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ESTO SÍ ES UNA ELEGÍA

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CARLOS MANUEL ÁLVAREZ RODRÍGUEZ,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¿Detrás de la barba blanca y negra, de la sonrisa y las frases polémicas, de los aretes de la oreja izquierda, del genio futbolístico que viene de abajo, puede vislumbrarse el rostro invariable y dantesco de la derrota? 

Las noticias nos dicen que Diego Armando Maradona no sale de su casa en Ezeiza; parece que no vive, no respira, no da señales ni se muestra. Un jugador del seleccionado albiceleste declaró que el Pelusa sufrió la derrota de Argentina ante Alemania, en los cuartos de final del Mundial de fútbol de Sudáfrica, como si hubiera perdido un familiar.

Antes del último día se marcharon los sudamericanos del evento, y con ellos su técnico, el ídolo, el espectáculo, el hombre que de taco devuelve la pelota al terreno de juego, que besa en la mejilla a todos y cada uno de sus jugadores, y que defiende el talento del arte y no la fuerza del músculo; el fútbol y no sus dueños.

Las críticas de mediocres resentidos y conservadores esquizoides han caído sobre la figura del Diego, sobre su pasajero fracaso. Pero uno se pregunta si los asteroides grises y efímeros que son sus detractores pueden emitir luz en el cielo del Diez.

Nadie debe asombrarse de la acogida que el pueblo argentino prodigó al seleccionado nacional en el aeropuerto de Buenos Aires, tras el descalabro en tierras africanas. Maradona ya encarnó desde hace un buen tiempo la mística y el acervo del carácter gaucho. Maradona va de la prosa de Borges a las canciones de Fito, de las milongas al tango, de los barrios porteños a la Patagonia y, por tanto, es imposible que defraude.

Maradona es la esperanza irreverente; se apropia de un destino y lo desborda. Y en esta urgencia de la última noticia y del último suceso, faltaríamos a la historia si creyésemos que el pibe pobre de Villa Fiorito no saldrá una vez más de la soledad y del letargo voluntario.

Esta derrota es bien pequeña, esta derrota es nada, un mísero estornudo, si miramos las muchas zancadillas, los empujones de manos poderosas que ha sufrido el ex jugador argentino a lo largo de su carrera -el único mago que agarró un club pequeño y lo hizo grande,  que se fue al Napoli, al sur de Italia, y repartió a los pobres un pedazo de la gloria, un trozo del pastel que habitualmente el opulento norte se digiere solo.

Maradona es el fútbol, o al menos es el fútbol soñado. Lo trajo de algún lugar y sabemos que existe. Cayó en España 82, pero reapareció en México 86 y se vengó de los ingleses. Con su picaresca y su maestría, con gambetas y mano de demiurgo, alivió en cierto modo, a decir de él mismo, el dolor por los argentinos muertos en la guerra de las Malvinas. En Italia 90 lo daban por perdido, y con lesiones y críticas a cuestas llegó hasta la disputa del título.

En Estados Unidos 94 clavó en el ángulo un balón y le firmó a los griegos un golazo. Corrió hacia el corner. Lo gritó a la cámara con furia, con cierto pesar en la mirada, vaticinando quizás lo que vendría, la dudosa expulsión de la cita del orbe por un supuesto y oscuro dopaje con efedrina. Alguien vendió al diablo el alma de los argentinos. Mercedes Sosa le cantó. Argentina entera se volcó a las calles. Y el capitán celeste declaró que le cortaron las piernas. Cierto; lo truncaron, aunque se publiquen otras versiones, lo apartaron por su irreverencia contra la élite, y por su alérgica postura ante el silencio.

El ídolo de Boca fue posiblemente el deportista más popular del siglo XX. Lo trascendió todo. No es de Argentina, ni de Latinoamérica, ni del Tercer Mundo, ni de ningún lugar. Maradona siempre regresa, su esencia popular es, como todo lo legítimo, incapturable. Su reciente derrota ante Alemania la sintió, según declaró a la prensa, como un puñetazo en el mentón propinado por Mohamed Alí.

Ahora el legendario Diez se duele porque sabe que le ganaron bien. El mundial de Sudáfrica pasará, y con él la contundencia de los cuatro goles teutones. Pero el Diego va a volver, porque es una especie de aleph futbolístico, está en todas partes, contiene en su estilo cada demostración de maestría, y resurge de cualquier sótano ordinario.

Maradona seguirá diciéndole al buen fútbol (de estética y pulmón, alma y elegancia) las palabras que repetía con insistencia en el túnel del Green Point, antes del partido contra los alemanes el pasado 3 de julio: “Nosotros hablamos en la cancha muchachos, nosotros hablamos en la cancha.”

El que le cante un réquiem al astro argentino está sentenciado. Si tenemos que decirle algo, para no faltar a lo que dicta el tiempo, que sean las últimas líneas de aquel nostálgico blues que el músico español Joaquín Sabina una vez le compuso: “Bendito Maradona. En vos confío.”

 



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