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JOSÉ MARTÍ, “HIPERVÍNCULO” DE NUESTRA AMÉRICA

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JAVIER AGUIRRE,
periodista chileno,
Cortesía para Isla al Sur.

Según el parecer de los lectores que han emprendido la difícil tarea de conocer su multifacética obra, José Martí Pérez debiera ser el Libertador más universal que haya producido el continente americano. Periodista, político, editor, ensayista, orador, poeta y prosista, además de abogado, filósofo y guerrero, entre otras “profesiones”, y oficios, dominó todos los temas del género humano al final del siglo XIX.

En síntesis, si fuera ésta posible, un líder enamorado de una Patria libre y digna, cuyo influjo perdura actualmente, no sólo en Cuba donde su presencia es cotidiana, conocido como el Apóstol, sino también en Nuestra América, tal como él mismo la evocara.

Vivió 42 años en la segunda mitad del siglo XIX, época de las grandes transformaciones mundiales, y una etapa decisiva para la consolidación de América Latina. Su ejemplo sedujo o molestó a grandes reformadores del siglo XX, y aún entusiasma a las generaciones del presente, especialmente en su tierra, donde es un símbolo de las virtudes ciudadanas.

Hijo de españoles, un valenciano de clase media y una joven de Islas Canarias, nació en La Habana en el año 1853 y murió a los pocos meses de desembarcar en el oriente cubano, navegando desde los Estados Unidos, en la localidad de Dos Ríos, en mayo de 1895, en un combate casual. Hacía poco que el mando superior del Ejército Libertador lo había nombrado Mayor General.

Se casó con una aristócrata de la actual provincia de Camagüey, del centro de la isla mayor de Cuba, tuvo un hijo con ella. Trabajó desde muy niño por ser el hermano mayor de una familia numerosa, pero muy unida, pese a desavenencias ideológicas. Desde temprano fue marcado por las injusticias que observara en su país.

Vivió más tiempo en Estados Unidos que en Cuba, la tercera parte de su vida. Su peregrinaje por España, México, Venezuela, Guatemala, entre otros países de las coordenadas caribeñas comenzó a los 18 años. Víctima de la crueldad del torpe imperio colonial, nunca cesó de clamar justicia y libertad, ya sea en llameantes periódicos que gestó en todas las naciones en donde estuvo, o con la genial destreza de su pluma, la que aún pervive en sus libros Versos Sencillos, Versos Libres, Ismaelillo, este último dedicado a su hijo José Francisco. Como también en la canción o recitado popular. Porque pese a pertenecer a esa clase de hombres elegidos, fue un hombre sincero, amante de su familia y cercano a sus hijos y amigos.

Resulta muy difícil seguirle el rastro al maestro de maestros, por sus viajes incansables, a los que se vio condenado por el continuo destierro de su Patria, como por su febril amor por el trabajo cuyo único afán era ver a su tierra liberada de la Monarquía española, e independiente de todo dominio. Los 27 tomos de su obra más otros apéndices así lo atestiguan, desafían, además, a las nuevas generaciones porque iluminan otros mundos posibles en una era plena de oportunidades, pero también de amenazas.

Claramente, su verso: “Yo vengo de todas partes y a todas partes voy”,  lo retrata por completo, tanto por su compromiso solidario por la situación del otro, como por su cosmovisión americanista que advertía de los peligros que se cernían sobre ella. Largas páginas de sus escritos, a partir de 1889, alertan del desafío tecnológico norteamericano, un “monstruo” pletórico de ambición y lucro desmedido.

Hasta se dio el tiempo de escribir y editar una revista para niños y una novela por entregas desde Nueva York. Fueron cuatro los números de la no tan infantil Edad de Oro, que fueron impresos en Nueva York; si bien es un innovador espacio educativo, para la profesora Nuria Nuiry, no cabe duda que Martí las utilizó también como un instrumento ideológico de penetración de las ideas martianas de identidad, dignidad, libertad, dedicados a la familia cubana, porque, enfatiza: “¿Quién lee los cuentos a los hijos sino sus padres?

Su compleja obra es vital y anticipatoria como la red de redes. Como Internet cae en cascadas de estilos por los más diversos temas de su tiempo. Su poder profético, eso sí, obliga a apropiársela para interrogar los desafíos de la sociedad actual, la del conocimiento; es lo que querría Martí, que los pueblos americanos unidos acortasen las brechas con los que ejercen el poder, a partir de la propia memoria e identidad del continente joven.

Luchando contra las “serpientes decimonónicas”, Martí es un imprescindible en nuestra historia indoamericana, un revolucionario humanista de "cara al sol” de la historia que se está construyendo día a día.

 

 



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