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TESTIGO DE GUERRA

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Lina Pegoraro, hermana de la Congregación de Salesianas de La Habana y sobreviviente de la segunda conflagración mundial, rememora que «las bombas eran terribles. Escuché cientos caer y vi unas pocas, pero el miedo era el mismo. El impacto que tenían en la ciudad tras ellas era casi peor. Los edificios destruidos, las plazas y comercios vacíos creaban una atmósfera desalentadora».

Texto y foto:
CLAUDIA ALEMAÑY CASTILLA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Ataviada con los hábitos blancos, me recibió en el retiro María Auxiliadora, del pueblo de Peñalver, en Guanabacoa. Su expresión era tranquila, pero tras los espejuelos brillaban los ojos grises. 

Lina Pegoraro se llama. Es una italiana robusta de 89 años y posee una franca y alegre sonrisa. La llaman “sor”, pues es monja de clausura de la Congregación Salesiana de La Habana. Me pidió acompañarla a una sala privada donde comencé el diálogo para conocer  sobre las razones que la llevaron a abrazar la fe y acerca de su experiencia como testigo de la Segunda Guerra Mundial.

«Fui criada en el seno de una familia católica y asistíamos asiduamente a la capilla de nuestro pequeño pueblo de Rosari, ubicado en la provincia de Vijenza, Italia. Pero no fue hasta los 12 años que comencé a sentir mi vocación, precisamente con la llegada de un misionero que había viajado por el África a nuestra comunidad.

«Sus relatos referidos a los niños de ese continente que no tenían quien les instruyera en la fe y el amor a Dios, me estremecían. Desde ese momento quise hacerme misionera yo también. Comencé a ayudar, en mi parroquia, en la catequesis y en los preparativos de las misas durante cinco años, a iniciativa del sacerdote.

«Un buen día me anunció que había sido aceptada por el Señor para ser su fiel servidora. La alegría me inundó. Pero al pensar en mis padres, me preocupó el cómo contarles mi intención de hacerme religiosa.»

Mientras hacía el relato, Sor Lina me enseñó un reloj de bolsillo que contiene las iniciales de sus padres, sus tres hermanas y ella. Aprovechó ese momento también para comentar que adora los relojes, al punto de considerarlos su gran pasión. Para la religiosa, el paso del tiempo es un misterio infinito.

Le apenaba contar a sus padres que había obrado a sus espaldas para hacerse misionera. Entonces, pidió al sacerdote lo contará él. Ambos dijeron estar de acuerdo, aunque el inicio ese año de la Segunda Guerra Mundial retrasó la partida.

La Alemania nazi comenzó la contienda bélica en 1939 y contó con un importante apoyo del gobierno fascista italiano. La situación era convulsa y muchos hombres tuvieron que enlistarse en el ejército.

«Mi padre no tuvo que partir, pero vi a muchos amigos, vecinos y parientes irse para no regresar jamás. Era una experiencia dolorosa ver a las madres, a las prometidas, las esposas, abrazarse a los hombres y llorar, llorar sin más. Confieso que en el fondo me sentía aliviada, incluso feliz, de que papá no se fuera.»

El 27 de mayo de 1941, Lina Pegoraro partió para Turín a unirse al convento de Hermanas Salesianas de esa ciudad. Profesó como religiosa el 5 de septiembre de 1944.  No volvería a ver a su familia en catorce años.

«A mi llegada comencé a estudiar para hacerme profesora, pues era un paso muy importante en mi empeño de ser misionera. Al mismo tiempo, pasaba, como novicia, por diferentes pruebas de obediencia, conocimiento y respeto por las penitencias.»

El viraje de la guerra fue radical. Italia, junto con los demás países del eje fascista, pasó de ser atacante a atacado. La situación era dura, cruenta.

«La vida en el convento era muy difícil. No teníamos ningún refugio, así que nos tuvimos que quedar en el edificio y protegernos en los sótanos. También brindábamos asilo a las personas que se habían quedado sin hogar, por lo que quedábamos casi cincuenta personas hacinadas  y  temerosas.

«Las bombas eran terribles. Escuché cientos caer y vi unas pocas, pero el miedo era el mismo. El impacto que tenían en la ciudad tras ellas era casi peor. Los edificios destruidos, las plazas y comercios vacíos creaban una atmósfera desalentadora.»

Tras el recuerdo de los estallidos, los ojos de Sor Lina se humedecen y su expresión demuestra cuán aterrada está aún de aquellos feroces espectáculos.

«Nosotras salíamos a recorrer las calles para auxiliar a los heridos y necesitados. No era raro encontrar a los sobrevivientes ante sus casas, quemados o sangrientos, desesperados por la muerte de sus familias. Mi labor era consolarlos, pero no fueron pocas las veces que yo misma quedé desolada.

«En una ocasión encontré a un hombre tirado en plena calle llorando, estaba herido. Me acerqué e intenté levantarlo. Rechazó mi auxilio y suplicó que le ayudara a morir. Toda su familia había muerto, no quería estar solo. Miró mis ojos y preguntó: ¿Por qué Dios permite esto? Respondí casi mecánicamente que solo el Señor sabe por qué hace tan torcidos los caminos. En mi interior, la falta de fe se convirtió en otra fuente de temor, pero llegué a la conclusión de que no podía ceder.»

En el salón donde conversamos, rodeado de sillones e imágenes de santos, la hermana Pegoraro continuó relatando sus pesares durante el mayor enfrentamiento bélico que ha conocido el mundo. El hambre se convirtió en un problema grave. Los mercados habían cerrado, era difícil encontrar los alimentos y artículos de primera necesidad y los precios estaban crecidos desmesuradamente.

«En una ocasión, la madre superiora nos encargó a una compañera y a mí buscar algo de comer para el desayuno. Lo único que pudimos encontrar fueron cuatro huevos. ¿Te imaginas compartir cuatro huevos entre las cuarenta monjas del convento? Por muy buenas intenciones que tuviéramos, era imposible.

«La situación mejoró un poco cuando algunos campesinos nos solicitaron que participáramos en la recogida de trigo. El padre de una de las novicias construyó un horno para nosotras. Preparábamos el pan y lo repartíamos entre los desamparados. Ese fue mi aporte durante la guerra.»

-¿Qué cree sobre el papel de la iglesia católica,

principalmente del Vaticano, durante

 la Segunda Guerra Mundial?

«Muchos fueron los sacerdotes y monjas que se unieron como enfermeros y hasta médicos. Incontables brindaron su ayuda a los desamparados, como nosotras mismas. En cuanto al Vaticano, creo que pudo haber tenido más influencia en contrarrestar la exterminación de los judíos. Aquellas eran acciones detestables, inhumanas, que cometían hombres sin corazón, diciendo amar a Dios. Hombres así no aman a Dios, pues no aman al prójimo. Hombres así no merecen conocer siquiera la palabra de Dios.»

En 1946, Lina cumplió su sueño de hacerse misionera. La enviaron a Cuba junto con otras cuatro hermanas. Comenzó a dar clases en uno de los colegios de las Hermanas Salesianas de La Habana en la Víbora. De esa experiencia guarda gratos recuerdos.

Al triunfo de la Revolución, el 1ero. de enero de 1959, no se encontraba en Cuba. Estaba en Italia recibiendo un curso para convertirse en profesora de novicias. Siguió un período en que las relaciones entre el gobierno y la iglesia fueron difíciles y no pudo regresar al país hasta el año 1980. Desde entonces, vive en nuestro país, al cual considera su segundo hogar.

La Segunda Guerra Mundial reportó un total de 61 820 315 víctimas. De ellas 410 000 fueron italianos, y 80 mil pérdidas civiles. Sor Lina Pegoraro sobrevivió al terrible período que enfrentó el mundo y hoy cuenta su historia. La historia de cómo el amor a Dios  le dio fuerzas a esta mujer para enfrentarlo todo.

Pie de foto: A pesar de la edad, Lina sigue haciendo honores a su vocación.

Ficha Técnica:

Objetivo Central: Dar a conocer las impresiones y experiencias de Lina Pegoraro, superviviente de la Segunda Guerra Mundial.

Objetivos Colaterales: Mencionar las razones que la llevaron a profesar como monja y los férreos valores católicos de la entrevistada.

Tipo de entrevista;
Por los participantes: Individual.
Por su forma: De citas.
Por su contenido: De opinión autorizada.
Por el canal que se obtuvo: Cara a cara. Directamente.

Tipo de título: Llamativo.
Tipo de entrada: De retrato.
Tipo de cuerpo: De citas.
Tipo de conclusiones: De opinión o comentario del entrevistador.
Tipo de fuentes: No documentales y documentales.



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