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EL ARTE ESPERA A LA ENTRADA DEL METRO

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LUISA MARÍA GONZÁLEZ GARCÍA,
Estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Si usted desea disfrutar de mucho de lo mejor que en materia de arte ha acumulado la civilización humana, vaya a París. Yo no he ido, pero me lo han contado. Me han hablado, por supuesto, de la Torre Eiffel y la he recibido como regalo en miniatura. He escuchado del Louvre, del recorrido ultra-panorámico de un día, del recorrido exhaustivo que dura semanas y de lo que no falta ni en uno ni en otro: la fila enorme para llegar frente a un pequeño cuadro en el cual una antigua señora parece preguntarse: ¿y todo esto es para verme a mí?

Sobre eso y más se dice bastante: de mil museos, de catedrales, de antigüedades y modernismos, de quesos y vinos. Y también me han advertido, muy importante, que hay que llevar preparado el bolsillo.

De lo que nadie me ha contado es de aquello que por gratis, o quizá solo barato, se vuelve imperceptible a ojos del extranjero. Ni del caudal del Sena, ni de esta calle o aquella, ni de un parque con flores. Tampoco me han hablado, por ejemplo, de los accesos a las estaciones del Metro de París, uno de los principales exponentes del Art Nouveau francés y sello emblemático de la ciudad.

Para la Exposición Universal de París de 1900, el arquitecto y diseñador Hector Guimard (1867- 1942), construyó entradas para varias de las estaciones del metro cuya notoriedad fue tal, que durante los años siguientes irrumpirían con fuerza inusitada las calles de la gran ciudad. Tan significativas fueron estas creaciones, que durante un tiempo al nuevo movimiento se le conoció popularmente como Style Métro. Actualmente se conservan 86 de ellas; una fue donada al Metro de Lisboa y otra al Metro de la Ciudad de México.

Como ejemplares del Art Nouveau, las entradas hacen gala del énfasis en la linealidad y el empleo de líneas curvas, creando un conjunto de ondulaciones que propicia un ambiente de armonía entre el exterior y el interior. No hay volumen sino líneas interminables. El inicio y el fin de las formas desaparecen en la totalidad del diseño para transmitir una agradable sensación de fluidez y continuidad.

Muy en consonancia con la época, el principal material utilizado en la construcción de las bocas de los metros fue el hierro fundido, con la misma técnica escultórica de rellenar moldes para hacer las estructuras. En algunas, Guimard también utilizó el vidrio para articular la techumbre. Tal es el caso de la de Abbesses, de Chatelet y de Porte Dauphine.

En un intento por contribuir al cambio y a la construcción de un nuevo mundo, el Art Nouveau, o Modernidad –término usado para designar el movimiento a nivel internacional puesto que recibió un nombre diferente en cada país–, rechazó cualquier vínculo con el pasado. Fue Francia una de las plazas en las que más se acentuó este aspecto, debido a que era probablemente donde más enraizada estaba la Academia. Es por ello que el nuevo movimiento concentró su fuente de inspiración en temas vinculados con la naturaleza.

Intentó imitarla y reproducirla. Trató de ser igual de vital, espontánea y renovadora.

Por ejemplo, en el acceso de Parc Monceau o en el de Palais Royal la fundición de las balaustradas y de los apoyos de las lámparas asemejan formas animales y vegetales. En la de Porte Dauphine, se encuentra una marquesina formada por verjas de hierro curvadas en forma de tallos que terminan en pétalos de vidrio. Incluso los sistemas de iluminación son extensiones de las mismas estructuras.

Lo singular de la ornamentación es que no aparece como mero objeto decorativo sino como parte de la misma estructura y en una adhesión totalmente funcional. De ahí se deriva una de las características esenciales del Art Nouveau: su intención de, a través de la decoración, dar un matiz más humano, agradable y natural al proceso creciente de industrialización de las ciudades. Por ello, Guimard convierte un sitio representante del pragmático desarrollo tecnológico en una obra artística, pero no lo hace acumulando adornos sobredimensionados y superficiales, sino haciendo del decorado la esencia y estructura del objeto.

Frente la industrialización del entorno citadino cotidiano, el Art Nouveau quiso convertir estos espacios en lugares especiales, con lo que la tarea del arte era hacerlos modernos, divertidos, festivos, elegantes. Todos los elementos decorativos persiguen el propósito de dar un nuevo sentido al hecho de vivir en una sociedad industrial, y esa intención llevó al movimiento a ocuparse lo mismo de grandes obras arquitectónicas, que de parques mueblería, vajilla, etcétera.

Así es que el Art Nouveau, aunque alcanzó su máxima expresión en la arquitectura y las artes decorativas, fue un movimiento heterogéneo que abarcó diversas maneras de expresión y creación. Su propia esencia lo definió como una vía de alcanzar y transformar cualquier ámbito de las sociedades modernas emergentes.

Entonces, volvamos a nuestro consejo: si va París, que de seguro lo hará algún día, no olvide que el patrimonio artístico de la ciudad trasciende los museos, galerías y espacios destinados a las artes. Recuerde que puede chocar con él mientras camina por la acera, o disfrutarlo si compra un ticket para tomar el metro.

 



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