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TODA UNA VIDA POR LA MEDICINA

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“Quien va a esta profesión a buscar dinero, a vivir bien, entonces ese no es médico. El médico va a curar, a sacrificarse por los demás”, afirma el doctor Arnaldo Felipe Torriente.

ADIANÉZ MÁRQUEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Quien conoce a Arnaldo Felipe Torriente Gutiérrez  en estos últimos años, lo describe como un hombre tranquilo, muy pensativo, dedicado a su casa y amante de la lectura. Quien lo conoce hace mucho más, dice que es un excelente médico dedicado completamente a su carrera.  Yo, que me encontraba en el primer grupo de personas, al  enterarme de algunas de sus hazañas como médico no quise quedarme a medias y le solicité esta entrevista.

Conversando, lo primero que cuenta es una anécdota de su pueblo natal en Las Villas, Sierra Moreno, y lo representa de cuatro calles, sin electricidad ni acueducto ni pavimentación y como único entretenimiento, un radio en todo el pueblo.

Cuando tenía diez años a un amiguito le empezó un dolor abdominal que luego se enteraron era apendicitis. En aquel momento no conocían nada acerca de eso y el muchachito no pudo ir al pueblo cercano, Sagua La Grande, porque no tenía cómo llegar, ni medios para ingresar al hospital.

Torriente cree actualmente que murió a causa de una perindonitis. A ese niño de su misma edad, la familia no tenía dinero para enterrarlo y se hizo una colecta en el pueblo y todos sus amiguitos -incluido el entrevistado- salieron a hacerla. No recuerda exactamente cuánto valía la caja, pero la colecta era de uno o dos kilos. Entonces, él se dijo: “Cuando yo sea grande voy a ser médico, para que esta gente tenga médico gratis”.

Arnaldo Torriente  vino para La Habana en el año 1945  a estudiar, porque allá solo existía la escuela primaria. Hizo un examen para ingreso en el bachillerato y lo aprobó; en septiembre de ese mismo año comenzó en el Instituto de la Víbora, que en ese entonces era privado y se graduó en 1950 como el primer expediente de su curso.  Comenzó a estudiar Medicina y en 1957, cuando el asalto al Palacio Presidencial y el posterior cierre de la Universidad, trabajó de alumno interno en el Calixto García. Reanudaron las clases y el 19 de diciembre de 1959 se graduó, formando parte del primer grupo que realizó medicina rural.

-¿En qué rama se

especializó? ¿Por qué?

Soy especialista en Medicina Interna, que para mi es la parte más bonita de la medicina. En ella se absorbe todo. En lo años siguientes de estar recién graduado, estudiaba alrededor de cuatro a cinco horas diarias. Yo lo hacía por aparato: me pasaba cierto tiempo en el digestivo y agotaba casi todas las patologías y así sucesivamente. Generalmente en menos de un año, revisaba todas las cosas. Cuando aquello recibía la revista médica española y también tenía acceso al Clinical Medical de Norteamérica; siempre estaba actualizado. Después que empecé a dirigir no pude seguir.

-¿Cuánto tiempo fue director

del Calixto García?

14 años. Primero, casi seis del actual Salvador Allende, que antiguamente se llamaba Covadonga. Estando de director se le cambió el nombre porque en una reunión le comenté a Lázaro Peña que los trabajadores del hospital querían ponerle así a raíz de la muerte del presidente. En los días siguientes hubo una manifestación en la calle Carlos III y Lázaro Peña dijo: “Y los trabajadores de la Covadonga han decidido ponerle Salvador Allende”, allí mismo le cambié el nombre. Luego el Ministro me preguntó que quién era yo para hacerlo, pero como Lázaro Peña lo dijo, se quedó.

Del Calixto fui 14 años. Primero estuve como alumno interno, médico interno, residente, auxiliar especialista, especialista, profesor y director. Prácticamente toda mi carrera la hice en el allí, casi no conozco otros hospitales de Ciudad de La Habana.

-Todo ello implicó mucha responsabilidad.

¿Lo limitó de hacer otras cosas?

Tengo muchas satisfacciones como dirigente, pero me hubiera gustado más haber sido docente todo el tiempo. Entre las cosas que pudiera lamentar es que no pude ejercer tanto la medicina. Inclusive, traté de tener grupos básicos cuando trabajaba en el Salvador Allende y no podía porque a veces estaba pasando visitas y me llamaban de la dirección o del nivel superior y tenía que abandonarla y dejar al residente. Y como eso no era correcto, desistí.

-¿Algún cambio importante en el

hospital en su etapa como director?

Creo que la gente exagera. Decían que era buen director, no sé si será verdad. En ese tiempo el Calixto fue uno de los mejores hospitales que había en el país, por  lo menos nosotros hacíamos el 60 por ciento de cirugía de urgencia y el 50 por ciento de lectivas de Ciudad Habana.

Teníamos 1 200 camas, yo luchaba por no quitar ni una, eso para mi era un pecado, y otra cosa era remitir casos. Durante toda mi etapa de director, prohibí que se remitieran casos, uno solo se remitió al Hospital Naval y al médico que lo hizo lo sancioné, porque nosotros lo teníamos que resolver todo.

El Calixto históricamente es el hospital donde todo el mundo llegaba e ingresaba, no tenían que pedir recomendaciones, no tenían que dar su célula electoral, ¿cómo nosotros en plena revolución íbamos a estar remitiendo casos?

Yo dedicaba al hospital alrededor de 12-14 horas diarias. Llegó un momento en que conocía a todos mis trabajadores por su nombre, sobre todo el turno de la mañana, incluidos los 96 de mantenimiento y los auxiliares. Creo que esa fue una cosa útil porque a la gente  le gusta que lo llamen por su nombre cuando se dirigen a ellos. Los pacientes me veían todos los días por las salas, sabían que era el director y me planteaban sus problemas y los que existían en la sala.

En aquella época nosotros empezábamos a hacer una rendición de cuentas del hospital a los pacientes. Nos reuníamos en las diferentes salas dos veces por semana, entonces ellos planteaban cuáles eran las quejas que tenían del hospital. Yo participaba y generalmente buscábamos dar respuesta a los planteamientos que hacían. Pienso que fue una experiencia muy bonita.

-¿Cómo era su día en el hospital?

Llegaba normalmente a las 6:45 de la mañana y me iba a ver mis dos calderas viejas, para estar seguro si funcionaban, porque cuando estaban rotas, ya sabía que no tenía vapor, entonces no podía hacer el desayuno, no podía esterilizar y se detenía el comedor y las operaciones. Por suerte para el hospital, las dos calderas nunca se rompieron a la misma vez.

Luego me paraba a la entrada del hospital y veía entrar a todos los trabajadores; tal es así, que a veces hacían chistes de mí, sobre todo los amigos. Veía la gente mirar el reloj. Los que llegaban a las 7:55 y venían corriendo, los consideraba mucho y agitaba a otros que  a las 7:57 se ponían a hablar sin importarles marcar el reloj.

Salía generalmente de allá y pasaba el cambio de guardia, que era de 8:00 a 8:10, aproximadamente. Después iba por todas las salas del hospital y los servicios, al almacén, a la cocina, la lavandería, a mantenimiento. A as 2:00 de la tarde me esperaba la dirección; allí despachaba con mi secretaria y cuando ella se iba, me quedaba una o dos horas más. Llegaba a la casa sobre las 7:30 de la noche. Esa era  la vida diaria.

-¿Recibieron usted y el hospital

reconocimientos durante ese tiempo?

Al hospital le faltaron unos puntos para ser categoría Modelo en el período de mi trabajo, pero lo fue unos meses después por el trabajo de toda la vida. También, destacado en múltiples ocasiones. En lo que a mi respecta, tuve el honor de ser escogico para asistir a la Olimpiada de Moscú, en 1960, fue una especie de premio. Me desempeñé como presidente de la Comisión de Salud de la provincia y diputado a la Asamblea Nacional, donde presidí la Comisión de Salud, Medio Ambiente y Servicios Comunales durante cinco años.

También  en esa etapa presidí la Comisión Nacional de Hospitales. Por eso fui a varios congresos en México, Argentina, Puerto Rico, España, Suiza y, por último, acompañé al Ministro de Educación de la época, Fernández, al entierro de Iroito, en 1989, Japón.

Estas cosas fueron por el trabajo positivo que se hizo en el hospital, por el esfuerzo que siempre hizo el colectivo. Han sido reconocimientos que me han estimulado, pero no estoy muy convencido de que los haya merecido.

-¿Tuvo experiencia como internacionalista?

La experiencia que más recuerdo fue cuando estuve en Argelia y en ese entonces se cobraba en los hospitales. Para atender a las personas eran seis linares, alrededor de dos pesos. Entonces todos los cubanos hacíamos trampa para poder curar a la gente sin que tuviera que pasar por el económico, el hombre que recaudaba. Pero lo más interesante era que los sábados muchas mujeres llegaban con la cabeza rota porque el marido les pegaba, a veces eran heridas fuertes. Eso no se olvida.

-¿Extraña su profesión?

No la extraño, pero el director actual a veces llama por teléfono para preguntarme de ciertas cosas, y eso me estimula. Estoy satisfecho con mi vida, no me deprimo, creo que cada quien hace y tiene sus propias etapas y las va cumpliendo. Ahora a esta edad, necesito estar tranquilo en casa, leyendo, sin preocupaciones. Nunca me he puesto a lamentarme de las cosas que he perdido, porque sé que es parte de la vida.

-¿Está satisfecho con su carrera?

Estoy contento porque la Revolución hizo lo que yo soñaba cuando era muchacho: que el médico no cobrara, que no muriera un niño de 10 años por falta de atención médica. Eso ya no pasa.

Hay un hecho que me marcó cuando empezó la revolución y era la medicina gratis; eso era lo que yo había soñado toda la vida y me fui incorporando por convicción, sin importarme y sin conocer exactamente lo que era comunismo, porque yo no había leído literatura en aquel momento sobre ese particular, sobre  política.

La medicina no es una mercancía. El médico no es un negociante, un médico es como el sacerdocio. Yo no soy religioso, pero admiro mucho a la gente que se dedica toda la vida a una cosa. La medicina también es un sacerdocio. Quien va a la medicina a buscar dinero, a vivir bien, entonces ese no es médico. El médico va curar, a sacrificarse por los demás. Así es como yo lo veo, y así siempre lo pensé.


 



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