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EL ARTE DE CREAR SOLO CON EL BLANCO

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JUSTO PLANAS CABREJA,
Periodista del semanario Trabajadores.
Cortesía para Isla al Sur.

El director Carlos Díaz anunció que con el estreno de Arte, su carrera cruzaría senderos de creación más serenos. Sin embargo, la Compañía Teatro El Público, bajo su dirección, no ha renunciado con la puesta de la obra a los habituales exotismos, extremismos, cubanismos y otros ismos; así como al lenguaje evocador (nunca impositivo) y al puñetazo sobre la actualidad cubana (incluso con una Celestina que amontona siglos).

Un sofá blanco al centro de un escenario blanco, los actores vestidos de blanco, los detalles también son blancos; en medio de todo, la música de Björk, fría, serena, desgarrante, también parece blanca. Y si parece que he repetido mucho la palabra, tengan paciencia que esta es una obra hecha para todos los colores, para todos los gustos. El tema lo anuncia un cuadro blanco: la intolerancia.

La selección de la obra como Arte, de Yasmina Reza, aunque goza de gran prestigio en Europa, podría limitar el acceso del gran público cubano. El texto se sustenta siempre sobre el debate intelectual; los personajes tienen psicologías abruptas; el conflicto no sincroniza con el interés de la mayoría. La historia muestra las interioridades de un mundo mediano burgués que dista de nuestra realidad. En cambio, la compañía incrementó las capacidades de asiento al triple de la obra anterior, La Ramera Respetuosa. Y no hubo butaca sin espectador. Una hora antes de que comenzara la función, los fieles y los curiosos del público ya esperaban en la puerta del Trianón.

Sergio (Georbis Martínez) compra un cuadro completamente blanco -paga una fortuna-, hecho que a Marcos molesta tremendamente y a Iván (Wilfredo Serrano) le da lo mismo, él tiene sus propias preocupaciones. La ocasión se vuelve propicia para que cada personaje muestre su visión de un tema tan amplio como lo es la vida; y la amistad de estos tres hombres, como en toda buena pieza, da un giro sobre sí misma para continuar en apariencias como siempre.

El humor fue uno de los mayores atractivos. El nombre de una galería, de un pintor, de un psicólogo, que trocó en el original, no solo logró convertirse en un guiño que despierta tormentas de risa; estos recursos crearon sentimientos de referencia nacional, de complicidad entre la compañía y el público. Estas pocas palabras establecen, además, segundas lecturas que tocan heridas de la situación cubana, como es el caso del homosexualismo, la inflación… una buena parte del diálogo queda a cargo de los actores.

El peso de Arte lo llevan los actores. La escenografía y el vestuario, a cargo de Roberto Ramos, por la propia historia de la obra, restringe la imaginación del diseñador. No obstante, ¡hay que ver cuánto se puede hacer con la tonalidad blanca!: la ropa de Marcos, por ejemplo, quiere ser sobria, es tímida.

El Sergio, de Georbis Martínez, muestra una peligrosa seguridad. El rostro y las manos son la mejor arma de este actor, no así la entonación. Logra transmitir una picardía infantil nunca explícita verbalmente pero que da la hondura psicológica necesaria para comprender algunas conductas.

Osvaldo Doimeadiós esta vez gana de las pocas risas el elogio de la mesura. Es difícil para un actor que puede disponer de la hilaridad del público –como bien ha demostrado-, contener su arte entre chistes amargos y agrias ironías. A cambio, logró un personaje coherente, reprimido, excepto en los momentos más ardientes. Sin embargo, su último monólogo en la obra rompe con la armonía del personaje y de la puesta, para acercarse al tono que identificara su Santa Cecilia, con esta misma compañía.

El espectador llega a comprender el sentimiento de Marcos y Sergio hacia Iván. Walfrido Serrano construye un personaje inofensivo, aniñado, siempre gracioso. Aprovecha los objetos de la escena para mostrar su indecisión. Su cuerpo hace una química tan perfecta con esta que, aunque los rasgos de Iván se definen perfectamente, no existen palabras que los describan mejor que su propia conducta.

El director, a través de la metatextualidad, logra una sincronía entre el cuadro y la puesta en escena, donde los personajes son a la pintura como el público a la obra. Las significaciones de esta última evolucionan, como vasos comunicantes, a la par de las del cuadro. Y como después de todo la imagen es blanca (o después de mucho), cada persona que asiste a la obra crea su propio mensaje.

 



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