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LA TRANSEXUALIDAD: APARIENCIA VS. IDENTIDAD

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MÓNICA BARÓ SÁNCHEZ Y CAROLINA GARCÍA SALAS,
estudiantes de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“Mi infancia fue una desgracia, sufrí mucho por sentirme niño, teniendo cuerpo de niña. Cuando me acostaba, solo pensaba y soñaba con el día en que podría ser un niño, y para no sentirme tan mal, cubría mis genitales al bañarme”.

Este no es el testimonio de una desequilibrada mental y lamentablemente tampoco es ficción, sino la descripción que hiciera un transexual masculino de su infancia.

¿Y qué es la transexualidad? Pues es un término creado por las Ciencias Médicas para designar a aquellas personas que demuestran su indisoluble sentimiento de pertenecer a un sexo que no corresponde con el suyo biológico. Es decir, en ellas existe una incongruencia entre su identidad y anatomía sexuales.

Los transexuales, sean femeninas o masculinos, (en dependencia del sexo con el que se identifican), suelen asumir las formas de vestir y conductas sociales del rol del género opuesto, aunque no siempre adopten su orientación sexual. Por tanto, pueden ser heterosexuales, homosexuales, bisexuales o asexuales. Es importante trazar una frontera con el término travestismo: práctica que consiste en el uso de las prendas de vestir del sexo contrario, según el diccionario de la Real Academia Española.  

La transexualidad (TS), también conocida como disforia de género o síndrome de Harry Benjamín, antiguamente era considerada una “enfermedad curable” y diversos especialistas se empeñaban en descubrir sus causas patológicas. Muchos alegaban que era consecuencia de madres dominantes o la ausencia de una figura paterna, homosexualidad reprimida, abuso sexual, alteración emocional, u otras. Y, para “sanar” este padecimiento, llegaron a utilizar, infructuosamente, la técnica del electroshock (ECT), la cual fue descartada como método por los daños que ocasionaba.

No obstante, la investigación del origen –quizás debamos decir del por qué- de la TS, no se limita al plano psicológico. Un estudio realizado por expertos de la Universidad de Ámsterdam (Zhou, Hofman, Gooren y Swaab), ha demostrado que existen similitudes estructurales y neuroquímicas entre el cerebro de las personas transexuales y el cerebro típico de personas del sexo con el que se sienten identificadas.

Este afán científico de encontrar una explicación a la disforia de género, ha suscitado que los profesionales y activistas defensores de los derechos de los transexuales se manifiesten en contra, pues argumentan que la búsqueda de una causa significa reconocer a priori la autenticidad de la identidad de género impuesta biológica y socialmente. De acuerdo con la opinión de los críticos de la investigación, esa es una teoría que aún no ha sido comprobada.

En la actualidad, la Terapia Hormonal Sustitutiva (THS) y la reasignación sexual son considerados los mejores tratamientos para que estas personas logren reconciliar su apariencia e identidad. La THS, que dura toda la vida, provoca el desarrollo de algunos caracteres sexuales secundarios del sexo deseado. La transexual femenina consume estrógenos para aumentar el volumen del pecho, y mediante electrólisis, elimina el vello facial. En el caso del transexual masculino, ingiere testosterona para alcanzar atributos varoniles, aunque los senos no disminuyen por esta vía, sino por la mastectomía, práctica médica con la que se extirpa el tejido glandular mamario para modelar un pecho liso y simétrico.

Sin embargo, la mayoría de las personas transexuales sólo logran solucionar el conflicto entre su cuerpo y mente mediante una intervención quirúrgica, erróneamente llamada “cambio de sexo”. La denominación correcta es Reasignación sexual o Afirmación de sexo, puesto que este procedimiento no supone una modificación para el individuo, sino la reafirmación de lo que ha sido siempre.

A los hombres biológicos les realizan la vaginoplastia, les eliminan el pene, los testículos y les crean una vagina funcional. Y a las mujeres biológicas la metadoioplastia o técnica del micropene, que consiste en la liberación del clítoris -ya alargado por el efecto de la testosterona- y la construcción de una bolsa escrotal donde se implantan los testículos (prótesis de silicona). Otra variante es la faloplastia, que se basa en la formación de un pene a través de un colgajo (tejido de piel que se saca de una zona dadora). También existen cirugías faciales femenizantes y masculinizantes.

Si una persona quiere revertir la operación, generalmente es consecuencia de un mal diagnóstico psicológico y porque no se detectó el posible trastorno mental que la indujera a imaginar que era transexual. Resulta tan nefasto exponerse a la reasignación sin necesitarla, como necesitarla y no hacérsela.

Concienciar a la población de que la transexualidad no es una amenaza ni una aberración, es uno de los mayores retos que enfrenta la comunidad transexual. Los esfuerzos por combatir la discriminación generada por la transfobia (aversión hacia las personas transexuales), se reflejan cada 17 de mayo, fecha instaurada como el Día Mundial contra la Homofobia y la Transfobia.  

“Se necesita mucho coraje para soportar  vivir dentro de un cuerpo que no te pertenece y lo que más te ayuda a tener fuerzas para la vida es la comprensión, aceptación y apoyo de la gente”.

Pie de foto: Lynn Conway, gran científica que revolucionó el mundo de la informática perfeccionando los microprocesadores de los microchip. Se sometió a la cirugía en 1968 y no revelo su transexualidad hasta 30 años más tarde después de haber sido aclamada por sus descubrimientos.



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