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TENGO MENUDO

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YUNIEL LABACENA ROMERO,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Sé de una amiga (mejor, muchas amigas) que no recibieron los 25 centavos de vuelto de su compra en la bodega y, ante la queja, nadie les hizo caso. También de dependientes que se ponen molestos cuando uno les exige su derecho, y en ocasiones califican de ridiculez el mero hecho de protestar por unos medios o unas pesetas.

Conozco una profesora que en la farmacia de su municipio dejó de adquirir un medicamento, por no existir cambio para 50 pesos y también de un joven que, con 10 pesos, tuvo que regresar a su casa en busca de un billete de menor cuantía para comprar. Ante esta situación, la respuesta fue siempre la misma: no tenemos menudo.

La expresión se ha hecho popular como argumento de los dependientes de muchos centros que despachan sus productos en moneda nacional. Cualquiera piensa que surgió con el propio hombre; pero, en realidad, es un problema que en los últimos años ha invadido con más frecuencia el ajetreo diario del cubano sin encontrar solución alguna.

Tiendas, cafeterías, restaurantes, oficinas del gas, la vivienda, el agua o el teléfono, en los ómnibus, en todas partes, esta acción parece hallar un boleto al paraíso. Los vendedores se dejan llevar por la demora para el cambio o, en el mejor de los casos, si el cliente espera con su mano abierta a que le regresen lo que le pertenece, con la mayor tranquilidad le ofrecen esa respuesta.

Más allá de cualquier interpretación, la verdad es que hoy casi ninguna entidad posee menudo cuando una persona va a comprar determinado producto y paga con monedas y billetes de un peso en adelante. Casi siempre los centros oficiales son el mejor ejemplo de esta mala práctica que se ha generalizado en el país.

Usted puede ponerse bravo y hasta llamar al administrador de la entidad para que ayude a resolver el problema que claramente le plantearon sus subordinados. En muchas ocasiones, este es partícipe del engaño al cliente. Al solicitar su presencia, casi nunca está o acude molesto al llamado del burlado consumidor… y repite sin importancia las trilladas respuestas de sus dependientes: no tenemos menudo.

Es injustificable recibir esta respuesta en centros que, se supone, cuenten con el menudo necesario para atender a los clientes a cualquier hora del día. Los productos tienen un precio que debemos respetar y demandar como ciudadanos. Ese vuelto pudiera ser el completo para asistir a otro establecimiento. Seguro no aceptarían despachar algún producto si yo no tuviera menudo. En ese caso, ¿la expresión tendría el mismo precio?

¿Qué hacer? ¿A quién reclamar? ¿Cómo enfrentar el problema? ¿A  qué se dedican los responsables de garantizar el menudo? ¿Dónde está la ética de esas personas? ¿Qué decir de la apropiación del vuelto porque sencillamente no hay menudo? ¿Aparece éste entre los llamados derechos del consumidor?

Como una batalla muda entre el empleado y el cliente pudiéramos describir este entorno. Uno a la espera del vuelto, el otro haciéndose el desentendido. Vence el que más paciencia tenga en las escaramuzas de dinero fragmentario, que al final del día, la semana y el mes devienen en miles de pesos que van a parar a los bolsillos de alguien.

Un conocido humorista afirmaba: «Aunque el mundo este revuelto, sonría; total, el quilo no tiene vuelto». ¿Acaso podemos simplemente sonreír cuando violan nuestros derechos ciudadanos? El quilo no tendrá vuelto, pero las monedas y billetes de un peso en adelante, sí.


 



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