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EL PODER DE LOS LIBROS

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CARLOS MANUEL ÁLVAREZ RODRÍGUEZ,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No es bueno que el hombre no vea nada,
no es bueno tampoco que vea lo bastante para creer que posee,
sino que tan solo vea lo suficiente
para conocer qué ha perdido.
Pascal.

Los libros son insólitos, repletos de signos y conceptos. Repletos de vacío y polvo. Cada verbo, cada vocablo estalla hacia incontables interpretaciones, hacia las más distintas soledades. El hombre ciñe todo a su hechura y la palabra ya no es la palabra.

La abstracción humana, los grandes temas -el amor, la muerte, el tiempo- son más dolorosos fuera de la literatura. Miles de personas no escribirán jamás una vocal y la humanidad se irá perdiendo día a día sin encontrar ese lenguaje visceral, un idioma de hechos, in situ, sin los reduccionismos ni las tergiversaciones de las cuartillas. Los libros son un medio, un puente desvencijado y exclusivo donde, por ejemplo, los pies de los analfabetos no pueden reposar.

Cuántos hombres pasarán sin conocerse. Cuántas muchachas sin mis besos. Cuánto tiempo sin que yo lo habite. Esos son dramas terribles que nunca escribiré, y herramientas ingenuas como la mirada o los gestos no bastan para decir las cosas, son apenas un murmullo torpe.

El hombre está atrapado. Indefinidamente atrapado, y se aferra a roncas alegorías, a enigmas sin misterios: ilusorios. Los ojos y las manos solo le dicen algo al saturado de imágenes profusas, al ferviente seguidor de lo sutil. El escritor, como condición humana, ilustra las limitaciones de la vida. El escritor, legitimado como ser social -incluso mucho antes de surgir esta simbólica categoría- muestra la terrible estrechez de la existencia, las múltiples invenciones que pueblan el tedio. El tedio de los años.

Los libros no son insólitos, son tristes. Tristes consuelos. Hasta Kafka intentó trascender y deseó que lo evocaran, pero la inmortalidad es otro truco, es la más burda falacia de los vivos. Los muertos son huesos. Huesos que tampoco dicen nada. Los cementerios dan lástima por nadie y pena hueca, con todo el ritual que los rodea: el llanto, las flores, los aniversarios, las fechas taxativas, las ramplonas frases de “no somos nada” que son, inexorablemente, las únicas palabras ciertas, dichas siempre por instinto. Lo que indica que el único parloteo común de los seres humanos es ése: el instinto: comer, abrigarse, besar. ¿Escribir, leer?

Sé por qué aún no ha dejado de leer. Formamos el gremio de los pactos subrepticios, donde cada quien conoce su función sin cuestionarla. Escribo y pongo todo mi empeño en cada acento para usted. Y usted me lee para juzgarme. Para juzgarme y olvidarme, o para recordar su crítica certera, que es lo mismo. Cierto lo ya dicho, “nuestras nadas poco difieren”, el hecho de que cumplamos estos roles, en este instante, es puramente fortuito. Sin embargo, fuera de los convenios, en la médula, no nos interesamos.

Mancho el papel solo para las personas que nunca me leerán. Desde el instante en que intentan descifrar mi savia comienzo a aborrecer al que lo hace. Y esto es más humano que cualquier mirada, cualquier abrazo o cualquier lágrima menuda.

Los libros no son extraños, ni tristes, ni amigos fieles. Los libros son enemigos acérrimos. Embriagan y nos someten a la farsa de la literatura, a los efectismos de la diégesis, a los remedos de lo irremediable. La única manera de recordar un verso, un párrafo o una cita es seguir leyendo. Memoriosos. Hay que cargar eternamente con un peso ajeno, como Sísifo; y hay que encontrar por un rato placer en las limitaciones, como Borges.

Mientras leo El Lazarillo de Tormes más retengo los parlamentos de las lejanas revistas de Disney, y más aprehendo novelas de Solzhenitsyn que no conoceré. No hay otro modo. Leer hasta la muerte. Intentar que después de muerto te lean. Dejar entreabiertos los laberintos de esta índole, las divagaciones ininteligibles, para traducirle al analfabeto y comprometerse; aceptar el trance de los tiempos.

Estos trazos son plagios extraños, tristes y enemigos, pero sobre todo plagios del futuro, y aquí probablemente surja alguna confusión, porque cualquier clásico puede formar parte de lo próximo. Es posible anteceder a Homero y a Aristófanes. Siempre depende del lector, del orden que le de a su tedio. Y una vez más el pasado sustenta, parece que nadie escapa a la cronología, a los códigos, a las clasificaciones de las épocas. En el estante de alguien, seré contemporáneo de Flaubert.

Siga leyendo, no desista, lea infinitamente el tomo inabarcable, adapte los excesos intrusos a su contorno, devore cuartillas, olvídeme, haga como que nunca me ojeó, hojeó; para trascender sin concesiones, en otro azaroso momento, cuando usted vislumbre, en lo aprendido, toda la literatura que se le ha escurrido entre las manos, y vea que estas líneas, que este silencio, no termina, no concluye…

 



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