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EL LIBRERO: EL ARTE DE INSPIRAR

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Es un oficio que ha quedado en la subestimación y el olvido, producto del desconocimiento de sus valores; pero esta tarea, en apariencia sencilla, destaca por su importancia para el desarrollo de una sociedad culta.

Texto y foto:
CYNTHIA DE LA CANTERA TORANZO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“Soledad Ovielles, esa fue mi primera maestra, la que me enseñó a leer. Todavía la recuerdo en aquella aulita de Yaguajay, donde ejerció la hermosa labor de inculcarnos el amor a la literatura. Hoy, desde mi puesto, transmito todo cuanto aprendí de ella”, dice María Esther Lago Jardón, quien se dedica a un oficio admirable: el de librera.

Centenario del Apóstol es una librería ubicada en 25 y O, en el Vedado capitalino. En ella, las estanterías apenas abren paso al visitante, en medio de sus dos mil 500 títulos, apiñados en un brevísimo espacio. Allí no se trata solo de vender libros. Informar, aconsejar y orientar, forman parte inseparable de la tarea que a diario emprenden tres mujeres enamoradas de su oficio.

“Nuestro trabajo es tan bonito como importante, porque consiste en comercializar, sí, pero comercializar la cultura literaria, promoverla y hacerla llegar al público”, comenta Vivian Joa Rodríguez, y agrega que, en ocasiones, este empleo se subestima sin razón alguna, pues un librero es quien sugiere, con sutileza, la lectura más acertada para su cliente: “Eso exige un elevado nivel de información, y capacidad para observar y conocer la psicología del ser humano”.

Según María Esther, “es necesario saber presentar la librería, su estructura y organización por temáticas, a fin de hacerle más fácil la búsqueda a los lectores, y mantenerlos informados acerca de los servicios que ofrecen, tales como las rebajas, el libro de la semana y los temas relacionados con las efemérides”. Para ella, es un trabajo con toda intención.

En la cadena educativa de la sociedad, el librero es un eslabón, casi perdido, que necesita ser rescatado al reconocimiento público, pues él también fomenta los valores morales, pero con su más atinada arma: la literatura. Para Vivian, el oficio propicia el desarrollo del hábito de lectura en la población, pero la verdadera tarea de inculcarlo está en los padres.

Cuenta María Esther cómo logró encauzar hace unos meses a dos jóvenes, quienes no tenían ningún vínculo literario: “Les ofrecí La prisionera, de Marcel Proust. Es una obra también de amor, pero bien distante de las clásicas novelitas rosas que ellas solicitaron. Ahora, una prefiere los temas policíacos, y la otra, los juveniles.  Observo cómo han madurado en sus gustos. Para mí, eso es un logro”.

La experiencia de los años pesa en el oficio. Las nuevas en él, como Daymé González Lemagne, se forman gracias a aquellas que acumulan saberes: “Mis compañeras me adiestran en la parte técnica, como presentar y vender un libro. El otro conocimiento, el cultural, lo adquiero de forma autodidacta”.

Mientras aprovecha el silencio y la tranquilidad del recinto, Daymé se sienta a leer, en la entrada. Sabe que su crecimiento intelectual depende de ella.

Aunque según Vivian, hace unos años la Empresa Provincial del Libro impartía cursos de capacitación para los libreros, así como talleres donde estudiaban las obras y los autores, de forma general y especializada: “Creo que éstos deberían retomarse, pues hay personas con mucha vocación hacia la labor, pero no tienen la preparación suficiente”.

Un poco de aquí, otro de allá, así arman su bagaje profesional estas mujeres, a falta de orientación institucional. El mérito está tanto en el interés, como en el amor hacia el oficio.

Daymé reconoce aprender de los propios clientes: “A veces, mientras buscamos en los estantes, conversamos sobre un tema específico. Esa es mi oportunidad para oír sus críticas, comentarios y opiniones, e incorporarlos a  mis conocimientos”.

Intelectuales, profesionales, universitarios, niños de la enseñanza primaria, trabajadores comunes; amantes de la poesía y de Platón, como dijese Augusto Monterroso en uno de sus cuentos, el público que a diario visita Centenario del Apóstol percibe el ambiente de colaboración y magia desde la entrada: “Según ellos, encuentran aquí el trato afable, cordial, además de las excelentes ofertas. Y eso no aparece en muchos sitios”, expresa Daymé González.

En cada librería del país existe un Club de Amigos del Libro, al que pertenecen los clientes más asiduos. “Ellos ayudan a otros lectores en la búsqueda, pues conocen el local tanto como nosotras. De alguna forma, practican también el oficio de librero”, comenta Vivian.

Este grupo de verdaderas “polillas”, el Club de Amigos del Libro, tiene a su cargo colaborar en las actividades programadas: ventas en los parques y visitas a los centros escolares.

“Cada semana, coordinamos con las escuelas primarias y secundarias para vender libros acordes a la edad de los estudiantes. En el próximo curso tenemos pensado hacer, además, pequeñas presentaciones y debates”, dice María Esther.

Estas acciones son la semilla de otras tantas que se organizan en Cuba, con el propósito de acercar a la población a ese mundo, a veces real, a veces fantástico, que posee la letra impresa: La Feria Internacional del Libro de la Habana, la Noche de los libros, Lecturas frente al mar…

“En esos eventos es donde una percibe el interés de la población hacia la literatura. La masividad asombra. Las personas conocen sobre géneros, autores, obras; y las que no, preguntan”, precisa Vivian.

Para María Esther, ese es el resultado de los programas que se llevan a cabo en nuestro país. No solo en febrero o en el verano, “aquí vivimos en un estado constante de efervescencia literaria. Para mí, contribuir con la preservación de ese estado es un privilegio”.

¿Satisfacciones? ¡Muchas! Cada “gracias” acompañada de una sonrisa, cada “hasta luego”, “nos vemos pronto”. “Si no siento en el lector un agradecimiento sincero, no quedo complacida con mi trabajo”, dice María Esther. Según Daymé, “La belleza de nuestra labor radica en sentirnos útiles, en saber que fuimos una ayuda para alguien”.

Son rostros desconocidos, pero importantes, los de quienes viven su vida entre anaqueles que huelen a hojas secas o nuevas, mientras algunos no alcanzan a imaginar el encanto y la magia de la misión que asumen: encauzar la marcha por ese camino bien llamado literatura. 

Ficha técnica:

Objetivo central: Rescatar los valores del oficio del librero.

Objetivos colaterales: Conocer el trabajo del librero y sus funciones. Conocer el significado que adquiere la literatura para un librero. Informar acerca de las actividades extras que realizan los libreros.

Tipo de entrevista:

Por sus participantes: Colectiva.
Por su forma: De citas.
Por su contenido: De opinión.
Por su canal: Vía directa (cara a cara) con los entrevistados.

Tipo de título: Genérico.
Tipo de entrada: De cita.
Tipo de cuerpo: De citas.
Tipo de conclusiones: De opinión del entrevistador.

Fuentes consultadas:

No documentales: María Esther Lago, Vivian Joa y  Daymé González.

 



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