De todas la más resistente es el fresco, pero ya se nota en algunas zonas bajas la humedad por capilaridad, producto de la salinidad que ha desprendido la pintura. Este específicamente no requiere de un análisis de laboratorio. Solo necesita una limpieza adecuada y detectar si hay alguna tubería dañada en esa pared. Es meritorio y fácilmente apreciable el esfuerzo de esta familia por preservarlo. Fíjate que todavía conserva la capa de carbonato de calcio que cubre la pintura».

Interrogada sobre la posibilidad real o conveniencia de un traslado de la pieza a un sitio más seguro, afirmó: «Aunque todos los murales se pueden sacar de su sitio existen riesgos. Además, el principio técnico y ético de este tipo de obra plástica es que se conserve en el lugar donde fue concebido, o sea, in situ. Aún no están creadas las condiciones en otra instalación que pudiera acogerlo».

Elisa Serrano se comprometió a emitir por escrito un dictamen técnico y enviarlo al Consejo Nacional de Patrimonio Cultural. «Actualmente tengo tres alumnos en el ISA a los que les orienté realizar sus tesis sobre la existencia de pinturas murales en espacios públicos y viviendas de Miramar, El Vedado y El Cerro. El hallazgo de esta joya les ayudará en sus investigaciones».

¿Ángel para un final?

Las implacables páginas del calendario corren sin cesar. Tal vez ni siquiera nos hemos dado cuenta. ¿Por qué dejar que algo tan nuestro perezca? ¿Acaso debemos permitirnos el derecho a posponer aquello que lleva tantos años de espera? Ojalá que no. Mañana puede ser demasiado tarde. Además, creo que no sería muy justo con el abatido y genial Carlos, precisamente ahora que conmemoramos el cincuentenario de su muerte.

Estamos abogando por encontrar soluciones prácticas para impedir que desaparezcan piezas de exquisita terminación e irrepetibles como esta. ¿No sería más beneficioso para todos que este mural pasara a engrosar la lista del patrimonio nacional?

Ficha técnica:

Tipo de reportaje: Se trata de un reportaje interpretativo, porque después de una investigación, sitúo el caso específico del mural de Carlos Enríquez en su contexto, valoro sus antecedentes, sus actores y su situación actual. Se va más allá, a la interpretación del hecho, y se incluye la proyección.

Objetivos del reportaje: Dar a conocer la existencia de un mural de Carlos Enríquez en la pared de una vivienda capitalina durante casi sesenta años.

Además, el poco caso que le han hecho a este bien patrimonial las instituciones pertinentes, y que este trabajo pueda servir de alerta para tratar de poner fin a esa situación.

Tipo de título: informativo

Tipo de entrada: deductiva

Tipo de cuerpo: en bloques temáticos

Tipo de cierre: de proyección o futuro

Estrategia de fuentes

- Entrevista a las ocupantes actuales de la vivienda.

- Recoger el testimonio de algunas personas muy cercanas al propietario original de la casa, que pudieran aportar información sobre la época de realización del mural (1948).

- Testimonio de personas que trabajan o trabajaron en la esfera cultural del país y que han estado vinculadas al mural en épocas pasadas.

- Datos aportados por los directivos de patrimonio a nivel municipal y provincial.

- Criterio de una especialista en pintura mural que accedió a valorar la pieza y emitir un dictamen sobre su estado actual.

- Consulta de bibliografía sobre la vida y obra del artista.

Planos temáticos

          Presente

1- Implicaciones inmediatas: Se conocerá de la existencia y estado actual del mural de Carlos Enríquez en una vivienda capitalina, y el desentendimiento de las instituciones pertinentes con el caso.

2- Conexiones con lo actual: Aprovecho el cincuentenario de la muerte de Carlos Enríquez (1900-57) para conectar la historia del mural, haciendo uso del sentido de actualidad y oportunidad.

3- Significado: Es discutible el solo hecho de que se esté deteriorando el mural y que se mantenga olvidado a pesar de varios esfuerzos por rescatarlo.

Pasado

1- Antecedentes: Aclarar cuándo se termina el mural, quiénes fueron los dueños de la casa, la relación que los unía al artista, y lo que ha sucedido con él hasta hoy.

2- Causas: Los motivos que llevaron a Carlos Enríquez a pintar el mural en la casa.

Futuro

1- Proyecciones: En el contexto del cincuentenario de la muerte del artista, el trabajo puede funcionar de alerta, para llamar la atención a las instituciones de patrimonio sobre el creciente deterioro de la pieza y la necesidad impostergable de su conservación.

2- Repercusiones: Es posible que se decida restaurar la pieza y preservarla para la historia.

3- También que el estado determine -teniendo en cuenta que la familia está de acuerdo- reparar y convertir la casa en alguna institución cultural y que entonces el mural pueda ser de un disfrute colectivo.

4- Pudiera ser tema de discusión institucional (a partir de su conocimiento público).

Transiciones: subtítulos



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