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EL ARTE DE BORRAR INVISIBLES

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El profesor Radamés Linares considera que a la Universidad le falta consolidar su fortaleza académica a sabiendas de que es, en primer lugar, una institución encargada de producir conocimientos.

YENYS LAURA PRIETO VELAZCO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Radamés Linares es uno de esos hombres imprescindibles cuando se habla sobre la Universidad de La Habana. Lo cierto es que ambos se conocen de memoria aunque quizás él no confiese que ella le aventaja en 217 años sólo por cortesía con la dama.

Él es una suerte de Quijote aclimatado a los cocoteros y a las palmas, quizás de bronce, que se ha mantenido en el ejercicio de la docencia durante más de 35 septiembres.

Su campo de acción es la Bibliotecología y las Ciencias de la Información porque le gusta dar color a los invisibles en que se sume esta disciplina. Ha pasado por todas las categorías docentes; comenzó siendo instructor y es hoy un reconocido Profesor Titular;  fue de licenciado a doctor.  Ha impartido clases a todas las generaciones que han estudiado la carrera desde los años 70. Se considera un artista frustrado por no saber que él ha sido un verdadero genio en el arte de borrar invisibles.

-¿Cuándo inicia sus estudios universitarios?

Es en 1962, cuando comencé a estudiar una carrera del campo de las ciencias naturales, Química; la cursé durante tres años en Rumania. Regresé en 1965 a Cuba y pensé continuar aquí, pero en 4to año me convencí de que hubiera sido un desastre como químico. Me reinserté en un área del conocimiento que yo consideraba más afín conmigo que es la de las Humanidades y las Ciencias Sociales, y empecé a estudiar Historia; podrás imaginarte lo que generó tal decisión en la familia.

-¿Cómo llega a la docencia?

Me inicié como docente en la Universidad a través del Departamento de Filosofía. Allí existía la política de incorporar estudiantes de 4to año de alto rendimiento de todas las carreras universitarias para formarlos, mediante cursos intensivos, en Historia de la Filosofía, Historia del Pensamiento Marxista, Lógica Matemática y en Historia del Pensamiento Cubano. Entré en ese Departamento, me gradué como instructor en Historia de la Filosofía y simultaneé la docencia con el estudio de Historia. Estuve como instructor hasta el año 1972.

-Pero luego ese departamento fue disuelto…

Sí, el Departamento de Filosofía desapareció como institución y se nos propuso continuar vinculados a la docencia. Fue en ese momento cuando comencé a trabajar en la Escuela de Información Científica que ya tenía un año de creada. Esa escuela es lo que hoy se conoce como Departamento de Bibliotecología y Ciencias de la Información. Ya han pasado casi 35 años y aún estoy en él.

-¿En qué medida contribuyó su formación

de base con este nuevo desempeño?

Durante muchos años estuve dando clases de Historia de la Filosofía. Fue así hasta que comencé a impartir asignaturas propias del mundo de la información, vinculándolas siempre con Historia, Teoría, Filosofía y Metodología. Aproximé esa formación de base a los problemas de la información.

-¿Qué ha representado la UH para usted?

Mucho, cantidad de años llevo en esta institución que es parte consustancial de mi trayectoria como persona. Toda mi etapa juvenil y adulta transcurrió en la Universidad de La Habana. Quisiera destacar que para mí fue muy importante la estancia en el Departamento de Filosofía, al cual debo todo lo que soy. Creo que la formación recibida allí fue determinante para mí porque aquel modelo de enseñanza era excepcional.

-¿Qué es lo que más recuerda de

esos primeros años como docente?

Realmente, lo que más recuerdo es el susto, el miedo y el hecho de que empecé a dar clases muy joven en un terreno para el que se requiere un nivel de cultura que no tenía. No obstante, las circunstancias me lo permitieron. Ante todo recuerdo mi temor de impartir una asignatura que exigía un nivel de formación que con 22 ó 23 años no se tiene. Fue toda una aventura.

-Y de estos años, ¿qué recordará?

Estos tiempos, ante todo, son complejos. Creo que en su complejidad está su encanto. Se conectan también con mi salida de la escena laboral, pero estar rodeado de jóvenes hace que uno se sienta fértil, muy activo, con la obligatoriedad de renovarse por la presión del  propio clima docente.

-¿Llegó al magisterio por vocación

o inspirado por alguien?

No, fue una circunstancia totalmente casual y, de hecho, una suerte de descubrimiento. Nunca creí que tuviera aptitud para ejercerlo.

-¿Cuál es su filosofía al impartir una clase?

En primer lugar soy muy tímido y es algo que debo vencer constantemente, pero lo que más me preocupa es que me atiendan, eso me obsesiona; por lo cual, mi esfuerzo mayor va encaminado a lograr captar la atención. Siempre he creído que el profesor en el aula debe ser un gran centro.

-¿Cuáles son sus otras pasiones intelectuales?

Leer es algo que me gusta muchísimo y, en segundo lugar, el buen cine. He visto mucho cine en mi vida y soy de los que cree que, si bien el cine tiene una capacidad para entretener, ante todo, es una expresión artística. Mi acercamiento al cine es siempre el acercamiento a una obra de arte. Los años 60, mis años juveniles, fueron una época de redescubrimiento del cine en Cuba y fue la etapa en que fijé la obra de varios directores. Milos Foreman y Fellini para mí son imprescindibles. En cuanto a la literatura, admiro la obra de varios autores entre los que pudiera citar a Dostoievski y Thomas Mann. García Márquez es otro excelente escritor. (Y acoto: en su casa tienen cabida Bola de Nieve, Mozart y Pink Floyd).

-¿Con cuál personaje del cine o la literatura

compararía a la Universidad de La Habana?

Es algo sumamente difícil. En realidad soy enemigo de las idealizaciones. Creo que la Universidad es una institución de educación superior que tiene gente de mucha calidad académica. Como alguien dijo una vez, es el lugar donde hay más inteligencia por metro cuadrado. Es muy difícil encontrar un personaje que sea tan inteligente. Yo no me atrevo.

-Radamés Linares es un hombre vinculado

en cierta medida con la historia habanera,

pero no nació en esta ciudad…

Yo soy guantanamero. Llegué a La Habana por cierta lógica de la época, ya que la carrera que matriculé no se estudiaba en el interior del país. Culminé aquí mis estudios y mi ubicación posterior también fue en este territorio; es decir, me quedé por los estudios no por rechazo a aquello, todo lo contrario. Yo soy un tipo que añora mucho su tierra.

-¿Qué es lo  que más recuerda de su terruño natal?

Mi barrio, la gente de un barrio que a veces reconstruyo en la imaginación. Allí nacieron mis abuelos y tuve hasta la suerte de conocer a mi bisabuela que era santiaguera y vivió 106 años. En ese lugar se estableció mi primera relación con el pasado porque la bisabuela, una mujer fuera de época, me narraba los “cuentos de la guerra”, como yo les decía. Con Guantánamo atesoro el recuerdo de mi bisabuela Cecilia y de noches en las que la música clásica  inundaba el pueblo gracias a aquel “aparato” suyo. Sobre ese ambiente que la rodeaba me hubiera gustado escribir un libro.

-¿Cómo se autodefine?

Creo que soy una persona que trata de ser honesta, de ser consecuente con lo que creo. No soy voluntarioso. No voy a ser como esas personas que salen por ahí arrojándose cualidades que no tienen. También soy pesimista y es mi manera de ver las cosas. Hay una frase que dice que los pesimistas son principalmente  personas bien informadas.

-¿Qué recuerda de su generación en los años 60?

Teníamos mucha afinidad y casi todos abogamos por estudiar ingenierías. Pasados 40 años, de ese grupo quedamos pocos. A veces nos reunimos y reímos por lo mucho que hemos cambiado. Algunos son médicos, uno es sacerdote, otro es miembro del Buró Político, yo soy el único maestro. Por suerte, volvemos atrás de vez en cuando e incluso nos sentamos en un lugar terrible a conversar, pero que es costumbre nuestra: en la esquina de una funeraria, eso nos trae muy buenos recuerdos.

-¿Considera que algo se le ha quedado por hacer?

Sí, millones de cosas, pero creo que ya no hay tiempo. Me hubiera gustado incursionar en otras áreas del campo de las Humanidades y las Ciencias Sociales; por ejemplo, en la dirección artística, desarrollarme no sé si como historiador o crítico; también explorar el campo de la Psicología. Soñé escribir una obra de ficción que no podré realizar porque me considero un elefante en una casa de cristal en esa faena. Solo he podido escribir varios artículos y un libro sobre temas propios de mi profesión. Hubiese deseado también viajar más porque es una forma excelente de conocer. Los viajes me han enseñado que La Habana es una gran ciudad.

-¿Cuál ha sido su mayor aliciente para

impartir durante tantos años la docencia?

Mientras fui conociendo esta rama pude comprobar que podía decir cosas que en otras no. Una de las mayores satisfacciones que recibo en el aula es que me atiendan y fuera de ella, captar que otras generaciones me recuerdan todavía. Eso me pasó hace poco con una estudiante de 4to año que me llama y me dice: “Mi mamá fue alumna suya y he podido ver en el aula todo lo que ella me contaba sobre usted”; eso me espantó porque me sentí como Matusalén, pero es algo sumamente gratificante.

-¿Y sus principales retos…?

Hacer el doctorado fue algo complicado pero, sobre todo, el acto de comenzar la clase se me convierte en un verdadero reto. Llevo casi 40 años en el ejercicio de la profesión y ese inicio para mí no es fácil. Yo siento que allá adentro algo se traba y se destraba.

-¿Ha postergado algún sueño

por el ejercicio de la profesión?

Sí, pero no lo tengo fichado. Yo pienso que sí. Mi generación ha tenido un problema como generación y es que disfrutó muy poco su fase juvenil en la medida en que pospuso su propia diversión, entretenimientos y libertades propias de la edad, porque las circunstancias de la época así lo exigían.

-¿Qué opina usted sobre la carrera de

Bibliotecología y Ciencias de la Información?

Es esta probablemente la carrera más invisible de toda la educación superior.  Arrastra como carrera y profesión una serie de estereotipos que la colocan siempre en una posición desventajosa. Esto ocurre, en primer lugar, porque la gente cree que es para formar bibliotecarios, lo cual no es del todo cierto porque el campo de nuestros graduados es más amplio.  A eso le añadimos  la visión  del bibliotecario como ser oscuro, gris, opacado, que maneja un grupo de herramientas que permiten ofrecer cierta información. Se cree que es una señora de espejuelos que manda a callar. Yo siempre le digo a los estudiantes que no es una profesión pública sino de servicios.

-¿Qué papel desempeña el docente

en una carrera de este tipo?

Aunque es una carrera que tiene tradición universitaria, el desconocimiento sobre ella es general. El joven que inicia su estudio muchas veces desconoce el verdadero sentido que tiene como profesión. El docente debe realizar una labor primordial: la de enseñar el verdadero valor que posee como disciplina académica. Añade el educar en la filosofía de que el reconocimiento social no se reduce a ser una figura pública. Todo esto hace que el ejercicio docente tenga muchos más encantos.

-¿Esta disciplina ha ido cambiando

a través de los años?

Sí. Como disciplina ha cambiado muchísimo. Durante los años 40 y 50 se hablaba solo de Bibliotecología y a partir de la década del 60 se creó la Ciencia de la Información que se ha convertido en la disciplina informativa, rectora, buscando formar un especialista apto para el manejo de la información. Ahora mismo, estamos cambiando el plan de estudio. Creo que tiene mucho futuro y que en la medida en que el país crezca material y culturalmente aumentará el interés por la especialidad.

-¿Qué usted cree que le falta al estudiante de hoy?

Más cultura. A veces uno nota que el estudiante es sumamente frívolo y eso no es más que el reflejo de su debilidad cultural.

-¿Qué puede decir sobre la Universidad

alguien que la conoce desde

hace más de tres décadas?

La realidad es que no quedamos muchos de aquellos que comenzamos desde hace más de 30 años. Si bien entré en la institución durante la década de 1960, mi primer encuentro con ella ocurrió cuando tenía nueve años y unos primos que estudiaban en ella me llevaron para que subiera por la Escalinata Universitaria. Para mí ese día es inolvidable. Después el lugar se convirtió en mi sitio de estudio y trabajo. Yo la quiero mucho, francamente, pero sin idealizaciones. A esta Universidad creo que le falta consolidar su fortaleza académica a sabiendas de que es, en primer lugar, una institución encargada de producir conocimientos. En ese aspecto aún queda mucho por hacer.

-¿Y el futuro…?

El futuro son estas cosas inmediatas, batallar por el nuevo plan de estudio, trabajar en esa dirección.

Entonces Radamés Linares se levanta. Sus estudiantes le esperan. Termina el diálogo con un hombre que ahora me parece de mayor estatura, casi un gigante.

Esta entrevista forma parte del libro en preparación Nosotros, los del 280, escrito como examen final del género por alumnos de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, a propósito del aniversario de la casa de altos estudios cubana.

04/06/2010 19:14 islalsur #. Nosotros, los del 280


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