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LA PUPILA INSOMNE

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CRISTINA ESCOBAR DOMÍNGUEZ,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
 
Su presencia está en los llaveros, en los pulóveres, en los afiches, y hasta en nuestra moneda de tres pesos; en el lema de los pioneros, en los trabajos voluntarios que él fundara, en el Banco Nacional de Cuba que presidiera. Ernesto Guevara de la Serna es parte de este pueblo y de su historia, como es el azul del mar a las costas de nuestro caimán querido.

Razones hay muchas. La más grande: su decisivo liderazgo en la Invasión a Occidente durante la guerra de liberación nacional coadyuvó al triunfo revolucionario, y marcó un hito en la crónica militar de la contienda que nos trajo la libertad.

Pero, ¿fue solo un guerrero o un estratega excepcional este hombre de ética diamantina e impresionante imagen?

Su gran sentido humano y vocación espiritual se acompañaron de un rigor investigativo, de una mirada penetrante y crítica, como se espera de un científico. Esas cualidades llevan a que sea considerado también un ingenioso pensador, un intelectual, un investigador de la realidad, cuyas ideas gozan de una validez poco común.

El “almacén de ideales”, del Che Guevara, como él mismo les llamaba, comenzó a forjarse en su azarosa aventura por América Latina, donde se impregnó con la tragedia sanitaria y social de los leprosorios de la selva amazónica, vivencia que trajo como resultado su especialización en esta enfermedad, luego de recibirse de médico. Investigación con alto sentido humano, para el bien común, como se le pide a los científicos y galenos de la Cuba de hoy.

Mas, los horizontes cognitivos de Ernesto Guevara excedieron a la medicina. Su impronta en las Ciencias Económicas es reconocida. Llegó a ser Ministro de Industria (1961) y Presidente del Banco Nacional de Cuba. También fundó importantes fábricas: la Industria Nacional Productora de Utensilios Domésticos (INPUD), la Planta Mecánica Fabric Aguilar Noriega en Villa Clara, y la Fábrica de Alambre de púas Gonzalo Esteban Lugo.

Con el propósito de ofrecer el soporte científico al desarrollo de las tecnologías que permitieran un aprovechamiento diversificado de la caña de azúcar, constituyó en 1963 el Instituto Cubano de Investigaciones de los Derivados de la Caña de Azúcar (ICIDCA). Ya en el discurso inaugural sorprendió con una idea sobre la cual aún hoy se insiste: la de transformar la gramínea en productos de mayor valor agregado.

A mediados de los años 60, el Che analizó y comenzó a cuestionar, desde una posición dialéctica, la situación en los países socialistas europeos, en relación con el sistema de dirección económica que estaban aplicando. Como resultado, pronosticó su autodestrucción si persistían en ciertos métodos y prácticas que no respondían a los objetivos esenciales de la sociedad socialista y menos a las características de Cuba.

La sociedad socialista, según el Che, debía construirse con una base material fuerte que dotara al hombre de un nuevo pensamiento, lejos del consumismo y el egoísmo característicos del capitalismo. No basta un desarrollo tecnológico si se carece de lo que él llamó “el hombre nuevo.”

Así, se empleó en la elaboración de un modelo más idóneo para la dirección en las condiciones de la sociedad cubana. Como posible solución, creó un nuevo modelo que luego sería llamado Sistema Presupuestario de Financiamiento.

Además, el Che introdujo en Cuba los comités de calidad e impulsó la ciencia y la técnica con la creación de escuelas y cursos para la formación de técnicos y especialistas industriales, a la vez que llamó a los obreros a mantener el funcionamiento de las maquinarias en las fábricas que ya sufrían los efectos del bloqueo.

A 40 años de su asesinato en Bolivia, el lema “Seremos como el Che” sigue resonando. Serlo de verdad implica cultivar la inteligencia con osadía y espíritu crítico.



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