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DEL HABLA DE LOS JÓVENES Y OTROS DEMONIOS

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Según especialistas, no es necesario preocuparse demasiado por las expresiones juveniles pues, a fin de cuentas, la forma de expresarse de los diferentes grupos que integran la sociedad conforma su idioma.

LÁZARO JORGE CARRASCO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¿Saben los jóvenes de hoy que el uso del idioma sirve para identificar nuestra identidad como pueblos? ¿Conocen que cada acto y palabra tiene consecuencias en ellos, en los demás, en cualquier espacio del entorno social? Los estilos de vida de la juventud actual, como la de todos los tiempos, son asunto polémico.  Mucho se habla de su forma de vestir, de peinarse, de caminar, de expresarse. Juicios y comentarios detractores y adeptos sobre el habla juvenil corren en bandada por las calles.

Conclusiones del Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española, efectuado en Argentina en noviembre de 2004, revelan que el castellano cuenta con más de 80 mil vocablos, de los cuales hoy se emplean apenas mil.

Cavilación y lenguaje andan de la mano. En su poema Caída, Mahatma Ghandi expresa: “Cuida tus pensamientos, porque se volverán palabras”. Si los vocablos son pensamientos o los traducen, ¿la aterradora noticia revelada en el encuentro representa el estado de las ideas entre quienes usan esta lengua, incluyendo a los cubanos también?

En el material El habla de los jóvenes, del lingüista Max Figueroa Esteva, publicado en 1982, se enuncia que “solo en cierto sentido, más bien superficial, tienen razón quienes piensan que en Cuba, y particularmente entre nuestros muchachos, existe una insensibilidad o desinterés por el lenguaje, por el cultivo de la expresión lingüística.”

Para Figueroa, lo que ocurre es la existencia, en la adolescencia (y no solo en esta), de actitudes socialmente incorrectas que se reflejan también en determinadas formas de proceder, no menos erróneas, con respecto al uso de la lengua.

El joven es un ente social con grandes contradicciones propias de la edad. Trata de oponerse a lo normado, a los cánones irrefutablemente establecidos por la sociedad. Marlen Domínguez, Doctora en Filología y secretaria de la Academia Cubana de la Lengua, sostiene que “en la medida en que los adolescentes intentan romper con los convencionalismos de lo que podría llamarse «la sociedad oficial», practica un grupo de costumbres diferentes como vestirse de otra manera, peinarse de otra manera y, también, hablar de otra manera.”

La especialista añade que la situación no puede calificarse como positiva ni negativa, porque es temporal: “En la medida en que el joven crece, comienza a dirigirse de forma diferente y abandona muchas de las anteriores costumbres lingüísticas. No necesitamos preocuparnos demasiado por esta cuestión pues, a fin de cuentas, el modo de expresión de los distintos grupos que integran una sociedad conforma su habla.”

Celima Bernal, escritora y periodista con una larga trayectoria en el estudio de la lengua, afirma que en todas las épocas y países existe una diferencia entre la forma de expresarse de los adolescentes y la de los adultos: “Cuando yo era adolescente se nos criticaban palabras como «chévere», «bárbaro», que ahora se dicen sin causar alarma ni asombro. Con el transcurso de los años uno piensa que se ha agravado el problema.”

Múltiples son los comentarios que el habla juvenil genera en la sociedad. El fotógrafo Eduardo Rodríguez sostiene que el problema no se trata de irresponsabilidad: “Creo que el descuido ha sido de muchos de nosotros, de las generaciones mayores, por no mostrar un buen ejemplo a seguir.”

Mientras, la pediatra Ivón Carrera piensa que la culpa en este asunto es de los muchachos, pues “cada quien hace lo que su conciencia le dicta, y el fenómeno se produce por voluntad propia. Saben expresarse correctamente cuando quieren, porque eso sí, son muy inteligentes, y más aún para lo que les conviene.”

UN ASUNTO DE OCASIÓN

Los grupos sociales en que participan las personas exigen de ellas diferencias de conducta general y, por ende, de conducta lingüística: “Sin la existencia de estas normas no podría hablarse siquiera de vida social”, afirma Figueroa Esteva. “Cuida tus palabras porque se volverán actos”, enuncia el poema de Ghandi.

La especialista Domínguez asevera que el lenguaje depende de la situación comunicativa: “Por ejemplo, si jugamos a la pelota con los amigos, nunca usamos una palabra elegante, pues es impropio. Sin embargo, si estamos en el aula con el maestro, resulta imprescindible ceñirse al uso de una manera expresiva más formal.”

Al respecto, Figueroa sostiene que “cualquier muchacho de secundaria sabe que si intenta esforzarse por pronunciar las eses que normalmente se aspiran entre nosotros, o evitar las vulgaridades y recurrir a un vocabulario «literario» y «selecto», será objeto del rechazo y la burla del grupo en que se desarrolla”.

Claudia Hernández, estudiante de secundaria básica, reconoce que la forma de expresarse propia, así como la de la mayoría de sus compañeros, es incorrecta: “En mi escuela casi todos hablamos así, normal. Mucha gente mayor nos critica, pero cada quien habla como le da la gana.”

Más de 500 millones de personas usan el castellano en 135 países de los cinco continentes y el número de sus hablantes crece constantemente. Los estudiosos de la lengua coinciden en que esta no puede paralizarse, sino que debe mutar y evolucionar. Sin embargo, advierten los especialistas, también enferma o se degrada.

Estudios recientes revelaron que un hablante del español promedio no utiliza más de 1 000 palabras y sólo los muy cultos alcanzan los 5 000 vocablos. Algunos jóvenes emplean únicamente un arsenal de 240 palabras. Particularmente en Cuba los especialistas estiman que el promedio de palabras usadas por la juventud es de 700.

CASOS Y CAUSAS

La pobreza y el maltrato del lenguaje son, en muchos casos, síntomas y evidencias de irresponsabilidad. Atender a la forma de expresarse es dar prioridad a una herramienta esencial para el vínculo con el otro. Y el vínculo con el otro es parte esencial de la existencia. Vale citar nuevamente a Ghandi: “Cuida tus actos porque se volverán costumbres.”

Gretel Díaz, estudiante de Lenguas Extranjeras, alega que muchos de los jóvenes de hoy emplean un lenguaje incorrecto y en ocasiones vulgar, porque esto supone estar a la moda: “A nadie le gusta ser el que siempre pronuncia las palabras perfectamente, el correctico, el anticuado, el estúpido del aula.”

Agrega que ella y muchos de sus amigos suelen usar ciertos términos como «gao», para referirse a la casa, «pura», para representar a la madre, solo por citar algunos, con el fin de “caer bien” a sus coetáneos y estar a tono con la forma de expresarse de los otros: “No es mi caso, pero yo tengo amigas que jamás se fijarían en un muchacho con una forma de hablar y dirigirse demasiado correctas.”

Celima Bernal afirma que cuando se maltrata al lenguaje, cuando se le desprecia, eso mismo lo sufren los interlocutores: “Las frases soeces no solo lastiman, duelen tanto como una agresión física. Según los árabes, las heridas que abre la lengua no cicatrizan nunca.”

Al doctor Sergio Valdés, investigador del Instituto de Literatura y Lingüística, no le molestan esos términos: “«Asere» es una palabra de origen africano que significa compañero, amigo, y «gao» es un vocablo de raíz gitana, lengua más antigua que el español, el latín y el griego. «Qué volá» es una expresión del habla popular, no vulgar. Ahora bien, es necesario saber en qué contexto y ante quién usamos esta terminología,” asevera.
  
Sin embargo, la periodista y profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, Iraida Calzadilla, sostiene que: “El fenómeno trasciende el contexto ante el que se emplean determinadas palabras; radica en no apropiarse de los vocablos vulgares como modo común de expresión. Nuestra actitud es también la transmisión de lo que somos, nuestra cultura, nuestra formación educacional, nuestras percepciones y nuestra manera de ver la vida.”

En contraposición a estos criterios, Roxana Campos, estudiante de la enseñanza politécnica, confiesa: “A mí no me cuadran los chiquitos babosones. No sé, pero no me gustaría estar con uno de esos que siempre mete palabritas raras. Casi todos son medio comemie…”, mientras apoya sus palabras con algunos gestos despectivos.

La realidad de esta situación puede constatarse cuando se presta atención a las conversaciones que nos rodean o nos incluyen, en un restaurante, en la calle, en una tienda, en una cafetería, en el transporte público, en el intercambio cotidiano con los demás.

La especialista Marlen Domínguez expresa que el problema es de formación educacional: “Mientras más recursos cognoscitivos tengamos en nuestro poder, lograremos una comunicación más efectiva. Y alcanzaremos ese nivel si leemos más, si nos desarrollamos en diversos grupos sociales que nos aporten conocimientos desde el punto de vista cultural: en la medida en que podamos tener acceso a esto, a partir de nuestras necesidades comunicativas, nos hallaremos mejor instruidos, seremos más ricos educacionalmente y, por tanto, lingüísticamente.”

Filólogos, pedagogos y psicólogos aseguran que, quien escribe correctamente, muestra que ha disfrutado de una escolarización adecuada, ha leído libros y tiene ejercitada la mente. Gracias a esa gimnasia mental es posible acceder a estados de razonamiento y cultura más elevados.
  
A pesar de las indiscutibles muestras de irresponsabilidad lingüística y vulgarización del habla, Celima Bernal confiesa que tiene mucha fe en la juventud: “Cuando algunos se muestran preocupados por los errores de nuestros muchachos, trato de convencerlos de que «la sangre no va a llegar al río». Eso sí, sería bueno que pensáramos antes de hablar.”
                          

FALTAS PREOCUPANTES

El especialista Figueroa asegura que, sin dudas, a veces se exagera en el problema, pero de que este existe no cabe la menor duda: “Es preocupante la abundancia, al parecer incontrolable, de términos fuertemente vulgares, incluso obscenos, la pobreza de vocabulario y la proliferación de nuevos fraseologismos de mal gusto.”

Al respecto, Celima afirma que la familia y la escuela deben hacer más por erradicar males evitables como la gestualidad exagerada, las obscenidades, el hablar en voz alta, como para que las personas que los rodean se enteren de lo que dicen, las interrupciones constantes al interlocutor.
   
“Lo peor para mí no son los vocablos, sino el tono con que los pronuncian, y los sitios en que los usan. Con un metal de voz adecuado y en un ambiente íntimo no se verían tan mal, pero desgraciadamente hay un gran descuido -diría desparpajo, si no fuera tan duro el vocablo- en muchos casos.

Los jóvenes conocen el idioma y poseen un vocabulario bastante aceptable pero, al parecer, les avergüenza expresarse bien. Tal vez imaginan que el hacerlo así, de manera chabacana, los hace más simpáticos, más populares.”

La estudiante Roxana Campos afirma que al menos ella no usa la jerga popular y los fraseologismos de mal gusto para agradar a los demás, sino porque esa siempre ha sido su forma de expresión lingüística: “Yo he hablado así desde que tengo uso de razón. No veo motivos para cambiar ahora. Al que le guste, bien, y al que no, también.”

Para Daryl González, estudiante de Filología de la Facultad de Artes y Letras, lo más preocupante del habla juvenil no reside en los vocablos que usan, sino la forma en que los utilizan: “En la Academia siempre nos enseñan que en todas las épocas y países existe una diferencia entre la forma de expresarse de los jóvenes y la de los adultos. Nosotros debemos aprender pronto la necesidad de poner atención a las palabras que usamos y cómo las usamos.”

Se trata de saber elegir los términos e instrumentos (las frases, los textos) con los que nos comunicaremos. Un lenguaje consciente es también un lenguaje responsable, porque responsabilidad y conciencia van juntas.

DE LOS JÓVENES TAMBIÉN SE APRENDE

Muchos estudiosos de la lengua, la comunicación y la cultura, comienzan a mostrar signos de verdadero asombro ante las costumbres lingüísticas de una gran parte de los jóvenes, la cual no solo perjudica la comunicación verbal, sino también, y en gran medida, las formas que nos identifican culturalmente.

El doctor Sergio Valdés asegura que los adolescentes deben tener un buen modelo de dicción a seguir en la escuela, en el hogar, en cualquier ámbito de la sociedad: “Por ejemplo, la televisión no me parece un buen patrón a reproducir. En este medio casi todas las personas entrevistadas -y en muchos casos las entrevistadoras- no pronuncian las r: todo es «amol», «vivil».”

Figueroa Esteva sostiene que la solución a este problema no es fácil ni rápida, y demanda un abordaje científicamente fundado: “No se trata de suprimir, sino de sustituir y enriquecer. El muchacho debe percibir que, modificando su conducta lingüística en determinado sentido, no queda afectado, sino que adquiere nuevos medios de expresión y amplía su dominio del lenguaje y de la vida social.”

Los jóvenes tienen derecho a desarrollar sus propias normas lingüísticas, pues de ellas brotan innumerables impulsos de cambio, imprescindibles para el correcto avance de cualquier idioma: “No todo es enseñar y corregir en nuestra actitud respecto a nuestros muchachos. En sus costumbres, incluyendo la forma de expresarse, hay mucho que respetar y aprender”, agrega Figueroa.

¿El buen gusto en el habla de los jóvenes se ha convertido en una rareza de la cual solo gozan algunos elegidos? Los juicios de los especialistas no descansan sedentarios sobre el sofá de la espera y la pasividad. Algunos, como Celima Bernal, confiesan: “Sueño con el día en que los jóvenes se percaten de que hablar bien los hace parecer más elegantes que al usar una prenda de vestir cara, y no cuesta nada”.  
  
En su poema Caída, Mahatma Ghandi expresa la necesidad de cuidar nuestras costumbres. Y la observación vale también para los hábitos en el habla. La forma de expresarnos cuando dirigimos nuestros pensamientos a los demás merece ser protegida atentamente. A fin de cuentas, las costumbres lingüísticas ayudan a conformar el carácter, el carácter ayuda a conformar el destino y el destino forja la vida.

FICHA TÉCNICA:

Tema: El habla de los jóvenes.

Propósito: Investigar los principales problemas que existen en las costumbres lingüísticas de los jóvenes.

Objetivos colaterales: Investigar las principales causas de los problemas existentes en el habla juvenil, buscar la mejor solución para desarrollar una labor correctiva, indagar hasta qué punto el fenómeno puede ser perjudicial y mostrar que no todo es negativo en la forma de expresarse de los jóvenes. 

Estrategia de fuentes: Marlen Domínguez, secretaria de la Academia Cubana de la Lengua; Gretel Díaz, estudiante de Lenguas Extranjeras; Claudia Hernández, estudiante de secundaria básica; Roxana Campos, estudiante de la enseñanza politécnica; Eduardo Rodríguez, fotógrafo; Daryl González, estudiante de Letras; Celima Bernal, escritora y periodista; Iraida Calzadilla Rodríguez, periodista y profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana; Ivón Carrera, pediatra; y el doctor Sergio Valdés, investigador del Instituto de Literatura y Lingüística.

También se consultaron las siguientes fuentes en Internet:

Silva, Petra. En: http://www.nuestro idioma.org. Consultado: 16 de abril de 2009.

Colectivo de autores. Lenguaje, comunicación y familia. En: http://bvs.sld.cu. Consultado: 16 de abril de 2009.

Fuentes documentales: Material El habla de los jóvenes, del lingüista Max Figueroa Esteva.

Soportes a emplear

Hecho: El maltrato al lenguaje por parte de un amplio sector de la juventud.

Contexto: El problema se desarrolla en un contexto en el que los buenos ejemplos a imitar por parte de los jóvenes escasean, pues el fenómeno del maltrato al lenguaje no es privativo del sector juvenil. Además, es frecuente encontrar esta realidad en medios como la televisión. Todas las anteriores circunstancias influyen directamente en el agravamiento del fenómeno.

Antecedentes: Los antecedentes de este fenómeno radican en el hecho de que en todas las épocas la juventud tiene formas específicas de expresión lingüística. Hace algunos años los jóvenes no usaban la terminología que se emplea actualmente, pero existía, como ahora, cierto grado de vulgarización de la lengua. Este problema, por tanto, no es actual.

Proyecciones: En el fenómeno analizado se aprecia que el futuro de la lengua radica en el constante cambio o mutación. El habla de los jóvenes es, en gran medida, el futuro del idioma, pues de estas formas específicas de expresión brotarán transformaciones lingüísticas imprescindibles.

Tipos de juicios

Analíticos: Los juicios emitidos por Marlen Domínguez, secretaria de la Academia Cubana de la Lengua, Celima Bernal, escritora y periodista, Iraida Calzadilla, profesora y periodista, y el doctor Sergio Valdés, investigador del Instituto de Literatura y Lingüística.

Disyuntivos: Los emitidos por la periodista Iraida Calzadilla. También está presente este tipo de juicio cuando Celima Bernal alega que no se conoce la raíz del problema, a pesar de lo planteado por Marlen Domínguez y cuando la doctora Ivón Carrera afirma que el problema no es de la familia o la escuela, sino de los propios jóvenes.

De valor: Los juicios emitidos por Marlen Domínguez, secretaria de la Academia Cubana de la Lengua, Celima Bernal, escritora y periodista, y el doctor Sergio Valdés, al ser especialistas en el tema.

Tipo de título: Llamativo.
Tipo de entrada: De resumen, sintética o de panorámica.
Tipo de cuerpo: De bloques temáticos.
Tipo de transiciones: Las transiciones usadas durante el reportaje fueron el uso de muletillas como mientras, al respecto, sin embargo. También se emplearon subtítulos a modo de capítulos, que sirvieron para enlazar las ideas de los diferentes bloques temáticos, regidos por un hecho común. Asimismo, el uso de elementos anafóricos o retrospectivos fue usado como transiciones.
Tipo de cierre: De moraleja o instancia a la acción.

 



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