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“SI ALGO SÉ DE MI OFICIO ES PORQUE HE VIVIDO”

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El periodista Luis Sexto, en un aula de Periodismo.

IBIS FRADE BRITO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Soy un mal entrevistador, nunca he estado contento con las entrevistas que he hecho. La mayoría no han sido a grandes personalidades, me he movido en un rango de periodismo cotidiano, porque me interesa más saber cómo piensa un carbonero de la Ciénaga de Zapata que cómo piensa un ministro. Entrevistar a alguien relevante es bastante fácil, el verdadero mérito está en arrancarle una entrevista a una persona humilde.

En 1974 yo atendía la sección de deportes -sí, porque he estado haciendo de todo en el periodismo- y llegó a La Habana el equipo de pelota León de México. Me llamó el director del periódico y me dijo: "Luis Sexto, a ti te toca entrevistar a su entrenador". 

Llegué al estadio, di con el hombre, y no estaba ni por la mitad de la entrevista cuando, no sé si por aburrimiento o para burlarse de mí, el entrevistado dio un vuelco tremendo a la conversación, y sin ton ni son, me preguntó por los ácidos... esos que tienen un nombre bien raro y largo, desoxi... ¡Desoxirribonucleicos!   

Me quedé en blanco, pero fue cuestión de segundos; me vino a la mente que había leído en una revista de la antigua Unión Soviética un artículo sobre el tema. Se refería a una niña que empezó a hablar en una lengua desconocida, y después de ser examinada por médicos, lingüistas y un buen número de místicos, se descubrió que hablaba en un dialecto hindú. Pero, ¿cómo una niña que no conocía la India sabía este dialecto? Un tío abuelo suyo estuvo en un lugar donde se utilizaba esa lengua y la aprendió. Por herencia genética, y gracias a los ácidos desoxirribonucleicos, le había transmitido el conocimiento a su sobrina-nieta. 

Le solté aquello a mi entrevistado, y menos mal que quedó satisfecho y no preguntó otra vez sobre el tema, porque yo no sabía nada más. Pude salvar mi entrevista y salir airoso de una pregunta capciosa.

Muchas veces nuestros entrevistados nos ponen a prueba si sienten que llegamos desinformados, sin saber lo suficiente o nada de lo que estamos preguntando. Eso no puede permitírselo nunca un periodista, por eso la preparación previa es tan importante. ¿Cómo vamos a pretender arrancarle los secretos de la personalidad a nuestro entrevistado si ni siquiera sabemos dónde nació?

Los periodistas no podemos conocer todo, debemos saber cómo manejar un dato y convertirlo en un enorme dato, ahí radica una de las claves de nuestra profesión. Periodista es aquel que sabe moverse con pericia entre las cosas que ignora. Estar enterado del mayor número de temas posibles es necesario, diría que imprescindible, además de por vocación, porque lo puede salvar a uno de un aprieto; lo he comprobado varias veces.

La cultura que tenga el reportero puede determinar el éxito o el fracaso de una entrevista, y no me refiero solamente a la cultura que obtenemos con los libros o con los conocimientos teóricos, no;  si algo sé de mi oficio es porque he vivido, las experiencias acumuladas ayudan mucho en esta profesión. 

Cuando hacemos una entrevista, tenemos delante una incógnita y en nosotros está la tarea de develarla. Las entrevistas se gestan, se conquistan; no todo el mundo es digno de que se le haga una.

Creo que nadie está obligado a concederle una entrevista a un periodista, y en muchas ocasiones el trabajo que pasa el reportero para conseguirla puede ser un atractivo para captar el interés del lector hacia el trabajo.

Más de una vez he recurrido a este recurso. Me viene a la memoria una entrevista particularmente difícil: la que le hice al ingeniero Presilla. Ese hombre ayudó al Che a poner en funcionamiento una fábrica procesadora de níquel en Moa, abandonada al triunfo de la Revolución por los inversionistas extranjeros que tenían a cargo la obra. El Che, con esa visión suya tan clara, se percató de cuánto se podía aumentar la producción de níquel si se ponía a funcionar la fábrica, pues la de Nicaro ya estaba casi obsoleta y producía muy poco.

El ingeniero Presilla echó a andar aquella fábrica prácticamente solo. Ni que decirlo, se convirtió en un héroe para todos, hasta una película se hizo sobre la hazaña. Pero era un héroe renuente a la publicidad y a las entrevistas. 

Pasó el tiempo y la gloria también. Presilla se jubiló y nuevos problemas de difícil solución surgieron. Los soviéticos construyeron una fábrica que ni ellos mismos podían echar a andar y Marcos Portal, entonces ministro de Economía, convocó a una reunión a los entendidos en el tema para juntos encontrar una solución al asunto.

A muchos se les dio voz y voto, hubo propuestas de imposible realización, pero nadie se fijó en el viejo ingeniero retirado que alzaba la mano para pedir la palabra. Cuando la causa parecía perdida, todos estaban desesperados, y hasta tal vez por cansancio lo dejaron hablar, pidió trabajar con su viejo equipo. Se hizo el milagro, Presilla estabilizó los hornos y la fábrica echó a andar sin contratiempos.

Me enteré del suceso, pero como nunca fui periodista de coordinar la noticia me fui a Moa a conquistar a Presilla. Aparecí en la fábrica sin aviso. Di con Presilla cuando salía del comedor y le dije: ingeniero, yo soy de la revista Bohemia y necesito entrevistarlo. Como si le hubiese dicho una ofensa me respondió con una voz de trueno: "Entrevistarme a mí, que va, ustedes los periodistas nada más hablan de historias antiguas". Después de mucho insistir me dijo que estuviera en su casa, al otro día, a las siete de la mañana.

Cuando terminé de hablar con Presilla se me acercó un trabajador y me dijo: "Usted lo ve así, periodista, pero ese tipo lo que se hace el duro; ah, y fíjese, le gusta el ron".

Al otro día, el hombre salió a la hora acordada, pero se sorprendió de encontrarme allí, me dijo con fastidio que no podía atenderme en ese momento porque los sábados era el día que tenía para trabajar la tierra, y que solo estaría de vuelta en la casa a la una y media. 

No me desanimé, me senté en el carro a esperar pacientemente, y a media mañana me había ganado la confianza de su esposa Herminia, quien me hizo la historia de Presilla y me proporcionó información que desconocía. 

El hombre llegó en hora y solo atinó a decir cuando me vio en el portal de su casa esperando: "¿Y usted que hace aquí?". Entró dando un portazo y al rato salió limpio y perfumado, vestido con su ropa de domingo: "Bueno, ¿me dirá  ahora que quiere?", preguntó desconfiado. Con la mayor naturalidad del mundo saqué una botella de ron y le respondí: entrevistarlo.

Se me abrieron todas las puertas, estuvimos hablando más de tres horas y descubrí que aquel hombre tenía tres doctorados en prestigiosas universidades extranjeras, leía las obras de Shakespeare en sus originales en inglés. Cuando empezamos a hablar boberías le dije que ya había terminado la entrevista, que podíamos seguir conversando como amigos. Se puso muy serio y me dijo: "Usted me ha hecho la mejor entrevista de mi vida, le he dicho lo que nunca le he dicho a nadie, ahora lo que hace falta es que me sea fiel". Ojalá lo haya logrado. 

Los periodistas debemos tener mucho cuidado al transcribir las entrevistas, porque en ocasiones falseamos a los entrevistados y los ponemos a hablar como ellos no hablan. Nunca debemos violar el principio de ser fiel a lo que dice y a cómo lo dice la persona que entrevistamos, es muy importante tener en cuenta sus ademanes y tonos de voz, para así captar el mensaje en toda su dimensión.

En el oficio, también he sufrido mis decepciones. A mi me tocó entrevistar a Nicolás Rodríguez, el penúltimo mambí de nuestras guerras independentistas. Como un año antes le habían hecho una entrevista, yo la leo para prepararme y no hacer las mismas preguntas.

Por el espíritu de esa entrevista, la impresión que me llevo de Nicolás es la de un hombre fuerte y vigoroso, que a sus ciento y tantos años de edad, es capaz todavía de montarse en su caballo y dar una carga al machete. La realidad estaba muy distante de esta descripción, el hombre que encontré estaba tirado en un camastro, hablaba al límite de sus fuerzas con palabras muy confusas y había que tener el oído muy fino para escucharlas.  

Es cierto que el periodista debe versionar lo que le dice su entrevistado, porque el lenguaje oral es diferente al escrito, pero no por eso debe alterar la realidad o falsearla. Siempre busco insertar en mis versiones una frase textual que indique el tono y el lenguaje de mi entrevistado. Copio mirándole a la cara para estar atento a expresiones que a veces dicen más que las palabras, aunque lo que pongo en el papel solo podamos entenderlo, a los dos días de haberlo escrito, Dios y yo, y pasado un mes solo Dios.         

En el tiempo que estuve trabajando en Bohemia salía a buscar la noticia a la calle. Un día llegué a San Cristóbal, en Pinar del Río, y me paré en un parque a preguntarle a cuanta persona pasara por ahí si él conocía a alguien que mereciera que la revista Bohemia lo entrevistara. La gente me miraba como si estuviese loco y se reía; hasta que uno me dijo que sí, que él conocía a un hombre que había hecho la licenciatura de Ciencias Sociales en la Unión Soviética y que aunque era el director de una secundaria básica en el campo, al comienzo del periodo especial pidió un pedazo de tierra para cultivarla y en ese momento era uno de los cafetaleros más importantes de la zona. Se llamaba Clemente Vigoa y tenía su casa en lo último de la Sierra del Rosario. Hacia allá me fui buscando mi entrevista y la conseguí.

Camino de regreso, el río que horas antes habíamos cruzado con facilidad ahora estaba crecido y llevaba un torrente de agua muy fuerte. El guajiro que me servía de guía me dice que todavía es posible cruzarlo y nos lanzamos a hacerlo. Pero en el trayecto se me trabó el pie, e inexperto al fin, me puse de frente a la corriente para sacarlo. El golpe con la corriente me sacó el pie y todo el cuerpo y yo, entre el pánico y la sorpresa, le grité al guía: Guajiro, me voy. Y si estoy aquí hoy se lo debo a ese guajiro que me tendió la mano y con sus dedos de garfio me haló a la orilla. Por suerte pude vivir para contarla y en ese trabajo utilicé la pericia para enganchar al lector.

Insistir es lo único que no debe darle vergüenza a los periodistas, pues estamos hechos para insistir y correr riesgos. Ni en situaciones extremas y dolorosas podemos parar de trabajar. El periodista triunfa cuando logra penetrar en el corazón del entrevistado y de quienes lo leen.

Ficha técnica:

Tipo de título: De cita textual.

Clasificación por su forma: Monólogo testimonial.

Clasificación por el contenido: De personalidad.

Tipo de entrada: De anécdota (o anecdótica)

Tipo de conclusión: De opinión o comentario del entrevistado.

16/12/2007 09:23 islalsur #. Nosotros, los del 280


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