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ABUELA TOÑA

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Dedicar su vida a la familia y al trabajo hizo de Antonia Suárez Ibarra una mujer especial.

ELIZABETH ALMEIDA LÓPEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En una caja guardaba Toña los recuerdos. Solo la abría para que sus bisnietos curiosearan y la conocieran un poco. Mostraba las condecoraciones y medallas con la algarabía de una niña pequeña que descubrió un escarabajo azul. La mirada le brillaba otra vez, cada arruga se desdibujaba en su sonrisa tranquila y volvía a ser esa muchacha con el andar ligero y la mochila llena de sueños.

El 7 de diciembre del 2007, Antonia Suárez Ibarra, falleció. Tenía 95 años cuando la muerte la encontró dormida y satisfecha por toda una vida dedicada al trabajo. Un pequeño diario, la cajita de memorias y los testimonios de su hija, la rescataron de la soledad del olvido.

De Cienfuegos a La Habana

“Mi padre, Francisco Suárez, vino de Asturias a esta islita en busca de un futuro. Conoció a mi madre, Francisca Ibarra, en Pinar del Río y, según me contaba, no hubo otra mujer para él. Por ella se quedó allá y trabajó en las vegas de tabaco para darle hogar y sustento hasta que uno de esos ciclones, perdido por aquellos rumbos, acabó con los sembrados y con la modesta casita que construyó para su amor.

“Salieron con las maletas por los caminos y llegaron a Cienfuegos, la provincia que, seis meses después, me vió nacer. Mamá murió a los dos años y dejó siete hijos al cuidado de mi padre. Su esfuerzo nos proporcionó lo necesario para vivir sin descuidar el amor que siempre nos dió a manos llenas. Su faena comenzaba a las cinco de la mañana y concluía con el beso de buenas noches que nunca olvidó darnos. Desde ese momento lo admiré y lo tomé como ejemplo a seguir, decidí que iba a ser madre primero y todo lo demás después. Cuando cumplí 23 años vine para La Habana y empecé a trabajar como criada en la casa de un banquero, en Miramar. En ese lugar choqué, por primera vez, con la discriminación social, el rechazo a la humildad y con la corrupción de aquellos que despreciaban su propia tierra. Ese hombre vivía en mi país y me trataba como a una extraña o, lo que es peor, como a un objeto destinado a cumplir sus caprichos. Después triunfó la Revolución”.

-¿Qué significó para Antonia

el 1ro. de enero de 1959?

Justicia. Enseguida entré a las Milicias Nacionales Revolucionarias con la alegría de quien ve realizado su sueño. Participé en la fundación de la Federación de Mujeres Cubanas y fui a alfabetizar a Sagua de Tánamo, al cuartón Los perdidos. Todo lo hice para intentar olvidar la situación crítica vivida por la familia y por más de la mitad de la población del país durante la República. Nací de verdad ese día, en el momento en que fui dueña de mi destino.

-Durante el período de la Campaña

de Alfabetización, ¿cómo

compaginó familia y deber?

Nunca perdí el contacto con mi padre y hermanos, pero en ese momento ya era madre. Mi hija Ignacia tenía 15 años y partió conmigo sin chistar. Quedé asombrada de su disposición. Compartimos las vicisitudes, el miedo de ser asesinadas por los mercenarios, las largas jornadas en el campo; pero nos quedó también el placer de hacer felices a otros. Nos fuimos juntas, a enseñar, a cumplir con la Revolución que le dio un giro de 180 grados a mi vida y le ofrecía un futuro digno a la muchacha que, a mi lado, tomó la cartilla.

-Pero usted no se detuvo allí…

Necesito sentirme útil. Me gusta ayudar, cooperar. Al regresar de Sagua de Tánamo albergué en mi casa a dos campesinas que vinieron a la capital a estudiar corte y costura. Cuando ocurrió el lamentable suceso de la tienda El encanto, estuve allí. Participé en la recogida de escombros. Fue uno de los días más  tristes de los que tengo recuerdo. Luego comencé a trabajar en la beca Pablo de la Torriente Brau. Solicitaban personas para participar en las escuelas al campo de las provincias Camaguey y Ciego de Ávila como instructora ayudante y, como mi hija ya tenía su propia familia, me dediqué a esa labor hasta retirarme en 1973.

-Luego de la jubilación, ¿qué hizo Toña?

Mi vida se centró en los nietos.  Ayudaba en el preescolar, hablaba con las maestras, conseguía el material faltante, organizaba actividades en la escuela, y así gané la distinción más hermosa de todas: Abuela destacada. Pasaba el tiempo contándoles historias de la familia, de la vida en la finca de Cienfuegos y de los malos ratos que había pasado para asegurarles un futuro pleno. Me gustaba ser cómplice de sus juegos y travesuras, y siempre dejé claro que con la educación no se juega. Soy un poco majadera, pero qué se le va hacer.

-¿Cuál es la mayor satisfacción

que le ha dado la vida?

Conocer a mis bisnietos. A veces pienso que he llegado hasta aquí para verlos nacer. Quisiera tener 30 años menos y dedicarles más tiempo, pero me tengo que conformar con contribuir, en lo que pueda, en su educación. Deseo convertirlos en hombres de bien, que sean trabajadores, honestos y, sobre todo, muy felices. 

-¿Se considera una mujer

comprometida con lo que realiza?

Por supuesto. En ese aspecto soy idéntica a mi padre. Imagínate, que cuando la Crisis de Octubre, estuve movilizada en el Capitolio. Un día realizaba guardia en la entrada principal, mientras adentro se desarrollaba una importante reunión. En ese momento llegó un alto directivo del Partido y me pidió que le abriera paso. Yo había recibido indicaciones de no dejar entrar a nadie y se lo expliqué, pero él, enfureció. Como nunca desacato una orden, tomé el fusil, lo puse en el suelo frente a sus pies y le dije: Pase si quiere, pero por encima del fusil.

Cuando me enteré de su muerte algo se quebró dentro de mí. Perdí a la Toña que soñé eterna. De la viejecita pura arruga y sonrisa no quedó ni el beso ni el abrazo. Ahora me toca enseñar la cajita llena de medallas y condecoraciones a quien le interese conocer los recuerdos de la persona que esperó 95 años solo para conocerme.  

FICHA TECNICA:

Objetivo central: Conocer acerca de la vida de Antonia Suárez Ibarra.

Objetivos colaterales: Indagar sobre algunas de sus experiencias personales

Tipo de entrevista:
Por los participantes: Múltiple. De reconstrucción biográfica. Imaginaria.
Por su forma: Clásica de preguntas y respuestas.
Por su contenido: De personalidad, biográfica.
Por el canal que se obtuvo: Diario, Condecoraciones, Medallas, Hija.

Tipo de Título: De referencia al entrevistado.
Tipo de Entrada: De Retrato.
Tipo de Cuerpo: De preguntas y respuestas.
Tipo de Preguntas: Abiertas.
Tipo de Conclusión: De comentario del entrevistador.
Fuentes: Documentales (diario, condecoraciones, medallas); No documentales (Ignacia del Carmen Puig).



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