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EL VEDADO, REFLEJO DE UNA SOCIEDAD

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El corazón de la capital cubana es un lugar donde las grandes mansiones eclécticas, palacetes al estilo art decó y los edificios de los años 50 sufren el paso del tiempo.

LORENA SÁNCHEZ GARCÍA,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La ciudad es algo que se lleva dentro…ha sido así desde los griegos. No se pierde en ausencias, pues habita en la memoria. Impone su carácter a todo elemento añadido. Refleja, a través de su arquitectura, la historia de un pueblo, de una nación.

Quien visita La Habana no puede, ni debe, dejar de caminar las calles del Vedado. Los años hacen mella en su apariencia secular, pero la popular barriada, con siglo y medio de existencia, irrumpe en el imaginario habanero como una de los sitios más atractivos de la capital. En su evolución descansa la idiosincrasia de los habitantes, la cual perdura hasta la actualidad.

“Desde sus inicios siempre tuvo un aura aristocrática, de suma elegancia”, asegura el arquitecto Mario Coyula. Sin embargo, hacia las primeras décadas de la pasada centuria el barrio comenzó a mezclarse socialmente. Al lado de la mansión de Ernesto Sarrá, con más de media hectárea, podía estar la casa de un médico de éxito, o la de un empleado público y, al doblar, una ciudadela.

Todo coexistía. Pero la expresión de diferencias sociales no se vislumbraba hacia el exterior, pues la clase dominante impuso sus patrones culturales en los espacios públicos. Esa sucesión de máscaras impedía que el lugar idílico de la capital cubana se “devaluara”.

Mas, hoy día, pese al abolengo del nombre, el Vedado sufre el paso del tiempo. El siglo XXI hereda un patrimonio un tanto envejecido. Los rasgos esenciales del barrio y la marca de su diseño original, difícilmente sobreviven en el trazado de las calles y avenidas, en el césped, en el arbolado, en el diálogo directo con el mar.

Connotaciones de un nombre

A mediados de 1800, La Habana de extramuros llegaba hasta la calle Belascoaín. Por esa fecha, se estableció el ferrocarril urbano que conectaba a las zonas periféricas de la ciudad. La revolución industrial cubana se hacía eco de las grandes urbes europeas y la burguesía nacional comenzaba a expandirse por toda el área habanera, en busca de un nuevo lugar donde implantar su dominio.

La zona escogida por los ricos estaba poblada de enormes bosques. Existía un cementerio de la religión protestante y canteras para extraer materiales. Según la Doctora María Victoria Zardoya, Profesora Titular de la disciplina Historia del Urbanismo en la Facultad de Arquitectura, por razones militares, durante el siglo XVIII y principios del XIX, este territorio estuvo vedado para la población civil. De ahí proviene su nombre.

La barriada no surgió a la usanza hispánica con plazas e iglesias, sino como un suburbio residencial. “Los orígenes están en el proyecto presentado en abril de 1859 para la modernización de la finca El Carmelo, ubicada al este del río La Chorrera, hoy Almendares. Mediante la existencia de una retícula perfecta y la construcción de grandes calles, el Vedado comenzaba a marcar las pautas de la modernidad en Cuba”, afirma la arquitecta Jeannette Costa, también profesora de la Facultad de Arquitectura del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echevarría.

Asimismo, la doble experiencia de convivir con la alta burguesía, en un ambiente arquitectónico marcado por el esplendor ecléctico, y de participar en el modelo de consumo norteamericano de los primeros años del pasado siglo, dieron cuerpo al “mito vedadista”, el sueño de la clase media cubana de coexistir en la popular barriada.

“La ilusión de habitar las calles del Vedado tuvo la suerte de cumplirse para muchas familias de profesionales luego de la Revolución del 33, debido a los cambios sociales y políticos que, aunque abortados en muchas dimensiones, permitieron romper ciertas barreras de las cuales se alimentaban la segregación social del suburbio residencial”, comenta el arquitecto jubilado Oscar Hernández.

Sin embargo, el sitio estaba presente en el locus popular como un territorio de exclusión. Para María Antonia Torres Carballeira, habitante del lugar, vivir en el Vedado es símbolo de jerarquía y de poder económico.

“Llegué a este barrio en 1936, con solo siete años. Aún recuerdo su ambiente aristocrático, las calles bien asfaltadas, sin baches. Era portador de salubridad y beneficios propios del progreso técnico”, rememora.

Por su parte, el octogenario Alberto Bretto González dejó hace cinco años el Vedado para mudarse con su hijo menor al reparto de Miramar. Él considera a este espacio un lugar de signos, de connotaciones.

“Lo que más me gustaba del barrio eran los tranvías. Cuando era niño me agradaba sentir su ruido por la calle Línea, el rechinar del hierro contra las vías. Un sonido peculiar. Solo se escuchaba aquí. Aún recuerdo el momento cuando comenzaron a desmantelar aquellos artefactos. Ese día me sentí triste”, evoca con nostalgia.

Cuenta el arquitecto Oscar Hernández, que “luego de eliminar la infraestructura se produjo un proceso para adecuar la vía y así, permitir una rápida circulación de los vehículos automotores. Después vino la construcción del Túnel para modernizar el eje”.

Hacia 1950, mediante la promulgación del Decreto de la Propiedad Horizontal, comenzó la fabricación de grandes edificaciones debido al acelerado incremento demográfico en el suburbio. La concepción monumental de las mansiones y palacetes se hizo obsoleta e inadecuada para enfrentar la densidad poblacional.

A partir del triunfo de la Revolución Cubana, asevera el urbanista Mario Coyula, continuó el proceso constructivo a gran escala para dar respuestas a las necesidades de la masa trabajadora. Pero entró en contradicciones con los postulados del diseño arquitectónico y urbano.

“Lo que tenemos hoy es el resultado del esfuerzo de muchos y de la negligencia de otros”, afirma el licenciado Juan de las Cuevas Toraya, quien por más de una década se ha dedicado a estudiar la evolución del suburbio residencial.

Durante los últimos años, las violaciones en el espacio urbano se incrementaron, pero fueron evidentes, como nunca antes, a partir de las carencias económicas enfrentadas en la década de los 90 del pasado siglo. “La situación de la vivienda en el país era y es irresistible. Por ello, aledaños a sus moradas, la población amplió azoteas y jardines, modificó las fachadas”, asevera Toraya.

Pero, como manifiesta el urbanista Mario Coyula, el entramado de las calles no se parece al diseño original, donde cada acera tenía su parterre correspondiente y la uniformidad característica de las edificaciones contribuía a mantener el equilibrio de la barriada. Poco a poco aparecieron una serie de inmuebles que quebrantaron un sinfín de regulaciones urbanísticas.

Las áreas verdes forman un ingrediente fundamental que amortigua la contaminación sonora y ambiental de la zona. Refrescan, además, la escena urbana. Mas, erróneamente, se desarrollan planes para talar algunas plantas ornamentales en los principales parques del lugar.

Según el arquitecto Oscar Hernández, el arbolado favorece la imagen de las edificaciones, disminuye el sentimiento de opresión provocado por el exceso de construcciones y permiten, además, la convivencia comunitaria.
Así, el Vedado es una trama compleja condicionada por la presencia de la mayor concentración de instituciones sociales y culturales de la ciudad, pero no deja de cumplir con su función residencial. Para el arquitecto Coyula, “esta es una parte de nuestra capital que debemos rescatar”.

Luces y sombras

En marzo de 1999, el Vedado fue declarado zona de protección y sus principales vías, Paseo, G, Línea, 23 y Malecón quedaron diferenciadas como áreas de gran importancia.

No obstante, a partir de las consideraciones de la arquitecta Zardoya, no solo las mencionadas avenidas presentan una elevada significación, pues el 90 por ciento del reparto es de alto valor patrimonial. “Tenemos la obligación de preservar la barriada en su totalidad”, agrega.

En la actualidad, la Oficina del Historiador de la Ciudad se encarga de liderar los planes para la rehabilitación del barrio. A la misma se unen los especialistas de Planificación Física, a quienes no solo corresponde prohibir construcciones indebidas, sino, además, proponer alternativas para salvaguardar el espacio urbano.

Para el arquitecto Roberto Moro, asesor técnico de la dirección de esta entidad, el principal propósito es rescatar las viviendas, mantener el diseño original de las fachadas, evitar el deterioro de los parterres y jardines y hacer cumplir las regulaciones urbanísticas.

Asimismo, asevera que “la estructura del suburbio residencial es de trascendental magnitud, por ello, las infracciones en este territorio deben ser revertidas mediante el incremento de las inspecciones de campo”.

En las Regulaciones Urbanísticas correspondientes al Vedado, está contemplado un plan para proyectar nuevos edificios con menos de seis plantas. Sin embargo, hasta la fecha, “la Unidad Municipal de Inversiones de la Vivienda (UMIV) prioriza las edificaciones altas de la zona. Un ejemplo es el Someillán, ubicado en la calle O, entre Línea y 17”, agrega Moro.

En concordancia con estas acciones, existe el Plan General de Ordenamiento Urbano del municipio Plaza de la Revolución, aprobado por la Asamblea Provincial del Poder Popular. El mismo debe concretar las políticas de orientación territorial en estrecha coordinación con los diferentes organismos inversionistas pertenecientes a la popular barriada. 

Según Iris Rodríguez Soca, jefa del Control Territorial en el municipio, asegura que el objetivo más importante del plan es velar por la estructura urbana del Vedado, establecida por manzanas sobre la base de la cuadrícula tradicional.

“Hoy día, en detrimento de algunas violaciones en las calles transversales del barrio donde se han construido garajes y carports, tenemos un proyecto para habilitar ciertas áreas de parqueo público, incluyendo la posibilidad de utilizarlo en horario nocturno”, señala.

Las medidas para erradicar las infracciones no se harán esperar. Como afirma el arquitecto Roberto Moro, en lo adelante todas las construcciones indebidas serán llamadas a demoler voluntaria o forzosamente.

Más allá de las cicatrices

Pero no todo es ruina y desolación. A pesar de las cicatrices, en el Vedado, como en las antiguas ciudades griegas, el pasado dialoga con sus habitantes.

“Recorrer sus calles es volver a mi infancia. Ese aire altanero que la caracterizaba aún permanece en cada esquina”, comenta María Antonia Torres Carballeira.

Humberto Rodríguez Horta, vive aquí desde siempre. A sus 85 años le gusta el ruido de los autos por las calles, el ulular del viento en los árboles. Para él, este lugar constituye la mezcla perfecta. “El Vedado es un ajiaco concebido a escala monumental. De ahí proviene su imponente presencia”, agrega. 

Así, con el andar de los años, el orgullo de pertenecer a la popular barrida no desaparece. Hoy día, el sitio idílico de la capital cubana revierte los obstáculos y se resiste a morir.

Recuadro

Hospedarse en el Trotcha

Entre el Vedado y sus habitantes, el edificio enigmático coexiste en ruinas. El primer hotel de veraneo, creado a poca distancia del centro fundacional, se sumerge en escombros. Hoy día, El Trotcha sufre y espera. Pero, cuentan quienes por ahí estuvieron, que hacia la década del 20 esta instalación era pionera en el estilo moderno de hospedaje. Al encanto de la edificación, donde se combinaban distintos estilos, se añadía el glamour de los jardines.

“En la entrada tiene una verja de hierro cuyas hojas permanecen siempre abiertas. Detrás un vergel encantador, lleno de plantas deliciosas y de arbustos floridos. Los senderos están cubiertos de arena, a la manera de un parque inglés. En los ángulos del jardín se han levantado cuatro glorietas espaciosas, bajo cuya sombra pueden descansar los huéspedes, sentados alrededor de elegantes mesitas, saboreando sus licores predilectos”, escribía el poeta Julián del Casal acerca del confort que propiciaba.

Su propietario, el catalán Buenaventura Trotcha Fornaguera, arribó a Cuba en el año 1858 atraído por los encantos del Vedado. Adquirió unos terrenos con la intención de construirse una lujosa vivienda próxima al mar, y ordenó acondicionar algunos salones como sitios de estar. Sustenta el licenciado Juan de las Cuevas Toraya que en este paraíso encontró aposento la Sociedad del Vedado, fundada por el español.

Era un sitio al cual concurrían familias adineradas, miembros de las comunidades regionales españolas. Con un total de veinte habitaciones, el Trotcha era un lugar semejante a los “hoteles de Niza, Cannes, San Sebastián y otras ciudades balnearias”, aseguraba del Casal.

Durante la primera mitad del siglo XX, esta edificación constituyó el principal atractivo del Vedado. “Allí se hospedó el poeta nicaragüense Rubén Darío y el famoso torero Mazzantini vivió un idilio de amor con la  actriz Sarah Bernhardt, además, se estableció el primer gobierno interventor estadounidense”, agrega de las Cuevas Toraya.

Según cuenta Amador Gómez del Pino, vecino de la antigua instalación, este fue el primer hotel de La Habana con baños privados. “El glamour lo caracterizaba, pero lo más importante era el constante ir y venir de la gente. La vida que le propiciaba al barrio”, rememora.

Pero el tiempo implacable, junto a la desidia de los hombres y al fragor de las llamas, terminó por consumir el primer hotel del Vedado. Por años, el lugar se convirtió en zona de peligro para los transeúntes.

“Hospedarse en el Trotcha ya no es posible”, lamenta Amador, “en zonas aledañas se construyeron grandes colosos de hormigón como el Cohíba y el Riviera, sin embargo, la memoria viva de la barriada, el lugar de esparcimiento durante siglos pasados aún muere en silencio”.

No obstante, la arquitecta Jeannette Costa expone que hubo muchos intentos por reconstruirlo. Hacia el año 1999, existió un proyecto entre la corporación panameña Arquitel S.A y la empresa nacional Cubanacán, para levantar en ese terreno una nueva instalación con 200 habitaciones. El propósito era conseguir un diseño moderno, pero sin violar el estilo original de la obra.

“Sin embargo, todo quedó en planes. Hoy día, quien camine por Calzada y 2, podrá ver los vestigios, la encumbrada fachada donde la hierba seca se hace eco de sus paredes”, asegura.



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