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LA ÚLTIMA SONRISA DE RAFAEL TREJO

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Análisis de la crónica, escrita por Pablo de la Torriente Brau.

YOHANA LEZCANO LAVANDERA,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“Aquel cronista vivió la vida con la avidez del que asiste al cine; combatió con el entusiasmo y el humor como escudos infranqueables y creyó en el periodismo como una actividad vital, imprescindiblemente creadora, capaz de devolvernos enriquecida nuestra propia imagen como individuos, como pueblo, como nación.” (1)

Este elogio no es más que un intento por condensar en pocas palabras la inmensidad de Pablo Félix Alejandro Salvador de la Torriente Brau, uno de los nombres más gloriosos de la historia revolucionaria cubana, y también de los más altos exponentes de la literatura y el periodismo del siglo XX.

Y es que Pablo logró, mediante su estilo único, contar la historia de su suelo con una voz de denuncia y combate, de inconformidad y resistencia ante una realidad que no quería para su gente, para su Cuba.

La obra literaria de Pablo merece reverencias y congratulaciones, pues sin dudas, marca una pauta en el quehacer artístico nacional. Sin embargo, es en la actividad periodística donde Pablo mezcla habilidad y pasión en el afán por transformar su entorno, teniendo siempre por bandera un firme sentido de la ética y un respeto inquebrantable por la profesión.  

“Recordé que yo era periodista, que mi gusto era ir por entre el pueblo, buscando su emoción para expresar sus anhelos” (2), diría este cronista, fiel apasionado de su contexto histórico.

Los trabajos periodísticos de Pablo de la Torriente Brau renovaron el lenguaje preestablecido en el hacer cotidiano de los autores de noticias, reportajes, crónicas…., pues introdujo, de modo natural, la riqueza del habla popular combinada con una fina ironía y un humor agudo y auténtico, siempre sobre la base de apelar a temas sensibles y humanos que trataran de cerca la cruenta realidad de aquel entonces.

Además, este intelectual cubano es el precursor del género testimonial en la Isla; cada entrega periodística es una síntesis de sus vivencias, la condensación de historias cuyo núcleo central es la experiencia del autor como guía narrativa en el desencadenamiento de la acción.
 
"Porque mis ojos se han hecho para ver las cosas extraordinarias y mi maquinita para contarlas. Y eso es todo…" (3).

Precisamente, esa perpetua labor de testimoniante de su tiempo y de su vida es lo que más emparenta a Pablo de la Torriente Brau con la crónica periodística.

La crónica, género que parte del vocablo derivado de la voz griega cronos, que significa tiempo, es vista por muchos como el más “aristócrata” dentro de los géneros del periodismo porque es el estilo que más se acerca a la literatura.

El cronista se distingue por relatar y describir hechos históricos con un orden establecido cronológicamente, acción antepuesta a la mera identificación con cualquier desahogo emotivo. Se trata, entonces, de iluminar determinado acontecimiento con una visión que subraye su trascendencia, su significado, teniendo en cuenta el manejo de factores que apelen a lo emocional.

Ante tal conceptualización del género, no se admiten vacilaciones al considerar a Pablo como uno de los mejores cronistas de su época. Con un claro matiz subjetivo, el autor dibuja contextos, atmósferas, situaciones y personajes reales pasados todos por su óptica personal. “La última sonrisa de Rafael Trejo” es prueba fehaciente de las habilidades que como cronista poseía Pablo.

Este trabajo, publicado en Ahora, “El Periódico de la Revolución”, el 30 de septiembre de 1934, quiere reseñar los sucesos ocurridos cuatro años antes en la Universidad de La Habana como pretexto para homenajear la vida y el ejemplo de uno de los héroes de la Revolución del 30: Rafael Trejo, herido mortalmente ese funesto día de acciones estudiantiles en contra de la policía machadista.

Una vez más, Pablo comienza su historia sin entregar en desnudeces el centro de la acción, sino que da inicio a un proceso de identificación del lector con un tema: “los sucesos dramáticos de la vida”. He aquí uno de los momentos en los cuales utiliza su experiencia vital, tanto de la niñez como de fragmentos recientes de su devenir, en una enumeración de situaciones peligrosas que pasan por su mente para connotar en un grado más alto la significación del suceso que va a comenzar a contar: “Mi vida ha sido libre, tiene muchos recuerdos interesantes, pero creo que ninguno puede ser más trascendental que el del 30 de septiembre”.

Pablo invita al lector a adentrarse en sus pensamientos y deseos, en lo más sensible de su ser; un ejemplo de ello es cuando vuelve a realzar la magnitud de su tema central al expresar que de todos los sucesos de aquel día, lo que más le impactó fue la última sonrisa de Rafael Trejo.

Continúa la labor de participante dando su visión detallada sobre los hechos ocurridos en aquella jornada sangrienta, describiendo tanto acciones como estados de ánimo, sin dejar caer nunca la expectativa, la espera impaciente por la aparición del ya anunciado personaje principal –junto con el propio Pablo, claro está-.

De este modo, el público va viviendo cada instante del relato junto a su emisor, desde la euforia revolucionaria con los desenfrenados gritos de: “¡Muera Machado!”, hasta la represión que protagonizan esos de la “loma manchada de azul”.

A partir de la descripción de la caída de Pablo se puede identificar un cierto punto de giro en la historia, artificio del que se vale el autor para introducir la penosa situación en la que se encontraba Trejo. Desde ese momento, se utilizará una constante analogía entre el estado de Pablo y el de su compañero de lucha para describir así la incertidumbre, la pena, el dolor que se siente por un hermano de causa.

En medio de ese relato de acciones violentas, de desesperación, de rememoración de sucesos trágicos, Pablo es capaz de intercalar personificaciones, símiles y metáforas con un contenido filosófico; pero que parten de contar desde su “yo”, dejando a un lado el presupuesto de la “objetividad” y la visión del periodista como ente aislado, como individuo exterior  a los hechos que se narran.

Es entonces cuando caemos en otro giro en la historia al enterarnos, una vez más en boca del autor, del grave estado de Rafael Trejo. El dramatismo se acentúa cuando el médico dice definitivamente que el joven estudiante no se iba a salvar de ninguna manera (para ello Pablo utiliza el recurso formal de las comillas).
 
El último subtítulo del texto (elemento característico de la obra de Pablo y muy utilizado en el periodismo con el fin de fragmentar los temas para darles mayor cohesión a la par de ofrecer comodidad visual al lector) desborda la sensibilidad de quien ha llegado a este punto de la lectura.

Pablo congela en un instante la sonrisa de Trejo, aquel gesto suyo de dar ánimos a su semejante, de alentarlo a superar ese momento intenso: “Su sonrisa apenada por mi situación, me pareció un sarcasmo doloroso a su espléndida juventud que iba a rendir un esfuerzo inútil por salvarse.”

Frente a esta imagen queda la sonrisa de Trejo como símbolo de la constancia y la abnegación por la lucha estudiantil, como el ejemplo de un héroe que se hace inmenso por su conducta, que se levanta para señalar el mejor camino a seguir en el andar revolucionario y antimperialista: “Recuerdo aquella sonrisa tan limpia, de un hombre que tuvo la gloria de morir como un héroe.”

“Aquella ingenuidad animadora de su última sonrisa es como una perpetua esperanza, como un eterno alentar para pasar con un poco de desprecio sobre todas la pequeñas vilezas de los que resbalan sobre su sangre, que fue generosa, que rodó por las calles hacia todos los horizontes, sin preferencia por ninguno, que cayó pensando solo en que la vertía por la liberación de un pueblo entero, sometido por la opresión y el terror”.

Un periodista nato

La crónica analizada anteriormente es uno de los tantos ejemplos del periodismo audaz practicado por Pablo de la Torriente Brau. Su labor en Ahora desde enero de 1934 es muestra de su constante búsqueda de renovación en la técnica y el estilo con un nuevo enfoque, con una perspectiva auténtica estrechamente vinculada al devenir histórico de su tiempo.

Pero, ¿cómo ese muchacho que nunca pudo vincularse como estudiante a la Universidad ni se formó profesionalmente en el oficio de reportar, pudo convertirse en una de las mentes más brillantes del periodismo cubano?

Pablo tuvo influencias familiares desde muy niño. Su abuelo materno, Salvador Grau, era periodista, historiador y sociólogo; además, su padre también ejerció el periodismo y la instrucción pedagógica. Por su parte, la madre enseñó a leer al hijo en La Edad de Oro, inculcándole el amor a la literatura.

Pero quizás lo que más incorporó Pablo a su obra periodística durante los seis años en que trabajó como reportero, fue su experiencia como secretario del doctor Fernando Ortiz, hecho que contribuyó notablemente a su formación crítica.

“En ese ejercicio fecundo del periodismo se forjó su personalidad, rica en matices, donde convivían el amor con el humor y la pasión con el análisis.” (4) 

Así, entre ávidas lecturas y retroalimentándose de sus vivencias, Pablo logró convertirse en un genuino periodista que contribuyó a enriquecer la idiosincrasia de su pueblo y a estimular la participación colectiva en los asuntos políticos, siempre denunciando los crímenes cometidos contra sus hermanos revolucionarios. De la Torriente fue un guardián del nacionalismo ante la necedad intrusa, alguien que concilió su sentir de nación con la identidad de su pueblo, a eso dedicó su quehacer y vida.

Pablo redactaba sus trabajos de un modo espontáneo y directo, sin revisarlos ni pulirlos, o sea, los sacaba inmediatamente de la máquina para entregarlos tal y como los había escrito, sin correcciones. Esto se haya directamente relacionado con su filosofía de no presumir la aparente objetividad, sino dejar bien claras sus posiciones y tomar partido.

“No tengo nunca miedo a escribir lo que pienso, ni con vistas al presente ni al futuro, porque mi pensamiento no tiene dos filos ni dos intenciones. Le basta con tener un solo filo bien poderoso y tajante que le brinda la interna y firme convicción de mis actos”. (5)

Esta valentía y sinceridad del joven luchador estudiantil permitieron a Juan Marinello caracterizarlo de la siguiente forma: “…Una generosidad congénita lo empujaba a ser simple, grato y benéfico… Fue un ejemplo de coraje, dignidad y buen sentido…. Lo defendían el valor sin alardes, la hombría permanente y la simpatía radiante” (6).

Junto a la imagen vital de Pablo de la Torriente Brau, el pueblo cubano ha de transitar siempre la ruta de sus afectos para encontrar la vocación perdurable del decoro que en su figura se inmortaliza. Así, queda perpetuado su nombre junto a la más humilde grandeza del periodismo y de Cuba.

“Al mencionar en un balance apretado las cualidades de la obra periodística de Pablo –profundidad, amenidad. compromiso, humor, agudeza, imaginación, naturalidad, mezcla creadora de lo culto y lo popular, sentido auténtico de lo moderno-, no hemos querido realizar un inalcanzable inventario de maravillas, sino poner delante de todos ese conjunto de elementos que conforman una óptica creativa, necesaria en cualquier caso para el ejercicio del periodismo revolucionario… Creo que el resplandor de ese aserto se proyecta sobre nuestra cultura toda, mostrando los relieves que la hacen, al mismo tiempo, mestiza, rica, auténtica”. (7)

Notas:

(1) Casaus, Víctor: “Elogio de Pablo” en Evocación de Pablo de la Torriente Brau. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1997 p 214.
 
(2) Citado en Machado, Jorge: “¿Por qué Pablo?”  En Evocación de Pablo de la Torriente Brau. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1997, p. 180.
 
(3) Citado en Casaus, Víctor: “Elogio de Pablo”, en Evocación de Pablo de la Torriente Brau. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1997, p. 208.

(4) Casaus, Víctor: “Elogio de Pablo”, en Evocación de Pablo de la Torriente Brau. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1997, p. 203.

(5) Carta de Pablo de la Torriente Brau a Raúl Roa del 15 de enero de 1936, en Cartas Cruzadas. p.226.

(6) Marinello, Juan: “Pablo de la Torriente, héroe de Cuba y de España”, en Evocación de Pablo de la Torriente Brau. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1997. p. 162.

(7) Casaus, Víctor: “Elogio de Pablo”, en Evocación de Pablo de la Torriente Brau. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1997. p. 213.

Además de los documentos citados, se consultaron diez artículos recogidos en la compilación varias veces nombrada sobre Pablo de la Torriente Brau y el libro ¡Arriba Muchachos! Ediciones La Memoria. Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2001.

 



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