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SENTIRSE MAESTRO TODOS LOS DÍAS

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“No existe para mí una actividad laboral que no esté vinculada al Instituto Varona”, afirma la pedagoga María Concepción Basanta.

Texto y foto:
JAVIER RAÚL ORTIZ HABER,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

El acto estaba planeado desde hacía más de una semana y ella fue la última persona en saber por qué la habían invitado. Pensó que se trataba de algún malentendido y solo se enteró poco antes de que la medalla estuviera en su pecho.

Asombrada, y conteniendo en sus ojos lágrimas de alegría, la Doctora María Concepción Basanta, junto con otros profesores del Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona”, recibió, a unos minutos de concederme esta entrevista, el reconocimiento más alto que entrega el Consejo de Estado a los pedagogos cubanos: la Orden Frank País de Segundo Grado. Ya posee la Orden Pepito Tey, por lo que no esperaba otra distinción.

“Yo no creo que alguien pueda trabajar pensado en galardones. ¿Te imaginas qué difícil sería una vida condicionada a que te entreguen una condecoración? Eso no es un vivir”, dice.

De estudiante de Pedagogía a decana de la primera Facultad de Profesores Generales Integrales (PGI), Conchita, como la llaman sus colegas, ha pasado  tres décadas de su vida en los pasillos del Instituto Varona. Especializada en Comunismo Científico y madre de dos varones, da clases desde los 16 años. Sus diversas responsabilidades nunca le han servido de pretexto para alejarse de las aulas.

-¿Cómo se convirtió en la primera decana de la Facultad de Profesores Generales Integrales (PGI) de Secundaria Básica?

A partir de mi incorporación al Varona ocupé diversas responsabilidades: fui decana de la Facultad de Humanidades, vice-decana docente de la de Ciencia Sociales y jefa de varios departamentos. Cuando en el Instituto se creó la Facultad de PGI para Ciudad de La Habana, se me asignó la tarea. Pienso que quizás haya pesado en esa decisión mis antecedentes de dirección, y que durante tres años fuera responsable del grupo multidisciplinario que atendía las transformaciones en Secundaria Básica, por lo que tenía un acercamiento a las particularidades de esa enseñanza.

-¿Qué dificultades tuvo que enfrentar?

Al asumir esa responsabilidad me sentí tan emocionada y tensa como cuando recibí la Orden Frank País. Aunque había ocupado cargos de dirección anteriormente, esta era una tarea de mayor connotación y con una cuota de responsabilidad muy elevada, porque estaba asociada a un cambio sustancial en la secundaria básica, una nueva forma de asumir la docencia en este nivel de enseñanza.

Por suerte, tuve un excelente colectivo de dirección. Lo mucho o lo poco que se pudo lograr fue resultado de un trabajo colegiado, porque quien dirige pensado que todo se logra gracias a él, está tan equivocado como él que piensa que con llegar y hablar es suficiente.

La experiencia con los PGI me enriqueció de muchas formas. A pesar de la buena asesoría y la prioridad que teníamos, el primer año fue difícil. Fueron tres cursos que me abrieron una dinámica de trabajo distinta a la que usualmente se desarrolla en la dirección de una facultad universitaria. Mis funciones como decana iban más allá del proceso académico, investigativo y laboral: incluía también la atención a la vida de 5 mil estudiantes de todo el país que vivían en las residencias estudiantiles.

-¿Al asumir el Decanato, cuál era la meta a alcanzar y cómo juzga los resultados ochos años después?

El principal objetivo era lograr la generalización de una experiencia que había tenido un primer momento con Los Valientes. Era, sencillamente, garantizar la preparación integral de estos profesores en formación, y ayudarlos a comprender que eran responsables de un nuevo modelo para la Secundaria Básica.

Yo, en más una oportunidad, les dije que no me imaginaba a mí misma impartiendo todas las asignaturas en ese nivel de enseñanza. Aunque apoyados por el televisor y el vídeo, es un reto muy grande. Es posible que no poseyeran todo el dominio de la maestría pedagógica, pero se preparan, y yo vi muy buenas clases impartidas por ellos.

Hoy existen algunos maestros emergentes que son directores de escuela. Sé que hay un criterio de que son muy jóvenes y no tienen suficiente pericia, sin embargo, pienso en varios casos y sé que pueden hacerlo. Además, de no existir los PGI, cómo se le hubiese explicado a la población que sus hijos no pueden estudiar por un déficit de profesores.

-¿Ve la formación de PGI como una solución viable?

Sí. Amen de la creencia individual que yo pueda tener, la práctica lo corrobora. Sin embargo, no se puede edulcorar la realidad. Hay que revisar y criticar muchos elementos.

Debe lograrse un mejor proceso de captación. Hay personas que no reúnen los requisitos elementales para ser educadores y en ese sentido hay que rescatar la idea de que no todos pueden ser profesores. Hay que trabajar para que quien opte y se incorpore a la carrera pedagógica sea una persona comprometida y sienta amor por la profesión.

Además, ellos necesitan atención para adquirir una cultura más integral en su preparación y así puedan ser portadores de los mejores valores que deben caracterizar a un ser humano. Los PGI merecen más reconocimiento, pues cada profesor es responsable del futuro de la sociedad.

-¿Son los profesores emergentes esos evangelios vivos que anhela Fidel?

El sentido de evangelio vivo, asociado a uno de los padres fundadores de la Pedagogía cubana, tiene que conceptualizarse para poderse entender. Yo creo que sí, están en ese camino. Pero no es algo que se logre de una vez: es el resultado de un proceso acumulativo. Hay algunos que han tenido muy buen desempeño, y se han incorporado a modalidades de superación posgraduada, que hoy hacen la maestría o el doctorado, y que, por encima de todo, les gusta su profesión.

-¿Por qué la Pedagogía?

Mientras cursaba el décimo grado se lanzó la convocatoria del segundo contingente del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech. Como era presidenta de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media en mi escuela, nadie tuvo que decir que diera el paso el frente. No creí ético convocar a la gente si me excluía, y me incorporé al Destacamento por la asignatura de Historia.

A veces les he dicho a mis estudiantes que nunca pensé dedicarme a la enseñanza, pero tampoco rechazaba la idea. Inicialmente, sentía inclinación hacia la Medicina, particularmente por Pediatría. No obstante, muchos años después de haber dado la primera clase, no me arrepiento. Me encanta ser profesora, estar frente a un aula, junto a los alumnos.

-¿Por qué se especializó en Comunismo Científico?

Al concluir la carrera fui seleccionada para reorientarme en los estudios de la Licenciatura en Comunismo Científico, en un curso nacional de dos años de duración. Estaba previsto que, al concluir ese período, me quedara trabajando en el Varona.

Durante ese tiempo, comencé a sentirme identificada con el departamento en que se impartían las disciplinas de corte filosófico. Por eso, al graduarme, asumí la asignatura de Lógica Formal, después Lógica Dialéctica, y otras asociadas a ese campo. Aunque es mi especialidad, yo nunca he impartido Comunismo Científico.

-¿Cómo recuerda su primera clase en el Varona?

Con esa pregunta me traes a la memoria un libro de Isabel Allende que leí, llamado Paula. En el prólogo, la autora narra la historia del miedo que sintió la primera vez que la invitaron a un baile y el consejo que le dio su padre para poder erradicarlo: “No tengas miedo. Los demás tienen más miedo que tú.”

En el  curso 1980-1981, mi primero como profesora en el Instituto, di clase el primer lunes, en el primer turno e impartiendo Lógica Formal, una asignatura compleja, que aborda esencialmente el pensamiento y su desarrollo. Tenía lógicos temores de cómo iba a ser, porque era enseñanza universitaria. El contenido lo tenía incorporado, pero, en el sentido metodológico, no lo suficientemente claro para su impartición. Recuerdo que en esa aula descubrí el modo perfecto de hacerlo y, desde entonces, nunca lo he abandonado.

Ahora tengo la satisfacción de tener colegas en el Instituto que fueron estudiantes míos durante esa época. Recuerdo con mucha alegría aquel primer curso escolar.

-¿La clave para formar un buen maestro?

Amor y compromiso. Ese es el punto de partida en este trabajo. Es muy importante que nosotros, los formadores de profesores, estemos identificados con la labor que realizamos. El estudiante debe sentir que quien le da clases ama su profesión y procura una correspondencia entre lo que dice y lo que hace, porque, de lo contrario, se le brinda un modelo deplorable.

-¿Por qué se mostró tan escéptica cuando recibió la Orden Frank País?

Me emocioné mucho. Siempre he sentido mucho respeto para las personas que reciben cualquier tipo de reconocimientos, pero en especial por la Orden Frank País. ¡Yo no he hecho nada! No me veo a mí misma como alguien que merezca esa distinción, porque solo hice trabajar. Conozco personalidades del Varona que alcanzaron esa Orden, y yo soy solo una profesora, que temporalmente ha tenido una responsabilidad.

-¿Qué es para usted el Instituto Enrique José Varona?

No existe para mí una actividad laboral que no esté vinculada al Instituto Varona. Toda mi vida profesional se asocia al Pedagógico, con sus cosas buenas y malas, pues yo también soy responsable con mi contribución a lo positivo y a lo negativo. Lo que hoy soy, es resultado de ese lugar.

Empecé aquí apenas con apenas 16 años y ahora tengo 51. Trabajando formé mi familia, tuve mis hijos, he transitado por diferentes categorías docentes. Aquí tuve y tengo excelentes profesores, que son hoy mis colegas, pero que, de cierta forma, siguen siendo mis maestros.

-¿Cómo describiría su profesión?

Como un reto constante. El camino de esta profesión no es fácil y hay que entregarse bastante a ella, pero si la rueda de la historia retrocediera, yo asumiría conscientemente volver a ser pedagoga, pues todo lo que he logrado en la vida es por esta profesión. Me duele muchísimo cuando alguien habla mal de un educador, porque nosotros también nos equivocamos, como lo hace cualquier persona.

Uno debe sentirse maestro todos los días. Por eso yo siempre seré una profesora. No pienso jubilarme y solo dejaré de impartir docencia cuando las condiciones no me lo permitan.

Esta entrevista forma parte del libro en preparación Rostros del Varona, escrito como examen final del género por alumnos de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, a propósito del aniversario 45 de la casa de altos estudios pedagógicos.

FICHA TÉCNICA:

Objetivo central: Profundizar sobre su experiencia como Decana de la Facultad de PGI del ISPEJV.

Objetivos colaterales: Obtener información sobre la vida profesional de la profesora María Concepción González Basanta y su experiencia laboral en el Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona” (ISPEJV).

Tipo de entrevista:

Por los participantes: Individual
Por su forma: Clásica
Por su contenido: Biográfica y de opinión
Por el canal que se obtuvo: Directa

Tipo de título: Cita textual o declarada
Tipo de entrada: Anecdótica
Tipo de cuerpo: Clásico
Tipo de preguntad: 1: Directa; 2: Directa; 3: Abierta; 4: Directa; 5: Abierta; 6: Abierta; 7: Cerrada; 8: Cerrada; 9: Abierta; 10: Directa; 11: Abierta; 12: Abierta.
Tipo de conclusión: Comentario de la entrevistada

Fuentes consultadas: Currículo de la entrevistada.

04/05/2009 20:54 islalsur #. Rostros del Varona


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