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ME ROBARON EL TECHO

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KARLIENYS CALZADILLA PADILLA,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Llevaba meses preparando mi fiesta de cumpleaños. Dieciocho años se cumplen una sola vez en la vida. Agosto me inspiraba nuevas alegrías, mas cuando en septiembre iría a la Universidad. Pero en un minuto pueden cambiar los planes, eso lo comprendí cuando sentí el alboroto entre mis vecinos. Hablaban de un huracán que se aproximaba, y un gran torbellino pasaba por mi mente.

A solo un día de los añorados festejos, mi casa se convirtió de pronto en el refugio de mis amigos del barrio. Las paredes cambiaron sus colores. Todo se oscureció de pronto, y mi abuelo, como por arte de magia, se transformó en carpintero. La varita del hada madrina no me trajo una carroza para remolcar los palos de eucalipto que cargamos mamá y yo para sostener las ventanas. Mi abuela aseguró las provisiones, porque como siempre sucede, pronto quitarían el fluido eléctrico. Era el treinta de agosto del 2008.

Había tristeza entre los míos. Olía a lluvia y a viento. Las tres de la tarde parecían las diez de la noche. Ya no pensaba en mi onomástico. Ahora me preocupaban mi tío y su familia. Al parecer, el ciclón azotaría su pueblo, y a ellos solo los protegían unas viejas paredes de tabla y un escandaloso zinc. Por suerte, estaban bajo un techo seguro, pero qué quedaría después para ellos, me preguntaba constantemente.

Miraba a mi alrededor y el alma se me hacía pedazos. Ya comenzaban a volar los canelones, los trozos de madera. Un pequeño televisor con batería y un radio de magneto nos mantenían al tanto de la evolución de aquel fenómeno. El patio de mi casa se cubrió de árboles caídos. Yo pensaba en mi tío, en mi primito de tres años.

Llegada la medianoche, el agua comenzó a penetrar por la puerta del fondo. Mis tobillos estaban mojados, y mis ojos empapados. Ya tenía 18 años, pero por primera vez quería que se detuviera el almanaque. Todos me felicitaban, y el palo de trapear fue el regalo más inmediato. Yo seguía pensando: pensaba en la familia que estaba lejos.

Recordaba que de niña me gustaban los ciclones, para tener mucha gente en casa, y sentarnos quince personas a comer en la misma mesa, y jugar dominó bajo el humo de los faroles, y mojarme con la lluvia. Pero nunca había visto tanto desastre en mi vida.

A las dos de la mañana pude conciliar el sueño. Pero los mayores no dormían. Ráfagas de viento arrastraban todo cuanto se encontraban en su camino.

Amaneció, y el patio de mi casa estaba totalmente cubierto de ramas. Cercano al garaje habían tiradas unas planchas de zinc que volaron más de cien metros: se habían desprendido de la casa de un primo que pasó el huracán bajo nuestra protección.

Los cables de la electricidad dormían en el suelo, y ello nos mantuvo tres semanas sin disfrutar de los privilegios de la luz artificial. Todo era ruina y desesperación. Yo pensaba en mi tío, en su hijo. Por una llamada telefónica supimos que estaban bien, pero aún no se habían podido arrimar a su terreno porque las calles estaban intransitables.

Inspeccioné los alrededores, les ofrecí mis condolencias a los más de veinte vecinos que quedaron sin cobija. No se perdieron vidas humanas, pero a muchos se les fue la vida con aquel fenómeno.

Mientras mi mamá limpiaba y organizaba la casa, yo recogía los escombros. En la tarde, mis abuelos visitaron a mi tío. Según comentaron horas más tarde, demoraron mucho para que el auto en que viajaban pudiera llegar hasta allí. Ahora llovía a cántaros en el interior de aquella casita de tablas, alumbrada, durante más de un mes, por la luna y las estrellas.

Las anécdotas del viaje realizado retumbaban en mis oídos una y otra vez. ¿En qué más se podía pensar luego de conocer el sufrimiento de mi primito de tres años? “Abuelito, me robaron el techo, se me mojó el colchón. ¿Dónde está mi ropa?”

No ha habido desde esa fecha otro fenómeno similar, aunque vivo con el temor de que la historia se repita nuevamente. Muchos no se han recuperado de aquellas pérdidas, y yo no he olvidados las palabras del pequeño que el día de mi cumpleaños me hizo pedazos el alma. Hoy no logro memorizar el nombre de aquel ciclón, y prefiero no hacerlo.



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