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OJERAS DE UN MEDIODÍA

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JUSTO PLANAS CABREJA,
estudiante de quinto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¡Y qué me dicen del Machado! El inolvidable comedor de la Universidad de La Habana, vecino de la Facultad de Artes y Letras, innovador en la cocina y tan especial en su trato al estudiante.

Allí se ofrece un menú distinto cada día. Platos fuertes: proteína vegetal, pescado, pollo y a veces “―” (ese día no hay plato fuerte). Además, arroz, frijoles y sopa de sustancia (sustancia gaseosa esta). Y para quienes se preguntan si existe un plan de confección serio del menú: arroz con leche (a mí me deja sin palabras). Una vez me dijeron que la especialidad de la casa era el pan y yo tengo en el pan nuestro de cada día la fuerza suficiente para enfrentar los turnos de la tarde.

Pero alimento siempre hay en la bandeja y agua en la nevera. Otra cosa ocurre con el vaso y la jarra. Estos parecen luna y sol, cuando hay uno falta el otro, aunque a veces existen eclipses.

“¿Qué más quieren por 50 centavos?”, deben preguntarse nuestros abnegados tíos y tías que, como buenos familiares, preparan los alimentos. Si yo fuera malagradecido les diría que no son los productos, sino cómo los elaboran, lo que quita el apetito. Pero como no lo soy, mejor hago silencio y pago el tiquet.

¡Vamos todos a pagar el tiquet! Bajamos la rampita, ¿saben cuál? Está abierto el cajero, pero… no hay nadie. No se preocupen: la cobradora está almorzando. (Es su derecho.) Mejor hablamos con la mujer de la cruz. (Ella es la encargada de poner una cruz en la tarjeta antes de coger la bandeja.) Seguro que cuando escuche nuestra historia nos deja pasar. Pero no vamos a molestar a esa noble señora porque en el papel todo puede hacerse realidad.

Retrocedamos en la historia. Esta vez hay cola. No importa, el primero es un amigo del pre y nos va a comprar el tiquet. ¡Por fin la cobradora! Está conversando con una mujer sobre… ¿tinte de pelo? Pero ya recibió nuestra tarjeta. La coge, la suelta, ahora juguetea con ella. “¿Existe un tinte color tabaco?” La soltó de nuevo. ¡Ya es hora! Sí, ya es hora de ir a clases. Pero, claro, esta historia forma parte de la ficción.

Y bastante de ficción tiene porque la versión real de nosotros, los estudiantes de la UH, es distinta… Canta, oh, crítico ojo, la cólera de los que cada mediodía hacemos la cola del Machado. Porque tiene una cola larga, siempre convulsionando con cada lengüetazo de sol. Cola gorda a la entrada, y casi difusa al final: llegar y pedir el último no es costumbre. Los últimos siempre son los primeros. ¿Y al final? Los mismos rostros: buenos prójimos que disfrutan del paisaje hasta dos horas. Empujón a empujón el Principito, Aliosha Karamazov y otros tantos caminarán hacia atrás como el cangrejo; y quién sabe si descubran un libro interesante entre los que se venden ahí cerquita.

El Machado es… lo real maravilloso. Es como la luna llena. Allí el hombre se transforma como Mackandal en bestia. No es fácil jugar al súper humano en el aula para coger el garrote camino al comedor. No hace falta ser estudiante de Derecho para conocer el código penal de la selva. Después de todo, la ficción tiene mucho de veraz. Porque todos formamos parte de esta historia. Y el punto final, ese, lo ponen ustedes

 



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