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“LA VIDA ES UNA CAJA DE SORPRESAS”

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A Margarita Arias Medina y Juan Ernesto Pérez Morales los separaron los mismos ideales que una vez los unieron. Pero aunque en su relación “muy pocas cosas han sido color de rosa”, son el ejemplo de que las historias de amor existen.

Texto y foto:
KARLA VALERO TIELES,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El sol entra por las persianas y parecen llenarse de alegría las decenas de violetas del modesto apartamento. En la radio –a bajo volumen- se escucha un popular bolero de los años 50. Sentados frente a mí, dos seres que parecen estar hechos el uno para el otro. Ambos se intercambian miradas amorosas que recuerdan a una pareja de recién casados.
A pesar de 47 años de matrimonio,  Margarita Arias Medina y Juan Ernesto Pérez Morales aseguran amarse como el primer día. Ambos son graduados de Ciencias Políticas. Ella, actualmente, profesora de Filosofía y él, jubilado por problemas de salud.

Nostálgico por los recuerdos, Juan Ernesto cuenta cómo se conocieron: “Fue cuando estudiábamos el cuarto año de bachillerato en el  Instituto de Segunda Enseñanza del Vedado,  en 1958. Ella tenía 18 años y yo 22. Era una mujer preciosa. Intenté enamorarla desde el primer momento, pero me dijo que no podía tener novio. De haber sido un capricho no hubiese insistido, pero esa muchacha tenía algo especial.”

Ella sonríe pícara y lo interrumpe: “Él me gustaba, pero en ese momento no podía tener novio. No disponía de mucho tiempo ya que trabajaba y estudiaba. Además, había un motivo muy importante: todos en la familia estábamos inmersos en la lucha clandestina.

“La casa de mi padre estaba fichada por la policía, era la sede del Movimiento 26 de Julio en Lawton. Él  y mi hermano permanecieron escondidos hasta el triunfo de la Revolución por estar bajo la orden de búsqueda y captura.

“Yo vivía con mi tía y allí había mucha actividad. Colaborábamos repartiendo bonos, escondiendo a algún revolucionario, o recogiendo medicinas y ropa para mandar a la Sierra. Nada más entrar en la casa se veían los cables para escuchar Radio Rebelde. Se hacía evidente en lo que andábamos. ¡Imagínate!, aparecerme con un novio era muy arriesgado.”

-Entonces, Ernesto, ¿cómo logró

que Margarita cambiara de opinión?

Eso fue algo casual. La vida es una caja de sorpresas y lo que ella no sabía era que yo también andaba en lo mío. Cierto día, un grupo de jóvenes “revoltosos” puso una bomba en el baño de las muchachas del Instituto. Rápidamente el director, oficial del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), llevó a su despacho a todos los sospechosos para entrevistarlos. En ese grupito estaba yo. Y fue cuando ella me vio.

Desde ese momento las cosas fueron diferentes para Margarita: “Enseguida, al notar sus nervios, supe que estaba involucrado en todo aquello. Saber que era revolucionario lo cambiaba todo. Al verlo en esa situación tan peligrosa me di cuenta de que lo quería.”

Para Ernesto, a pesar de las limitaciones propias de la época y el escaso tiempo del que disponían los dos, el noviazgo fue una de las etapas más hermosas de sus vidas. Margarita también recuerda esos inolvidables momentos, y con un brillo inusitado en la mirada, cuenta lo convulsa que fue la relación por tratarse de dos jóvenes colaboradores de la lucha clandestina.

“Sacrificamos gran parte del tiempo que normalmente se dedican las parejas. Ernesto no me visitaba mucho porque él estaba muy involucrado en la lucha. Y aunque yo no figuraba en los listados del movimiento, también colaboraba.

“Como mi hermano no podía salir de la casa porque lo buscaba la policía, muchas veces yo le hacía sus recados. Era una vida agitada y la angustia de pensar que a Ernesto podía pasarle algo terrible. Pero también la emoción alimentaba aquel idilio.

Con el triunfo de la Revolución todo empezó a tomar su nivel. Pero aunque ellos creyeran que finalmente había llegado el “vivieron felices por siempre”, la realidad se tornó diferente. La actividad de Juan Ernesto, ahora en tareas también difíciles, se hizo más complicada y exigía mayor compromiso.

A la par, despertó en Margarita su vocación por el magisterio y decidió alfabetizar en las montañas, lo cual significaban cinco años lejos de todo. Esta vez, los separaban los mismos ideales que un día los unieron.

Margarita recuerda la Campaña de Alfabetización como una de sus mejores experiencias: “Tuve que pasar tres meses de adiestramiento en un lugar llamado Minas del Frío. El miedo no lo puedo negar. Todo el que subió sabía que estaba arriesgando su vida. Pero yo me sentía en deuda con la Revolución.”

Por veleidades del destino, su ubicación no fue la que ella esperaba, sino en la Escuela de Instrucción Revolucionaria para la Superación de la Mujer, en la ciudad: “No poder ir a las montañas me entristeció mucho. A pesar de eso, viví momentos inolvidables. Tuve la oportunidad no solo de enseñar a esas mujeres a leer y a escribir; sino de ayudarlas a mejorar sus vidas, tomar decisiones, defenderse. La Campaña de Alfabetización fue algo muy grande; tanto en la sierra como en el llano.”

Como dice el refrán, “lo que sucede conviene”. La ubicación de Margarita en la brigada de instructoras posibilitó el reencuentro. Esta vez para no separarse nunca más. “El 16 abril de 1961 tiene doble significación en esta casa”, cuenta Juan Ernesto. “Hubo dos declaraciones importantes: la del Carácter Socialista de Cuba y la mía. Yo estaba con la Seguridad, monitoreando la concentración, y de repente la vi, en primera fila con el resto de las instructoras.

“Eran muchas vestidas iguales, con el uniforme de las milicianas; pero Margarita siempre se ha destacado en todo. Andaba muy pintada y arreglada, y tenía una forma muy particular de ponerse la boina. No pude resistir la tentación, puse a un compañero a cubrirme y fui corriendo hasta donde ella estaba.

“Aún hoy no sé cómo logré alcanzarla, porque había tanta gente que no se podía ni caminar. Por poco se mure del susto cuando al tocarle el hombro, se dio la vuelta y me vio. Nos casamos el 15 de junio de 1962 y hasta el día de hoy.”

Margarita asegura que no ha sido fácil mantener una relación tantos años: “Al principio del matrimonio fue aún más difícil. Trabajábamos y estudiábamos en la Universidad, no nos quedaba tiempo para nada. Quizá otra pareja no lo hubiese soportado. Mi mamá decía que éramos el matrimonio más raro que había visto en su vida. No discutíamos por el dinero, o por las cosas de la casa, sino de política.

“A nosotros no solo nos unía la pasión y el amor; los intereses y los ideales también. Muchas veces yo estaba haciendo la comida y Ernesto me leía los resúmenes. Entonces, cuando tenía examen recordaba: 'esa pregunta es la del pollo'. En nuestra historia muy pocas cosas han sido color de rosa, pero aquí estamos…”

-Y el amor, ¿muere con  los años…?

Responden al unísono: “Para nada…”. Se miran con franca complicidad amorosa, y continúa Ernesto: “La pasión cede, pero…”, Margarita cierra la frase: “Nace una nueva aventura: seguir juntos hasta el final.

Ficha Técnica:

Objetivo central: Demostrar que las personas aparentemente comunes pueden ser protagonistas de grandes historias de amor.

Objetivos colaterales: Conocer cómo era la vida de dos jóvenes que colaboraban con la lucha clandestina. Recapitular momentos importantes de la Revolución como la Campaña de Alfabetización. Buscar los motivos que posibilitan que una relación se sostenga a pesar de tantos años y contratiempos.

Tipo de entrevista:
Por los participantes: Colectiva.
Por su forma: Mixta.
Por su contenido: De personalidad o biográfica.
Por el canal que se obtuvo: Encuentro directo con los entrevistados.

Tipo de título: De cita del entrevistado.
Tipo de entrada: Descriptiva.
Tipo de cuerpo: Mixto.
Tipo de preguntas: 1- De exploración; 2- Abierta.
Tipo de conclusión: Frase de impacto que evidencia el final.

Fuentes Consultadas: 
No documentales:
Margarita Arias Medina y Juan Ernesto Pérez Morales.
Vecinos de los entrevistados.



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