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LA PRIMERA DECANA DE CUBA QUISIERA VOLVER A SER UNA ALUMNA

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"¿Sabes lo que para mí significa ser un mejor ser humano? Acostarse todos los días y pensar antes de dormir si todo lo hecho ha sido para el bien de alguien", dice la doctora Ruth Daisy Enriquez Rodríguez, directora del Centro de Estudios de Salud y Bienestar Humano.

ELIZABETH MIRABAL LLORENS,

estudiante de cuarto año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

La doctora Ruth Daisy Enriquez Rodríguez casi puede recorrer con los ojos cerrados los amplios y sombríos patios de la Universidad de La Habana. Tiene ya 82 años y ha vivido 64 de ellos allí, antes como alumna y ahora como profesora y directora del Centro de Estudios de Salud y Bienestar Humano. Cuenta las anécdotas de ese largo y difícil camino recorrido y todo parece mucho más sencillo.

Ha sido, sin proponérselo, la primera Decana de Cuba y la primera persona iberoamericana en estudiar la quitina, un componente de múltiples utilidades como la reconstitución de tejidos y la purificación de aguas residuales. Sin embargo, su mayor orgullo no lo encuentra en los múltiples premios y reconocimientos. Esos los tiene guardados. Le da gusto haber aunado voluntades, y lo más sorprendente es que tras tanto tiempo, abandonaría sin pensarlo demasiado su condición actual, si ello le permitiese volver a ser una joven universitaria con la oportunidad renovada de andar de un lado para otro estudiando infatigablemente.

-¿Por qué insiste siempre en la necesidad de fortalecer la convergencia y el diálogo interdisciplinar?

Siempre he sido muy aglutinadora, desde niña, y a veces me sorprendo recordando esa etapa mientras miro a la más pequeña de mis nietas, que tiene diez años y es lo peor de toda la familia. (Risas). Uno siempre tiene que escuchar para después decidir. Yo tengo mis criterios y los defiendo, pero siempre hay que escuchar. Nunca he creído que tengo la verdad absoluta sobre nada.

-¿Cómo llegó a la Química?

Mi mamá quería que fuese médico y que estudiara junto con mi hermano, pero me hubiese muerto de dolor de haber escogido esa profesión. Mi papá, por su parte, prefería que pusiese una farmacia, pero no tengo capacidad para negociante, no servía para estar tras un mostrador. Comencé a estudiar Farmacia para regalarle ese título a él, pero realmente me interesaban la investigación científica, la posibilidad de conocer, de descubrir, y por fortuna, tuve magníficos profesores como Ernesto Ledon Ramos y Pablo Miguel Merino, quienes me fueron conduciendo hasta llegar a la Química y otros muchos saberes.

-¿Qué le apasiona más de esta ciencia?

Antes, por mi propia formación, tenía una mentalidad de enlaces químicos, muy estructurada en función de dilucidar el intríngulis de la materia y de interpretarlo todo con ese prisma. Cuando me dieron la responsabilidad de crear un centro de estudios sobre salud humana, me puse a reflexionar a partir de mi propia experiencia familiar (siempre he estado rodeada de médicos) y me convencí de la importancia de pensar diferente.

Lo único que siento es no haber comenzado a desarrollar esta actividad a los 30 años, es decir, mucho antes de cuando en realidad llegué a ella. Creo que mi mayor mérito es haber conseguido juntar a personas de vastos conocimientos y haber aprendido de ellos, por eso he podido orientar, dirigir y proyectar.

El primer año lo único que se hizo aquí fue deliberar y recopilar las opiniones de todos, para situarnos y saber hacia dónde queríamos ir. Y parece que resultó, porque todos esos premios que ves ahí  (señala un anaquel a sus espaldas lleno de diplomas y varias medallas) son los reconocimientos de mis compañeros. Mío no hay ninguno, esos los tengo guardados.

-La enseñanza de esta disciplina, ¿qué le ha aportado?

A veces me río porque debo haber sido pionera de alumna ayudante. En el año 1944, cuando ingresé aquí, había una distancia entre el estudiante y el profesor de cien años luz. Hice mi tesis antes de 1950, con el primer espectrofotómetro que entró a Cuba. Y ahora la miro y me dan deseos de reír porque es un estudio muy incipiente. Pero tuve la posibilidad de contar con la tutela del doctor Ledon.

Recuerdo que una vez gané un premio de cristalografía y de mineralogía y él me regaló un libro en el que puso: "A mi hija", que guardo todavía con mucho celo. Por aquel entonces me escogió como una alumna ayudante. Disfruté de una relación más fraterna con quienes me enseñaron, y por eso mencioné en mi discurso por el aniversario 280 de la Universidad a varios de mis profesores. Ellos supieron trasmitirme un afecto que siempre trato de hacer llegar a mis alumnos.

A mí no me gusta que me digan "doctora" ni nada de eso, tampoco me agrada que me digan "profe", porque siento que me apocopan, que me digan maestra que es lo que yo soy. Casi tengo ya 82 años y no puedo dejar de ir a impartir clases y conferencias a la Facultad. Eso me hace vivir, sobre todo cuando termino un turno y sale detrás de mí una concentración que empieza a preguntarme: "¿Doctora, dónde la podemos ver?". Y los invito a venir a mi oficina y les ofrezco toda la literatura y se sientan aquí a esta mesa donde estamos nosotras ahora. Ese intercambio con los jóvenes forma parte de mis necesidades, igual que comer y dormir, porque el profesor necesita el yeso, el borrador y la pizarra para escribir.

-¿Por qué se interesó en investigar la quitina?

Si supieras, hay dos cosas que me han dicho y que yo desconocía. Una de ellas me la comentó el historiador de la Universidad, Delio Carrera, un día que se cruzó conmigo y me dijo: "Doctora, ¿usted sabe que fue la primera mujer Decana en Cuba?". Al triunfo de la Revolución, hubo un éxodo muy grande de profesores y la Universidad de La Habana se quedó prácticamente vacía, y los que estuvimos dispuestos ha asumir las vacantes, preparamos a los estudiantes, de modo que los de segundo año le daban clases a los de primero, y los de tercero a los de segundo, y así sucesivamente.

Para mí fue una experiencia increíble porque jamás hubiera soñado con ser profesora de esta Universidad. Mi gran orgullo es trabajar hoy con quienes fueron mis alumnos, y cerciorarme de su capacidad y su inteligencia. Cuando voy al Polo Científico, de cada laboratorio sale uno y viene a saludarme. Son más de 50 años.

Lo segundo que no sabía es precisamente que fui la primera iberoamericana en interesarme por la quitina. En 1967 llegó un húngaro que venía nada más y nada menos que de la Quinoin, una de las fábricas de medicamentos más famosas de Europa. Me di cuenta de que podía ayudarme en mi superación, y en medio de todas las responsabilidades casi me le puse de lavaplatos para aprender de él. Al terminar sus dos años de misión se fue, pero como habíamos hecho tan buena relación profesional, seguimos comunicándonos.

Pude publicar varias veces en la Academia de Ciencias Húngaras gracias a Joseph Szejlti, ese excelente científico que descubrió y fundamentó la quitodextrina. Szejlti me escribió solicitándome que indagase sobre unos corales y comenzamos a interesarnos por la prostaglandina y los mucopolisacáridos que contenían los cartílagos. De esa forma comenzó luego el trabajo con la quitina. La hemos trabajado por 30a años, tenemos patentes, pero no pudimos exportarla ante la imposibilidad de iniciar su producción. De ese proyecto ahora sólo continúo como consultante, pero se mantienen distintos grupos de investigación.

-Es usted una de las pocas mujeres que ha recibido el Premio Nacional de Química.

En los años de la década de los 70 se me ocurrió que todos los químicos podíamos agruparnos y los convoqué (muchos de ellos eran antiguos alumnos míos) para unirnos, y creamos la Sociedad Cubana de Química. Hicimos dos congresos, uno en La Habana, en el Ministerio de Salud Pública, junto a Vilma Espín, y otro en Santiago de Cuba, pues en la Universidad de Oriente existe un grupo muy sólido de químicos. Y pienso que es por ello fundamentalmente que me hayan distinguido con ese reconocimiento.

-¿Qué le reporta el abordaje académico de la salud humana?

Quien investiga para crear fármacos y medicamentos hace un trabajo tan noble como el de un médico. Se tendrá que ver en el futuro con mucha cautela, la relación entre las ciencias naturales y las sociales, porque en definitiva, todo es para la sociedad y por la sociedad, y eso fue para mí una revelación y la pasión de estos últimos años. Pienso venir aquí a leer y a informarme hasta el último día de mi vida. El bienestar humano no significa tener mucho, sino que cada quien acceda a lo que necesita, y en ese sentido, hemos tenido como práctica la extensión universitaria: llevar el saber a la comunidad, promover la sanología con el arte y la cultura mediante actividades que nos permiten cultivar la salud como un valor humano.

-¿Cuándo comenzó su labor de promoción académica en torno a  la Bioética?

A finales de la década del 90 comencé a leer sobre el tema y hubo un trabajo de un físico teórico titulado Los muchos rostros de la ciencia que me hizo sentir como una ignorante. Me dirigí en aquel entonces al vicerrector de Investigaciones y le sugerí promover entre profesores y estudiantes un acercamiento a la Bioética. Me orientaron hacerme cargo y convoqué a las doctoras Rina, Ana Rosa, Talía, Angelina, personas que sabía que me iban a responder. Hicimos relación con la Escuela Latinoamericana de Medicina que tenía organizados cursos y comenzamos a indagar qué conocimientos tenían el claustro y el estudiantado, a impartir talleres en las distintas áreas universitarias y hemos logrado convocar la primera maestría en Bioética.

No se trata sólo de hacer ciencia para obtener resultados, esta puede servir para el bien o para el mal. El investigador ha de inclinarse siempre hacia lo primero. De ahí lo acertado de marcar los corales cuando estudiábamos su reproducción y no sacarlos de su hábitat. Llevárnoslos hubiese atentado contra la estabilidad de un ecosistema. La naturaleza es más sabia que todos nosotros juntos y lo que forma parte de ella, existe siempre por alguna razón, aunque nosotros no hayamos logrado descubrirla aún.

-¿Cómo valora haber sido homenajeada en el aniversario 280 de la Universidad de La Habana?

Ninguna obra es de una única persona, y por eso en mis palabras recordé a todos los que contribuyeron a mi formación. ¡Ay del infeliz que crea que puede hacer algo solo! Yo expreso el trabajo de muchos que me han ayudando siempre, desde mis primeros años como profesora, hasta hoy. Soy un punto dentro de un conglomerado, y todos estos homenajes no cambian mi visión. Al día siguiente de los reconocimientos amanecí enferma, creo que por tantos aplausos

-¿Qué importancia ha tenido en su vida el haber trabajado durante tanto tiempo en esta casa de altos estudios?

Ha sido mi gran posibilidad, pero te confieso con absoluta honestidad que hubiese querido no pertenecer a mi época, sino ser lo que tú eres ahora: una alumna. En mis tiempos de estudiante pasé mucho trabajo a pesar de que mi padre pertenecía a una clase media. En mi familia éramos varios hermanos y no alcanzaba el dinero para comprar los libros y pagar la matrícula a la vez. Había una silla en la biblioteca en la que nadie se sentaba porque yo iba todos los días a estudiar allí. Nunca me he separado de la Universidad de La Habana, ella forma parte de mi vida y yo de la suya, y aquí estaré hasta que haga falta.

-Un consejo para los que recién comenzamos.

Les pediría que valoren mucho lo que el país hace por formar hombres y mujeres, y que lo agradezcan siendo por sobre todas las cosas mejores estudiantes y mejores seres humanos. ¿Y sabes lo que para mí significa ser un mejor ser humano? Acostarse todos los días y pensar antes de dormir si todo lo hecho ha sido para el bien de alguien.

Esta entrevista forma parte del libro en preparación Nosotros, los del 280, escrito como examen final del género por alumnos de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, a propósito del aniversario de la casa de altos estudios cubana.
01/02/2008 23:21 islalsur #. Nosotros, los del 280


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