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DESPIERTOS EN UNA NOCHE DE VERANO

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EILEEN SOSIN MARTÍNEZ,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Mientras el Royal Ballet de Londres bailaba su primera vez en Cuba, la señora  a mi lado comía alegremente sus rositas de maíz (crosch, crosch, crosch!!). Dos metros más allá, un muchacho inmisericorde fumaba un soberbio tabaco. La pareja de enfrente se besaba sin pudor, como los bailarines en el pas de deux. Todos estaban con “vestuario inadecuado” y en “posturas incorrectas”, todos con la suerte de haberse quedado afuera. Gracias a “la magia de la televisión”, la escalinata del Capitolio se había convertido en una versión postmoderna del anfiteatro griego.

Al comenzar la función pululaba la envidia en suaves tonos de verde: los del teatro, desde sus asientos aterciopelados, hacían estremecer con aplausos la famosa araña… y uno ahí, en aquel gigantesco sofá de piedra.
Luego llegó el consuelo, pensando que al menos ningún editor-cirujano había recortado lo que estábamos viendo, y que si los bailarines parecían perfectos, es porque en realidad lo son.

Además, aquí nadie te dice que el uso de cámaras de foto y video está strictly forbidden, y a falta de programa, está la voz de mujer generosa que anuncia quiénes van a bailar qué, con música  y coreografía de quién.

“Gozamos”, como dijera Carlos Acosta, incluso de los errores de lo camarógrafos y de los problemas en la transmisión. Aunque extrañábamos la acústica, el aire acondicionado y hasta el polvo del teatro, muchos descubrimos que nunca habíamos visto el ballet con el aire fresco, ese que despeina a niñas como Pilar.

Junto a los fieles estaban los faranduleros y los bohemios, vecinos que vinieron “a ver qué hay”, niños que se enamoran en voz alta de las bailarinas, y hasta quien salió a tomar cerveza y terminó arrastrado por el espectáculo y al multitud.

Para no quedarnos con las ganas, todos aplaudimos con furia y suspiramos hondo cuando parecía que algún premier danceur  iba a caerse.

Con los últimos aplausos, los técnicos vuelven a encender las luces que apuntan hacia este respetable público. Los camarógrafos nos graban (la memoria gráfica, que le dicen). Vuelven los aplausos y otra vez las luces, como cualquier vanidoso que se quitara el sombrero.

Afuera, la ciudad ni se enteró. Siguen los transeúntes, los almendrones, los bombillitos de colores del Payret, los P -no sé cuanto con su rodar y rodar-, alguien que a estas santas horas se afana limpiando un balcón… Las pantallas, ahora en blanco, se parecen a las que dejaron ver los juegos del Clásico Mundial de Béisbol. Tal vez sean las mismas de tantos conciertos en esta isla cantante y bailante. Esta gente tal vez sea la misma que canta, baila y ve la pelota.



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