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RÉQUIEM POR LA AMISTAD EN TIEMPOS DE SIDA

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GLENDA CARIDAD BOZA IBARRA,
estudiante de Periodismo, Matanzas.

Tengo un amigo con SIDA. Hace tiempo lo sabía, pero llevaba años sin verlo, y hoy que ha vuelto, no sé cómo lo voy a enfrentar.

Aún conservo frescos los momentos que compartimos durante la secundaria. De eso hace ya cinco años, pero atesoro la foto en la piscina, aquel día en que sin inhibición alguna, nos abrazamos a Coralita Veloz, y recuerdo también que dobló a los BSB, y a todas mis amigas queriéndolo y él amando únicamente a XXX.

No olvido en todos los apuros en los que se metió y de los que logró salir o de los que lo sacamos. Ciertamente, él no era el típico muchacho tranquilo y estudioso. Tenía sus defectos -como todos-, (quizás un poco más que todos), pero en el fondo, los que lo conocimos y compartimos con él, sabíamos de la grandeza y ternura que guardaba o escondía en su corazón, sabíamos de su necesidad de afecto.

Recuerdo también que hace cuatro años tuvo un accidente y casi se nos muere. Yo estaba en el “pre” con mi amiga XXX (la única que siguió conmigo al terminar la secundaria) y cuando nos enteramos, fuimos a verlo.

Lo buscamos en el hospital Guevara y no lo encontramos. Estaba en el pediátrico, ¡aún no cumplía 18!, y recuerdo que cuando nos vio por el cristal de la sala de terapia intensiva, se nos salieron las lágrimas.

Allí estaban su mamá y algunas nuevas amistades suyas, pero estábamos nosotras y seguramente él no se imaginó que iríamos a verlo, porque nunca supo ni le demostramos lo mucho que valía para nosotras.

Y lo cierto es que no era ningún santo, lo sé. Así como, sé también, que a veces se comportaba mal y hasta quizás traicionó nuestra confianza. Pero nosotros, sus verdaderos amigos, nunca lo rechazamos por eso, y hasta le dimos siempre otra oportunidad, tal vez porque teníamos más fe en él, que la que tuvo en sí mismo.

Aunque, ahora reflexiono y me pregunto: dónde estuvimos cuando adquirió el SIDA; por qué no pudimos evitarlo; dónde estábamos cuando más nos necesitó; por qué no estábamos a su lado cuando se lo informaron.

Sí…, podemos poner como pretexto que la vida, los años, los estudios, que todo nos separó. Pero más que nada…

Nos separamos nosotros porque olvidamos el valor de la amistad y la necesidad que tenemos los hombres de compartir con otros.

Nos olvidamos que a veces la vida nos aleja de la gente buena y luego es muy difícil volver.

Nos olvidamos que alguien necesitaba nuestra ayuda y el ajetreo diario no  nos hizo ver más allá de nuestros problemas.

Nos olvidamos que a veces perdemos la fe y nos hace falta alguien que nos recuerde que siempre hay un motivo para vivir.

Nos olvidamos de JJJ y ahora, queramos  o no, está enfermo, y no encuentro la forma de recuperar todo este tiempo perdido y decirle que para nosotros sigue siendo el mismo.

Solo sé, que de ahora en adelante, intentaré ser la amiga cuya voluntad tenía, pero nunca puse en práctica y aunque esté estudiando lejos y  lo vea solo una vez por semana, estaré al tanto de cómo se siente, de cómo supera esta etapa que sé, ¡superará!, de qué quiere hacer. Sin lástimas (porque no hay sentimiento más hipócrita que ese), solo con la certeza de que un amigo necesita ayuda para seguir viviendo y en mí la tendrá.

Y sé que no temeré preguntarle sobre el tema, cómo lo adquirió y mostrarle que hablar de sus problemas lo puede desahogar, pero más que nada, puede ayudar a otros que viven con la enfermedad e incluso a contribuir a que la gente tome conciencia y se proteja.

Le contaré cómo en la universidad donde estudio se hacen todo tipo de campañas publicitarias para evitar el contagio. Sé que le interesará compartir sus experiencias con los demás, tal vez hasta se nos una.

Desde mi condición de amiga, no me avergonzaré al decir que tengo un amigo con SIDA; ni me esconderé al darle un beso o un abrazo y contribuiremos juntos a evitar que el VIH se convierta en la pandemia del siglo XXI.

Sé que juntos podremos enfrentar la vida de forma diferente y luchar contra una enfermedad que consume vidas, pero no esperanzas. Tenemos una ventaja a nuestro favor: la amistad.

 



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