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“ESTOY ORGULLOSA DE MIS RAÍCES”

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Gladys Chalgub, descendiente de árabes asentados en Cuba, revela las experiencias de quien creció bajo la influencia de dos culturas diferentes.

Texto y foto:
DIANA FERREIRO HERNÁNDEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX comenzaron a llegar masivamente a Cuba inmigrantes de todo el mundo. Cientos de libaneses, sirios y árabes en general, protagonizaron el desplazamiento oriental hacia América, el cual se convirtió en la única salida ante los períodos de guerra religiosa entre musulmanes y cristianos, y los conflictos por la tierra imperantes en la región.

Tal vez esa fue la razón por la que los abuelos paternos de Gladys Chalgub Moreno llegaron a la Isla, cerca del año 1890, o tal vez no.  Del matrimonio de uno de los hijos nacidos aquí llegó al mundo Gladys, quien creció bajo la tutela de dos culturas diferentes.

Hoy, después de más de un siglo de historia familiar, se siente libre de seguir las tradiciones que prefiere, principalmente como miembro de la Unión Árabe de Cuba.

-¿Cómo ocurre la inmigración

de sus antepasados a Cuba?

Mis abuelos eran oriundos del Líbano. Se conocieron en la iglesia e inmediatamente se arregló entre ellos el matrimonio. Durante el viaje de luna de miel estuvieron en la Isla y decidieron quedarse. Ninguno de los dos llegaba a los 20 años de edad, sin embargo, se atrevieron a construir un hogar en un mundo tan diferente al suyo.

En los primeros años afrontaron muchos problemas y sufrieron la pérdida de seis hijos de los nueve que tuvieron, debido a la inexperiencia, la falta de familiares o amigos a quienes acudir y la dificultad con el idioma. Prácticamente se alfabetizaron en español con la Revolución.

Mi abuelo trabajó muchos años en Muralla, junto a varios libaneses inmigrantes como él, como negociante de telas y otras mercaderías. Era muy esforzado, disciplinado y un tanto metódico.

La cultura oriental le confiere extrema importancia a la religión. Una vez que los miembros de una familia la acogen, los ritos de adoración se vuelven inviolables: “Para ellos la religión es primordial. A diferencia de lo que todos piensan, en el Líbano predomina el catolicismo, aunque hay personas que veneran la musulmana. Mis abuelos no faltaron un solo domingo a misa, esa tradición era sagrada: ¡pobre del miembro de la familia que la trasgrediera!

“A tal punto, que cuando mi abuelo decidió quitarse la vida escogió para ello Semana Santa. A partir de entonces, abuela enlutó para siempre. No recuerdo haberla visto nunca vestida de otro color que no fuese negro”.

A pesar de los prejuicios ante la mezcla de razas, su padre se unió a una criolla descendiente de españoles: “Luego del casamiento, mamá tuvo que dejar de trabajar en la calle. Era inadmisible que ella no estuviera permanentemente en casa para ocuparse de las tareas del hogar y también de él.

“Además de no permitirnos el maquillaje, era él quien se encargaba de elegir el modelo del atuendo que debíamos usar, e incluso nos compraba hasta la ropa interior, con tal de que mi madre no saliera de la casa, y ¡para qué hablar de los novios!

“No admitía siquiera que bailáramos según las costumbres orientales, pues decía que todos los movimientos que implicaba no podían ser decentes. Pero a mí me gustaba mucho y en las fiestas los invitados me coreaban y aplaudían bajo su mirada severa.”

Gladys también sufrió los avatares de intentos de matrimonios arreglados, algo muy común en el mundo árabe, en el cual la opinión de la mujer sobre estos asuntos no es tomada en cuenta.

“Varias veces intentaron casarme con algún libanés de los que frecuentaban la Sociedad Árabe. “Para rescatar la pureza de la raza”, decía mi padre. Aún no sé cómo, pero logré hacer valer mi opinión.

“No me imaginaba casada con uno de ellos. Veía a mi madre y me decía que yo no podría estar en su lugar. Los libaneses no reconocen otro derecho de la mujer que el de atender una casa y un esposo.

-¿Qué tradiciones le fueron inculcadas?

Desde pequeña asistí junto a mis padres a la Sociedad Libanesa y luego, ya mayor, a la Unión Árabe. Allí, regularmente, nos reuníamos con otros libaneses en salones sin muebles, con lindos cojines estampados al estilo oriental, colocados en el suelo a manera de asientos.

Mis hermanas y yo aprendimos así muchos aspectos  de la cultura oriental. Por ejemplo, a comer y, más tarde, a preparar platos oriundos de esa tierra, la mayoría basados en el carnero, como el meche: una especie de col rellena con esa carne y algunos condimentos, además de los bailes ya mencionados y varias costumbres religiosas de ese país.

 

-¿Cómo imagina su vida

de haber nacido allá?

No quisiera tener que imaginarla: con todos esos vestidos, cubierta de pies a cabeza y con un matrimonio arreglado sin posibilidad de protesta. Estoy muy orgullosa de mis raíces, pero soy feliz de haber vivido la cultura oriental desde una posición cubana.

La Unión Árabe significa para mí la oportunidad de rescatar las tradiciones de mi familia. He podido intercambiar y relacionar las costumbres cubanas y libanesas, rindiéndoles tributo en muchos aspectos de su idiosincrasia.

Ficha técnica:

Objetivo central: Develar aspectos relacionados con la vida de Gladys Chalgub Moreno, como descendiente de libaneses y miembro de la Unión Árabe de Cuba.

Objetivos colaterales: Argumentar las costumbres árabes inculcadas a la entrevistada.

Tipo de entrevista:
Por su forma: Mixta.
Por su contenido: De Personalidad.
Por sus participantes: Individual.
Por el canal que se obtuvo: Vía directa.

Tipo de título: De cita textual.
Tipo de entrada: Retrospectiva.
Tipo de cuerpo: Mixto.
Tipo de conclusiones: De opinión o comentario del entrevistado.

Preguntas declaradas: 1-Abierta: 2-Abierta; 3-Abierta.

Fuentes consultadas:
Unión Árabe de Cuba.
Anet Ponce Blanco, amiga de la entrevistada.


 



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