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“¡LLEVO UN MAMBÍ EN LA SANGRE!”

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JORGE GONZÁLEZ VÁZQUEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

 

Está sentado frente a mí José Vázquez Moya. Parece exaltado, eufórico por la posibilidad de volver a narrar tantas historias vividas. Algunas de ellas las conozco íntegras, de escucharlas cuando niño, acomodado en su regazo.      

Enciende un cigarro “para aplacar la ansiedad”, y con voz entrecortada, como de quien participa en una larga carrera, este combatiente de la Revolución se alegra de poder sostener conmigo una conversación, ya no de abuelo a nieto sino de entrevistador a entrevistado.  
   
“Desde muy joven, estudiando Historia de Cuba, tuve conciencia de la necesidad de poner el gobierno del país en manos de hijos auténticos, hijos que no fueran títeres, hijos que sacaran al pueblo de los problemas sociales creados tras años de demagogia.” Frunce el ceño, quizás para confirmar su desaprobación por tanta lacra social sufrida durante la República.

“Uno de mis hermanos compartía idénticos criterios, y  conversábamos cada vez que podíamos sobre las habladurías de la gente de que allá, en la ciudad de Santiago, porque nosotros éramos de un montecito perteneciente al pueblo de El Cristo, había muchachos que se manifestaban contra el gobierno. Una tarde, haciendo carbón, nos dijimos que si se nos presentaba la oportunidad de unirnos a esos muchachos, no íbamos a dudar en hacerlo”.

Aplasta en un cenicero lo que queda de cigarro, como si una fuerza secreta le llenara los músculos de renovados bríos: “Esa oportunidad demoró un poco, porque  donde vivíamos no llegaba la prensa ni había electricidad; por tanto, ni radio, ni televisión. Estábamos prácticamente aislados del mundo.

“Pero mi hermano comenzó a visitar la capital provincial por cuestiones de salud, y en el hospital Saturnino Lora conoció a un hombre que dirigía una célula del Movimiento 26 de Julio. Como está confirmado: ¡Nunca es tarde cuando la dicha es buena!

“A partir de ahí, nos fuimos vinculando con el Movimiento y comenzamos a despertar sospechas en nuestros padres. No es que ellos estuvieran de acuerdo con la dictadura imperante, pero queríamos evitarles preocupaciones. Cuando nuestros deseos de acción estuvieron a punto y el ambiente en el hogar demasiado caldeado, echamos la poca ropa que teníamos en una maleta y dimos el gran paso: formar parte de la lucha clandestina.”

Hace una pausa prolongada, y sostiene la mirada en un punto de la pared, que de pronto deja de ser de mi sala para convertirse en cualquier remoto muro de las calles santiagueras garabateado con un ¡Abajo Batista! O un ¡Muera el tirano!

“Desde que vi a Frank País por vez primera supe que era un líder por naturaleza. Inspiraba confianza, respeto y seguridad a pesar de su complexión menuda. Ese día me echó el brazo sobre el hombro y me dijo: “José, ten la seguridad de que tarde o temprano la victoria será nuestra.”

“Jamás olvidaré tales palabras, pues fueron una especie de motor impulsor que me lanzó a arriesgadas empresas: lanzar petardos a estaciones de policía, distribuir propaganda política, recaudar fondos para comprar armas, municiones, ropa y comida, llevar estas provisiones a los guerrilleros de la Sierra, incorporar más personas a la causa, y otras.

“En un momento de 1958 Fidel alertó que era imprescindible integrar la mayor cantidad de personas posibles a la lucha armada, para asestar la estocada final. Aunque la dirección del Movimiento pretendía dejarme en Santiago, porque era bastante útil allí, agarré un fusil, me monté en un camión y hasta el Escambray fui a parar.  Es que ¡llevo un mambí en la sangre!”. Y se lo creo de veras, por la emoción y el convencimiento con que pronuncia esta frase.

“Todo se me volvió difícil en las montañas: escaseaban las cosas, varios grandes compañeros entregaron sus vidas en mi línea de fuego y el enemigo, aunque debilitado, concentraba sus fuerzas en zonas estratégicas de forma persistente, disminuyendo en nosotros el tiempo de descanso y aumentando el cansancio. Pero nuestra voluntad y nuestro espíritu de sacrificio eran  tan inmensos que hubiéramos soportado más, mucho más.
                               
“El triunfo revolucionario me sorprendió persiguiendo un pequeño pelotón que se resistía a la derrota. Cubierto de fango y con el corazón ensanchado por la noticia, besé una bandera cubana y celebré cantando el Himno Nacional. Luego vinieron las múltiples medallas y los reconocimientos, que considero inmerecidos, pues no he hecho otra cosa que depositar mi felicidad en la de la Patria.”

Termina. Lo veo alejarse “entre humo y metralla”, como pregona la canción del trovador. Me deja como cómplice de sus aventuras y con la certeza de que esta, su Cuba, lo contempla orgullosa.   

Ficha técnica:
 
Objetivo central: Dar a conocer el papel desempeñado por el entrevistado en el proceso revolucionario cubano.

Objetivo colateral: Destacar algunas cualidades de su personalidad.

Tipo de entrevista:

Por su forma: De citas. 
Por su contenido: De personalidad.

Tipo de título: De admirativa.
Tipo de entrada: De retrato.
Tipo de cuerpo: De citas.
Tipo de conclusión: De opinión del entrevistador.
Fuentes consultadas: El entrevistado.
    
    
   



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