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MEMORIAS DE UN LUCHADOR

La vida de un hombre que desde pequeño tuvo que trabajar para batallar contra la miseria.

ABEL SÁNCHEZ YHANES,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana.

Tengo frente a mí a un hombrecillo flaco, con ojos diminutos que emiten destellos al rememorar batallas pasadas. Los espejuelos y el pelo blanco –aquel que ha sobrevivido a los embates de la calvicie– le dan un aspecto venerable; pero lo más interesante son sus manos: duras, callosas y llenas de surcos, nos hablan de machetes, golpes, cargas pesadas sobre la espalda, en fin, la azarosa vida de su dueño. Se llama Guillermo Pérez Prieto y esta es su historia.

Infancia

¿Cómo fue su niñez?

Nací el 13 de octubre de 1926, en las Martinas, provincia Pinar del Río. De ahí fui a los dos años y pico para Punta de la Sierra, donde estuve hasta los cuatro años que me trajeron para La Habana.

Fue una infancia muy dura, se pasaban muchas vicisitudes. Éramos siete hermanos, los dos mayores murieron de tuberculosis. Mi papá era barbero y cuando aquello un pelado valía siete centavos, pero los pocos quilos que ganaba se los jugaba, muchas veces llegaba a la casa sin un medio y no se preocupaba si habíamos comido durante el día, en muchas ocasiones nos daba un café con leche y a dormir. Además, era bastante estricto con nosotros. Luego pasamos a Calabazar, allí a los siete años empecé a vender periódicos: el Hoy –que era un periódico comunista–, La Marina, El País.

¿Cómo era la venta de periódicos en la Cuba prerrevolucionaria?

Iba pregonando de un reparto a otro, desde uno que le decían el Globo hasta Calabazar y llegaba al Reparto América, ese era mi recorrido. Fue ahí cuando comencé a ir al colegio por las tardes. En cuatro años llegué hasta el sexto grado porque en mi aula de tercero había dos pizarras, en una enseñaban a tercer grado y en la otra a cuarto, entonces yo hacía mi tarea y al mismo tiempo iba copiando la de cuarto.

Entonces, ¿pasó dos años en uno?

Dos años en uno. Y quinto y sexto fue igual. Así que en cuatro años terminé mi sexto grado. Todo el tiempo en la calle buscándome el quilo. Cuando tenía once o doce años volvimos para La Habana, a vivir en San Ignacio. En esa época llegaban a la bahía los barcos cargados de turistas y arrojaban monedas al mar. Los muchachos que nos bañábamos en el malecón nos tirábamos a buscarlas y por la forma en que oscilaban al bajar sabíamos qué tipo de moneda era: un real, un quilo, una peseta. El dólar era muy difícil de coger, pues como pesaba más, llegaba al fondo rapidísimo; eran muy pocos los que lo podían alcanzar, porque en dos oscilaciones estaba en el fondo.

El boxeador

¿Es cierto que fue boxeador?

Sí, de los quince a los diecisiete años entrené en un gimnasio en La Habana Vieja, pero era por afición. Nosotros peleábamos y nos daban tres pesos, aunque ganáramos o perdiéramos.

¿Quién les pagaba?

El dueño del gimnasio. Los golpes no dolían tanto porque cuando aquello se peleaba con guantes de doce onzas. Después, en los últimos meses, empezamos con los de ocho y ya los golpes se sentían más. Allí fue donde me rompieron la nariz de un janazo. Una vez me dicen que le hiciera el sparing a un boxeador profesional, no recuerdo el nombre. El sparing es como una pelea suave de entrenamiento para que el boxeador practique. Pero una de las veces que le tiré se me fue la mano y le di duro. Y eso, vamos a hablar claro, lo encabronó. Empezó a darme tantos golpes que me tiró en la lona. Bajé del ring, me quité los guantes, cogí un palo que había por allí tirado y esperé a que él bajara. Cuando se quitó los guantes le metí dos palazos que estuvo más de seis meses sin poder pelear.

En la zafra

A los diecisiete años me fui para Matanzas a pie. Con un amigo que se llamaba Ramón Ledesma, le decíamos el guajiro, fue el único amigo que yo tuve de muchacho. Éramos como uno, lo compartíamos todo. La Habana estaba muy mala. Para buscarse un peso, un peso no, un quilo, un medio, era muy difícil.

¿Qué año era?

1944, cuando Grau San Martín. Entonces nos fuimos para Matanzas. Salimos de aventureros. Ramón vendió unos prismáticos chiquitos que tenía, muy bonitos, y buscamos unos quilos para el camino. Fuimos a pie desde aquí. Dormíamos en la Carretera Central, otras veces debajo de un puente y otras entre las raíces de las matas. Llegamos a Matanzas y no resolvimos nada. A él se le ocurre virar, pero por el sur, para ir hasta… bueno, por la carretera que va a Jagüey Grande. Allá él tenía un tío que trabajaba en un central. La zafra iba a empezar en pocos días. Llegamos a casa del tío y nos dijo: “Quédense momentáneamente aquí hasta que empiece la zafra pasado mañana”. Así fue como empezamos a cortar caña. Figúrate, éramos principiantes. Trabajábamos cuatro hombres, dos levantaban la caña del surco y nos la ponían en el hombro y nosotros la echábamos de espalda dentro de la carreta. Hacíamos trescientas ochenta, cuatrocientas, cuatrocientas veinte arrobas.

¿Cómo eran sus condiciones de vida?

Estuvimos un tiempo durmiendo en hamacas que amarrábamos abajo de una carreta casi pegadas al piso. Muchas veces nos daban las seis, siete de la mañana cortando caña porque un guajiro nos dijo: “Si ustedes quieren avanzar corten cuando hay buena luna”. Efectivamente, cuando salía la luna nos íbamos a cortar caña y adelantábamos cantidad, entonces al otro día podíamos descansar un poco.

Había veces que te acostabas a las ocho de la noche después de preparar algo de comer –porque nosotros nos hacíamos la comida– y sobre las nueve te decían: “¡Arriba, a alzar!” y tenías que levantarte a alzar la caña que habías cortado aunque estuvieses muerto de cansancio y en eso te cogía la claridad y por la mañana descansabas un rato.

Así hice casi dos zafras. No se había terminado la segunda cuando mi hermano, José Antonio, me manda, no recuerdo si un telegrama o una carta, diciéndome que fuera para La Habana que me tenía trabajo. Le dije a Ramón: “Voy para La Habana que tengo trabajo allá”, y él contestó: “Vete, que yo me quedo a terminar la zafra”. Entonces monté en la guagua y vine para acá.

Llego a la Habana y empiezo a trabajar con mi hermano de estibador en un almacén de papelería. Iba a cumplir los diecinueve. Me casé con Nieves a los veinticinco años y tuve dos hijos. Continué trabajando en la papelería hasta el 53 que sufrí un accidente, me cayó arriba un fardo de papel que pesaba más de cien libras y me hizo una lesión en el pulmón; estuve ingresado tres meses. En la papelería me dieron un retiro. Luego por el 57 empecé a trabajar en el Frontón de Belascoaín, vendiendo café y helado, hasta que triunfó la Revolución.

El triunfo y los pirómanos

Usted que vivió ese momento, ¿qué ocurrió aquí en La Habana el día que triunfó la Revolución?

Bueno, ese día a las doce de la noche se formó el corre-corre porque se fue Batista y empezó la gente a tirarse para la calle. Todo el mundo estaba contento, había una alegría tremenda y banderas del 26 de Julio por todas partes. Quedaron algunos rezagados y estuvieron cazándolos a tiros.

¿Cómo que rezagados?

Gente de Batista que no pudo irse. El muy “hp” se llevó quinientos millones de pesos de aquí de Cuba.

Voy por la mañana, al segundo día, a ver como había quedado el Frontón y todo estaba desbaratado. Aquello era Frontón y casino, este se llamaba Casino Habana-Madrid y estaba hecho leña también: las barajas por el piso, las mesas rotas, un desastre. Cuando bajo a la ruleta me encuentro a un socio con una botella de alcohol de esas que utilizaban para darle masajes a los pelotaris y le pregunto qué va a hacer, él me contesta: “Voy a quemar el antro de vicio este” y le dije: “Na’, tú estás equivoca’o, ¿tú sabes cuántas familias viven en esta manzana? Dame acá la botella esa chico.” Se la quité de la mano. Para mí que estaba borracho o loco, yo no sé. Pero se quedó tranquilito y no hizo más nada.

Después trabajé de almacenero en el INDER, del 63 al 78. Luego, cuando desintegran los almacenes del INDER, paso a trabajar en los del Poder Popular en Santa Catalina, como jefe. Por último, fui para la base de transporte y cuando cumplí los sesenta me retiré.

Guillermo, mirando atrás su vida, ¿qué tipo de hombre se considera usted?

Me he visto siempre como un luchador, un hombre que ha asumido su responsabilidad. Porque no se puede vivir sin trabajar.

Ficha técnica:

Objetivo central: Mostrar la vida de un hombre que tuvo que empezar a trabajar desde muy pequeño y ha pasado por las ocupaciones más disímiles.

Objetivo secundario: Que las nuevas generaciones conozcan un poco más de aquella época tan dura.

Tipología: Entrevista biográfica.



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