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ABRAZO PARA MI VIEJO

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Veinticuatro horas después del Día de los Padres, pero con el mismo amor, con la infinitud de lo que perdura. Para quienes creemos que, como las madres, “padre también hay uno solo”.

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

No puede ser cualquiera quien me enseñara a valorar lo bueno de las gentes y a disfrutar en familia de las pequeñas alegrías cotidianas. A deslindar entre avenidas y trillos. 

¿Acaso cualquiera podría tener la bondad de mi padre cuando en el cine lo atormentaba con mis por qués? ¿Y la paciencia para hacerme comprender que ciudades, ríos y montañas tenían solo un punto, bien establecido, dentro de la maraña geográfica del mapamundi? ¿Y el ceño fruncido y el regaño exacto para retornarme al orden cuando, en imaginación desbocada, la Química era ritual de transformación de la materia y frente al fogón me empeñaba en probarlo? ¿Y el gusto por la sorpresa del fin de semana, esperándome con el regalo de un libro y un beso?

Los años pasan y ahí está mi padre, a veces serio, otras risueño, con su carga de recuerdos y sus preocupaciones por ver a las hijas que crecieron y las nietas en las que las ve multiplicadas.

Sigue siendo el hombre con el mismo impulso de defender las ideas justas y convicciones que impone con ejemplos, sin prisas, sin obligaciones, con complicidad para entender las tardanzas en los almuerzos de los domingos o citas fallidas por las premuras de un trabajo que a última hora se alzó como tarea impostergable.

“Padre es cualquiera”, solía escuchar hace muchos años entre comentarios de vecinas pesarosas que indiscretamente vertían amarguras delante de los niños del barrio. Y aquella frase, repetida, desde entonces me era lejana y confusa.

Padre bueno es éste o aquel para cada quien, sin elección indiscriminada. Casi todos llevamos, inserto en la piel y en el corazón, un poco de ese hombre, presencia permanente en la enseña y la educación que llega del roce, de la comunicación, del afecto y la bondad diarios. Va, en los recuerdos, la evocación del padre y la madre encauzándonos por la vida.

Hablo, repaso la memoria con amigos y amigas. Cada uno guarda un trozo indeleble de ese hombre al que profundamente se ama y al que nos atan miles de anécdotas que no por iguales dejan de ser entrañables y propias.

Y es que, cuando se es persona de bien, definitivamente no puede asumirse la frase de paternidad sin nombre porque padre no es, ni podrá serlo, cualquiera.

Y acaso hemos sido injustos en su día. A veces se nos tuercen las fechas y apenas distinguimos si es el segundo o el tercer domingo de junio cuando el abrazo debe llegar más grande y agradecido como una manera de decirle que es el mismo abrazo que queremos darle cada día de su vida.

Pero él está firme, perdonando olvidos.

 

20/06/2011 14:56 islalsur #. Muy Personal


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