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A LA SOMBRA DE AMBOS MUNDOS

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BRENDA FERRER BERMÚDEZ,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En el corazón de la vieja Habana, allí donde confluyen dos de sus más concurridas calles, Obispo y Mercaderes, se alza un edificio que mantiene el esplendor de otro siglo. En el último piso, el cuarto 511, aún conserva la esencia de su otrora asiduo inquilino, y la atmósfera gira en torno a la pieza fundamental de la estancia: la máquina de escribir de aquel aventurero creador de El Viejo y el Mar.

Una tarja situada en el flanco oeste del inmueble anuncia al viajero: “En este hotel Ambos Mundos vivió durante la década del 1930 el novelista ERNEST HEMINGWAY. Consejo Nacional de Cultura.”

Famoso entre famosos, el hotel combina elementos de distintas épocas y tendencias, y los mezcla logrando un ambiente seductor. Es un estilo ecléctico que envuelve también a la pareja que, contenida en el tiempo y el espacio, mira sin mirar, mientras la observo desde la distancia de una ventana de la habitación.

No se mueven, no hablan, no pestañean. Ella tiene los labios apretados y una mirada que estremece. Todo el vestido es de tul blanco y flota sobre sus rodillas. Es una nube. El dedo del corazón porta una sortija, dorada como su rostro, sus manos, su pecho y su espalda. Gracioso el sombrero que se confunde con un nido de aves por ser de paja, al igual que sus zapatos. Posa con el torso ligeramente inclinado hacia atrás y los brazos doblados como niña fina.

Él sostiene a la altura del pecho y con manos plateadas tres bolos circenses. El rostro en dirección contraria a la dama tiene una mirada seria, inquisidora. Sombrero rojo andaluz, roja también la camisa, chaleco negro ajustado, corbata fina y pantalón ancho y roído; elementos que conforman un disfraz indescifrable, pero encantador. La pintura plateada cubre su rostro como un antifaz y los rizos negros rozan los hombros.

Alguien echa una moneda en la vasija rosa que está a sus pies, y de repente…, ¡la maravilla! Las notas metálicas sacan a sus cuerpos del letargo y los traen a este mundo.

Mientras la dama devuelve las miradas expectantes, su prometido hace girar el verde, amarillo y azul de los bolos. Luego, ella se aferra de espaldas a la columna donde se encuentra la tarja, y se queda allí, con el pecho erguido, el rostro al cielo y los ojos. Él queda de rodillas con la espalda recta mirando fijamente otro par de personajes que está a sólo unos metros.

Entonces los veo. Ambos son músicos de plata a quienes el tiempo congeló en pleno concierto. El de la derecha es violinista, viste de traje y su instrumento es apenas más grande que sus manos. Su compañero toca el tambor y unas largas y gruesas trenzas con cuentecitas caen sobre su espalda.

Al sonar de las monedas, el aristócrata incita a su amigo a danzar. Un, dos, tres, ¡eso!, otra vez, y un, dos, tres… Mueven los pies de un lado al otro al son del tambor, y las risas invaden al público.

Todos se detienen a mirar, desde la madre apurada que va a buscar a su niño al círculo, el viejito vendedor de periódicos, hasta el guía de turismo con toda su delegación. Gentes de todos los colores, tamaños y edades hacen una pausa en su viaje para contemplar el espectáculo a la sombra de “Ambos Mundos”.

Después de unos segundos, los músicos vuelven a apagarse, pero el brillo de sus ojos sigue vivo y miran pícaramente a quienes los rodean.

Son retratados, filmados, cuestionados. Unos ríen, otros comentan, o simplemente disfrutan. Lo cierto es que estos “muñecos de cuerda vivientes” del grupo Gigantería, alegran el boulevard y captan la atención del transeúnte con una propuesta distinta a la habitual mulatona que masca tabaco y tira las cartas.



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