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LUCES PARA ESTE SIGLO

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Rousseau y la prensa moderna.

CYNTHIA ÁLVAREZ ALONSO,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Las ideas se infiltran en nuestro
comportamiento sin anunciarse
y sin que sean reconocidas.
(Herbert Atschul)l

En un ambiente de oscuridad, ignorancia y decrepitud, con una iglesia decadente como testigo y en un momento en el que parecía que no llegaría nunca una edad “iluminada”, surge casi como un imperativo histórico La Ilustración.

Convendría definirla como corriente histórica que enfatizaba en el  poder de la razón humana, de la ciencia  y el respeto de las personas como instrumentos eficaces para mejorar no sólo las condiciones materiales de la humanidad, sino también, para hacer mejor éticamente a los humanos. Con una ideología optimista pretendía liberar a todo individuo de cualquier obstáculo que impidiera su felicidad en la tierra, por lo que concebía programas educativos orientados a elevar el nivel cultural de la sociedad y mejorar la situación de quienes desearan salir de la ignorancia.

¿Implicaba acaso una actitud? Quizás su carácter revolucionario haya radicado precisamente en que los ilustradores creían incondicionalmente en la posibilidad de un cambio, en la necesidad del progreso que se lograría usando  la razón para acabar con el tradicionalismo, la superstición y la irracionalidad existente.

En general, la ilustración se preocupaba por el progreso de las ciencias y por la necesidad de acceder al conocimiento como única vía para superar el oscurantismo medieval, además, proponía la libre discusión para colegiar saberes y enfatizaba en la necesidad de luchar contra la Iglesia, institución que frenaba el desarrollo humano.

Muchos estudiosos del tema concuerdan en que la Ilustración tenía como principio el criticismo, ya que los propios ilustrados aspiraban a someter a crítica racional todos los saberes anteriores.

El movimiento se extendió por toda Europa aunque unas naciones fungieron como aportadoras constantes de nuevas ideas (fundamentalmente Francia, Inglaterra y Alemania) mientras que otras se limitaban a seguir lo que producían esos países. Más tarde, la Ilustración llegó primero a España y después a América. Aunque, indudablemente, la corriente no dejó de extenderse, traspasó los límites de su tiempo marcando un paso definitivo en el declinar de la iglesia y en el crecimiento del secularismo actual, así como en la instauración de una nueva lógica social en donde la opinión pública ocupa un protagonismo cada vez mayor.

De la Francia ilustrada

En Francia, la Ilustración tuvo un gran contenido político debido fundamentalmente a que planteaba el derecho que tienen todos los hombres a la vida, la libertad y la propiedad, en donde  la  misión del Estado sería defender los derechos del hombre.

Sin dudas, fue en el seno francés, más que en ningún otro país, donde se produjo un desarrollo sobresaliente de las ideas de la Ilustración y el mayor número de propagandistas de la misma; por ejemplo, Denis Diderot, uno de los principales exponentes de la corriente, editó la Enciclopedia Francesa en la que presentaba las posiciones de la Ilustración y atacaba a sus oponentes, dentro de los cuales resaltaba la autoridad eclesiástica.

Por otra parte, el filósofo y político, Charles Louis de Montesquieu publicó obras satíricas contra las instituciones, mientras que el reconocido escritor Voltaire atacó el poder del absolutismo reinante en la época y cuestionó los valores tradicionales. Pero no fueron si no las ideas de Jean Jacques Rousseau las que contemplaron que el sentimiento y la emoción eran  tan importantes como la razón.

El Newton del mundo moral

Calificado por Inmanuel Kahnt como el Newton del mundo moral, Rousseau mantuvo una postura crítica respecto a muchas de las ideas aceptadas en su tiempo. Además, llegó a influir en los gustos y costumbres de sus contemporáneos, a tal punto que se le considera elemento importante que conllevó al desencadenamiento de la Revolución burguesa en Francia.

El autor de diversas obras, dentro de las que resalta su novela autobiográfica Confesiones, manifestó siempre una intensa preocupación pedagógica, además de ser el propulsor de la democracia directa y participativa.

Los hombres son buenos por Naturaleza, parecería repetir Rousseau una y otra vez. Pero, como bien enfatizaba, la sociedad es el origen de los males del hombre y esta misma es la que los corrompe. Sin embargo, la otra cara de la moneda sería que son los propios hombres quienes construyen la sociedad, por lo que necesitan establecer una especie de contrato con esta.

De ahí que el Contrato social del que habla Rousseau no sería posible sin la “voluntad general” a la que nos someteríamos, cediendo toda la libertad y derechos personales a los demás, o lo que es lo mismo, la entrega total de todos a todos; siendo el pueblo soberano, el conjunto de ciudadanos, que constituyen el poder, la sociedad política o el Estado y donde el deseo individual del ciudadano estaría al margen de este concepto. Por tanto, el gobierno no debería ser más que el representante de la voluntad general y debería permitirse que todo el pueblo participe en la creación de las leyes y en la elección de las personas que han de velar por su cumplimiento. De igual forma, si el hombre ha de aceptar leyes, las únicas leyes que hacen posible la libertad son las leyes morales. 

De toda esta lógica surge que los periodistas, que son encargados de formar la opinión pública, deban poner su trabajo en función de responder a los intereses de la población, tal como lo deben hacer los gobiernos.

Rousseau cuidó de diferenciar entre la voluntad de todos y la voluntad general, siendo la primera la suma de todos los intereses privados, y la segunda, la que constituye el interés público.

“La voluntad general siempre está en lo correcto, pero el juicio que la guía no siempre se halla iluminado. (…) La iluminación pública conduce a la unión de la comprensión y la voluntad en el cuerpo social. Por ello es necesario hacer que el pueblo vea las cosas como son (…) para apartarlo de la voz seductora de las voluntades propias” (Atschull, 1990). De aquí se deduce que el periodista es el iluminador. Es quien, con sus ideas, con la verdad, desengañará a las personas, evitará la corrupción. El periodista es quien con la fuerza de la palabra transformará a la humanidad en pro de lograr que todos sigan los dictados de la voluntad general.

Además, es importante distinguir que Rousseau era partidario de que “para que se hagan elecciones inteligentes, los sentimientos deben estar alimentados con buena información” (Atschull, 1990), información que creará el periodista, idealmente, basado en principios de ética. En la actualidad habría que preguntarse hasta qué punto las informaciones alimentan los sentimientos, cuando las noticias no son más que mercancías y como mercancías al fin, están sujetas a las leyes del mercado y no a criterios cívicos y cuando la mayoría de las veces se producen con el objetivo de vender y no necesariamente de educar.

También, Rousseau planteaba “el derecho del pueblo a saber”, pero, ¿es acaso un exceso de información, como pasa en la actualidad, lo que nos permite saber más? En realidad, como referiría Ignacio Ramonet, el exceso de noticias es la forma de censura del siglo XXI.

En la vorágine del mundo actual, tal parece que se ha olvidado, la gran responsabilidad del periodista ante la información que elabora y el papel tan importante que desempeña en la sociedad, ya que como referiría Rousseau “en todos los pueblos del mundo, no es la naturaleza, sino la opinión la que decide sobre la elección de sus gustos. Rectificad las opiniones de los hombres y sus costumbres se purificarán por sí mismas” (Rousseau, 1957)

Rousseau insistía en la necesidad de un lenguaje sencillo para comunicarse con el pueblo; “Si los hombres sabios tratan de hablar con el pueblo común en su propio idioma, en lugar de en el de ellos, jamás se harán entender” (Atschull, 1990:111), decía. En la actualidad los periodistas modernos acatan este consejo. Desde la Academia, los estudiantes de Periodismo comprenden que incluso, los mejores trabajos, no son los que se sobrecargan de palabras complicadas, sino los que resaltan por la utilización de palabras que puedan ser comprendidas lo mismo por un filólogo que por un carpintero.

Quizás uno de los aportes más importantes de Rousseau fueron sus concepciones sobre el valor de la educación, de la cual enfatizaba que su objetivo fundamental era formar primero al hombre, luego al cabeza de familia y más tarde al ciudadano. A su libro Émile: un tratado sobre educación, la pedagogía moderna le debe algunas de sus ideas centrales. ¿No es el periodista, un educador más de estos tiempos? Parece evidente la respuesta.

Además, Rousseau planteó que el sentimiento era tan importante como la razón. Indiscutiblemente, los periodistas de hoy saben que apelar a los sentimientos de las personas, sensibilizándolos con informaciones de interés humano pueden ser efectivos para lograr la aceptación de la noticia, sin embargo, puede ser preocupante cómo en varias ocasiones los temas más dolorosos para los protagonistas son tratados en el mundo de la comunicación con el propósito de satisfacer una sociedad que parece adorar el sensacionalismo.

Indiscutiblemente, y por lo anteriormente referido, las ideas de Rousseau no solo fueron de inspiración para los jacobinos en Francia, ni para los estadounidenses que desencadenaron una revolución, sino que trascendieron en la historia infiltrándose, incluso, en la forma de hacer periodismo hoy.

De ahí que me remita a lo que dijera Dave Robinson de este pensador revolucionario: Jean Jacques Rousseau cambió para siempre nuestra forma de pensarnos como individuos y como miembros de una sociedad. Nos advirtió sobre los peligros de nuestro moderno mundo civilizado y anticipó su colapso inminente.

Referencias Bibliográficas

Altschull, J. Herbert: “De Milton a McLuhan. Las ideas detrás del periodismo  norteamericano”. México D.F., Publicigrafics, 1990.

“Jean Jacques Rousseau”, Diccionario de filosofía en CD-ROM: autores,  conceptos, textos. (3ª edición), 1991.

Ramonet, Ignacio: “Los periodistas están en vías de extinción”, <http://www.saladeprensa.org/art382.htm>, consultado el 21/11/2007.

Rousseau, Juan Jacobo. “El contrato social”. Buenos Aires, Tor, 1957.

Ruiz, Pedro: “La época de la razón”. Editorial Planeta, Barcelona, España, 1994.

Salazar Navarro, Salvador: “La libertad de prensa, formaciones sociales y medios de comunicación” (tesis de licenciatura), Facultad de Comunicación, 2006. Capítulo 1, Epígrafe 3.3. (Las revoluciones burguesas y el problema de la libertad)




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