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OBESIDAD NO ES SALUD (Segunda Parte)

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VIVIAN SÁNCHEZ,
periodista de Radio Habana Cuba,
Cortesía para Isla al Sur.

foto: MAYCOL ESCORCIA VENEGAS

La obesidad es un reconocido factor de riesgo para patologías que constituyen las primeras causas de morbimortalidad en el mundo actual. Adquirir hábitos de vida saludables desde la infancia es la mejor forma de alejar las dislipidemias, la diabetes, la hipertensión y las enfermedades cardiovasculares

La obesidad, sus cifras en ascenso y su íntima relación con las principales causas de morbimortalidad la han convertido en un objetivo permanente de las investigaciones del mundo actual.

Se calcula que existen más de 300 millones de obesos a lo largo y ancho del planeta, epidemia que ya sobrepasó las barreras de los países desarrollados y llegó a los subdesarrollados con cifras en ascenso.

Sin embargo, no siempre ocurrió así.

En la prehistoria, el hombre realizaba actividades de un elevado costo energético al vivir gracias a lo que recolectaba, cazaba o pescaba.

Sus presas lograban satisfacer el voraz apetito y la energía de los alimentos se acumulaba en forma de grasa en sus adipocitos, y le servía de reserva hasta lograr atrapar su nuevo bocado.

Así sus ciclos de ingesta eran alternados con una buena ejercitación, y en ocasiones, con largos ayunos en los que lograba subsistir gracias a las reservas corporales.

El desarrollo de nuevas alternativas le facilitó adquirir los alimentos, disminuyó su entrenamiento físico y para lograr su mantenimiento se vio en la necesidad de incorporar a su dieta otra fuente energética, los hidratos de carbono.

Ya en ese momento la acumulación de fuentes de energía sin actividad física sentó las bases para uno de los peligros de la actual civilización, la obesidad. Sin embargo, el siglo XX fue el que ubicó a la obesidad en su verdadero rol en múltiples patologías y sus fatales consecuencias para la salud humana.

La obesidad constituye un factor de riesgo para enfermedades degenerativas que constituyen las principales causas de muerte en el mundo, como la diabetes mellitus tipo 2, el cáncer y las patologías cardiovasculares.

Pero, además, puede ocasionar trastornos ortopédicos, del sueño y problemas de autoestima, entre otros.

El adipocito, la leptina y la obesidad

El tejido adiposo es el encargado de regular el metabolismo de las grasas. Su activación se corresponde con las necesidades del organismo en condiciones fisiológicas normales.

El metabolismo lipídico proporciona ácidos grasos de elevado valor energético, necesarios para el funcionamiento de los músculos y que actúan como precursores para la síntesis hepática.

Además de ser el almacén de la grasa (triglicéridos) del organismo, el adipocito sintetiza sustancias como la leptina, hormona que se encarga de regular el peso corporal, el apetito y la saciedad. Su activación se basa en el control de las reservas grasas del organismo por medio de un sistema de señales de activación-inhibición, mediado por receptores específicos alojados en el sistema nervioso central.

De esta forma, el organismo contrarresta la falta de energía con las ganas de comer; pero si falla el mecanismo de la leptina –tal y como se describe en las personas obesas-, la sensación de hambre no se corresponde a las necesidades del organismo y se come más de lo debido.

Se describe que con el incremento de la edad, aumenta el Índice de Masa Corporal y la acumulación de grasa corporal, además de los niveles de leptina.

Obesidad y enfermedades cardiovasculares

La literatura reporta que esta asociación se realizó desde los tiempos de Hipócrates. Hoy se confirma que la obesidad es uno de los principales factores de riesgo para la cardiopatía coronaria.

Las enfermedades cardiovasculares incluyen, además, los accidentes cerebrovasculares y la enfermedad vascular periférica. Ellas son las principales causas de muerte en el mundo.

Se reporta que la insuficiencia cardiaca y la muerte súbita son mucho más frecuentes en el paciente obeso.

La obesidad produce un aumento del volumen sanguíneo y del gasto cardíaco.

El exceso de peso predispone al individuo a factores de riesgo como la hipertensión y los elevados niveles de colesterol en sangre.

En las mujeres, la obesidad es la variable de riesgo en las enfermedades cardiovasculares con el incremento de la edad y de la presión sanguínea.

Los altos niveles de triglicéridos séricos y los de colesterol LDL (lipoproteínas de baja densidad o colesterol “malo”), así como los bajos niveles de colesterol HDL (lipoproteínas de alta densidad o colesterol “bueno”) son indicadores propios de la persona obesa. Estos perfiles son típicos en los casos de obesidad tipo “manzana”, la que se asocia con enfermedades coronarias.

La medida de la cintura es un buen criterio para evaluar el peso corporal. Hombres con más de 40 pulgadas de cintura y mujeres con más de 35 tienen un riesgo mayor de enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2.

Diabetes mellitus y obesidad

La diabetes mellitus tipo 2 o insulinoindependiente se desarrolla de manera general en la edad adulta y se encuentra asociada con el sobrepeso. El riesgo de padecer este tipo de diabetes se triplica con el incremento del Índice de Masa Corporal (IMC), especialmente en las personas con antecedentes familiares de esa enfermedad.

Estudios clínicos y epidemiológicos demuestran una asociación entre obesidad, la diabetes tipo 2 y en particular con la intolerancia a la glucosa. En ellos se exponen que grados moderados de obesidad pueden elevar el riesgo de diabetes hasta 10 veces, hecho que se incrementa con los grados más severos de obesidad. En los casos de obesidad abdominal los riesgos que se observan son mayores.

Las investigaciones han encontrado que la obesidad genera una resistencia a la insulina, debido a que el exceso de grasa dificulta que ésta cumpla su rol regulador de los niveles de glucosa en sangre. En compensación, el páncreas segrega más insulina, que a su vez incrementa los niveles de lípidos, produciéndose un ciclo que se inmortaliza en el diabético sin control.

Unido a este fenómeno, se reducen los receptores periféricos de la insulina y con ello una intolerancia a la glucosa. Esto, unido a la resistencia a la insulina, son dos elementos claves en la diabetes tipo 2.

La reducción de peso corporal de un obeso mejorará de forma sustancial su metabolismo, y con ello el control de la glucosa en sangre y de la dislipidemia al reducir la resistencia insulínica.

Es por ello que se insiste que uno de los factores para prevenir la diabetes tipo 2 es el control del peso corporal, así como la realización sistemática de ejercicios físicos.

La obesidad y la hipertensión arterial

Diversos estudios asocian la obesidad con la hipertensión arterial. Se describe que por cada 10 kg de aumento de peso, la presión arterial sube entre 2 y 3 mm de mercurio y, sin embargo, por cada 1 por ciento de reducción del peso corporal, disminuye en ese mismo rango.

Los mecanismos patogénicos apuntan a una relación de la obesidad con la hiperinsulinemia, que provoca una reducción de la excreción renal de sodio y con ello un incremento del gasto cardíaco, uno de los principales reguladores de la presión arterial.

Un hecho indiscutible resulta que la hipertensión mejora con la reducción del peso corporal.

Dislipidemias secundarias y obesidad 

Los trastornos del metabolismo de los lípidos tienen como aliado más frecuente a la obesidad. Ella se asocia con niveles elevados de triglicéridos séricos y con incremento de los niveles de colesterol total. Todo ello tiene una fuerte asociación con la resistencia a la insulina que es lo que provoca que se estimule la síntesis hepática por existir un aumento de los ácidos grasos libres. Con ello se incrementa la fracción de lipoproteínas de muy baja densidad o VLDL (del inglés Very Low Denstity Lipoprotein).

Paralelamente se incrementan los niveles de lipoproteínas de baja densidad (LDL) o colesterol “malo”, y disminuyen los niveles de colesterol en las lipoproteínas de alta densidad (HDL) o colesterol “bueno”. Estos dos factores son indicadores de riesgo para las enfermedades cardio y cerebrovasculares.

Obesidad y Síndrome X

Considerada como la enfermedad del siglo XXI, el Síndrome Metabólico o Síndrome X está definido como un conjunto de rasgos clínicos dentro de los que se incluyen, trastornos de los lípidos, intolerancia a la glucosa, hipertensión y obesidad, todos asociados de forma principal con la alimentación, el sedentarismo y la obesidad. Se trata de una asociación de problemas de salud que pueden aparecer de forma simultánea o secuencial en el mismo individuo.

Su componente patogénico fundamental es la resistencia a la insulina. Dentro de los trastornos lípidos reúne la elevación de triglicéridos y la reducción del colesterol “bueno”, asociado con una resistencia a la insulina y una intolerancia a la glucosa.

A pesar de sus antecedentes desde hace más de 80 años, fue reconocida por la Organización Mundial de la Salud en 1998, y se describe que entre el 10 y 40 por ciento de la población mundial padece del Síndrome Metabólico y se diagnostica cuando aparecen 2 ó más de los siguientes síntomas:

Tensión arterial elevada (≥140/90 mmHg)
Trigliceridemia (≥1,7 mmol/L) y/o colesterol HDL bajo
Microalbuminuria
Obesidad (Ïndice de Masa Corporal > 30 Kg/m2)

Es la obesidad abdominal o tipo “manzana” la que se relaciona con el Síndrome Metabólico, por sus implicaciones en las patologías cardiovasculares.

Cáncer

La relación entre cáncer y obesidad no se encuentra bien argumentada. No obstante, existen estudios que asocian el sobrepeso con la mayor incidencia de ciertos tipos de cáncer, en particular los gastrointestinales y en las mujeres obesas tienen un mayor riesgo de cáncer de mama, endometrio, ovárico y cervical. Los hombres obesos tienen un riesgo más elevado de padecer cáncer de próstata y rectal.

La relación más clara es la que existe entre el cáncer de colon y la obesidad, en la cual se reporta que su riesgo se triplica tanto en féminas como en el hombre adulto.

Otros padecimientos y su relación con la obesidad

Insuficiencia venosa periférica: A mayor obesidad existe mayor riesgo de presentar varices en las extremidades inferiores, edemas y cambios tróficos de la piel. La obesidad se asocia con un alto riesgo de padecer enfermedad tromboembólica.

Osteoartritis: Considerada como una enfermedad degenerativa de las articulaciones, se encuentran también asociadas con el sobrepeso y la obesidad, por el daño mecánico que ofrece el exceso de peso en ellas.

Trastornos psicológicos: La obesidad provoca trastornos de adaptación al medio relacionados en muchos casos con afectación de la autoestima. La depresión y la ansiedad se presentan con frecuencia en el paciente obeso, aunque estas afectaciones constituyen consecuencias y no causas de la enfermedad.

La obesidad en diferentes etapas de la vida

Niños y jóvenes

En las etapas tempranas de la vida se establecen las bases moleculares y metabólicas que condicionan el posterior desarrollo o no de las enfermedades.

La obesidad no solo es un problema actual de la población adulta, es cada día más frecuente en niños y jóvenes.

Al nacer no puede detectarse si un individuo será obeso en fases posteriores de su vida, salvo en el caso de los niños nacidos de madres diabéticas, en las que está aumentada su probabilidad.

Sin embargo, estudios epidemiológicos sugieren que aproximadamente un tercio de los adultos con sobrepeso lo desarrollaron antes de los 20 años, y dos tercios en edades posteriores.

El adolescente que persiste con su obesidad hasta la edad adulta tiene mayores riesgos de morbilidad.

Los niños y adolescentes en que ambos padres son obesos tienen un riesgo mucho mayor de obesidad. Ello indica que los consejos dietéticos y los estilos de vida pueden jugar un papel fundamental en la prevención del sobrepeso y la obesidad.

El ambiente familiar puede ejercer una importante influencia para lograr adecuados hábitos dietéticos en los más jóvenes de la casa con el consumo de una alimentación sana, es decir, que sea equilibrada, inocua, suficiente y variada, así como controlar sus horarios recreativos tratando de estimular los niveles de actividad física, y evitar el tiempo excesivo en actividades sedentarias como la computación y la televisión, fenómeno muy frecuente en la actualidad.

El peso corporal durante la adolescencia es un buen indicador de predicción del peso en la edad adulta. 

Climaterio

Las hormonas sexuales regulan la composición corporal, la distribución del tejido adiposo y la proporción de tejido muscular con relación al graso.

En el climaterio, con el declive de los niveles circulantes de estrógenos existe la tendencia a incrementarse el peso, cambia el metabolismo de lípidos y lipoproteínas y se produce un aumento del Índice de Masa Corporal; varía la distribución de grasa corporal, con una tendencia a favorecerse los depósitos en la región abdominal, factores que pueden contrarrestarse adecuando dieta y actividad física a las nuevas condiciones metabólicas, para así evitar los trastornos asociados con la obesidad.

No existen dudas de que la obesidad es una entidad que exagera y empeora un grupo importante de patologías graves que conllevan a complicaciones severas. Todas ellas tienen puntos de contacto metabólicos que son los responsables de provocar el deterioro del estado de salud.

Sin embargo, la obesidad es prevenible y tratable. La meta está en lograr desde la infancia hábitos de vida que favorezcan el peso ideal. Es esa la receta para evitar que la obesidad obstruya el umbral de una existencia sana y feliz.
 



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