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VIVENCIAS DE UNA GUERRA

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Después de 30 años, Luis Grandía Delgado revive en la memoria la misión militar que cumpliera en Angola.

Texto y foto:
DARIANNA REINOSO RODRÍGUEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Luis Grandía Delgado es el actual jefe de la brigada de mantenimiento del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Federico Engels. Desde 1979 trabaja en el centro educacional pinareño como técnico de audio, mecánico y reparador  de lo que con rotura llegue al sótano del comedor –lugar donde se localiza su taller-, porque él arregla “cualquier cosa”.

Pero en este hombre hay que explorar, además, una parte de su vida menos conocida: la participación en la lucha que librara el pueblo angolano contra el apartheid, cuando cumplió misión internacionalista en el país africano.

Para hablar de su vida, sobre todo, durante los años 1981-1983, Luis Grandía enciende un cigarro.

Angola fue el bautismo internacionalista: “Desde 1967 era reservista de las FAR y en 1981 me movilizan y recibo un curso durante seis meses como jefe de pelotón. También me especializo en otras armas, además del mortero, el lanza cohetes. En diciembre ya había arribado a Angola hacia la defensa combativa en Chibemba. Tenía 34 años”.

En Cangamba, al borde de la muerte: “A  finales de 1982, llego a Cangamba como parte del refuerzo. En agosto del año siguiente, en el tercer día de combate, ante el fracaso del primer intento, la misión de evacuar a los heridos se me asigna. Había que atravesar un tramo sin trinchera y eso era bien difícil. Aprovechamos una brecha que había en el campo de minas para llegar al objetivo. Pero cuando caminamos cerca de 40 metros, empiezan los morterazos. Me cae un proyectil al lado y de ahí en adelante no supe nada más.

“Recobro el conocimiento como a las tres horas. Cuando llegan mis compañeros a rescatarme, descubren que tengo una granada de mortero de 60 milímetros al lado de las costillas, encajada en la arena sin explotar.

“El día 6 de agosto, ante la posibilidad de romperse el cerco, se ordena quemar todo. Cuando debo quemar la foto de mi niña de siete añitos, me la echo en el bolsillo, junto al corazón, y digo: No, esta se va conmigo”.

Vivo de milagro, la foto de mi niña fue mi azabache: “Durante el séptimo día de combate nos encontrábamos algunos compañeros en el refugio cuando cae un morterazo que lo derrumba. Tú  ves en las películas que la gente cuando va a morir, ve venir las cosas, así me pasó, yo veía a mi niña delante de mí… Quedé debajo de un montón de palos y tierra. Logré salir, pero mis compañeros fallecieron.

“Entonces, un muchacho de Granma, me lleva cargado hasta el puesto médico. Bajo el fuego, sale de la trinchera conmigo arriba, ¡en medio de los tiros! Yo, medio aturdido, creí que estaba loco, pero los jóvenes eran así de guapos. Tenía heridas cortantes y un brazo dislocado. Cuando llegamos, el médico, herido, le indica a René que me inmovilice el brazo. Me quedo sentado en la cama después de que me inyecta un calmante.

“En eso traen al capitán Bernardo herido gravemente y le cedo el lugar, me siento un poquito más allá porque René dice que no me vaya todavía. Entonces una granada de mortero hace impacto directo sobre el refugio del puesto médico. Mueren, al momento, el capitán, el subteniente Iznaga y el soldado Pavón que allí estaban heridos. El médico es mortalmente herido y, de gravedad, el sanitario mayor, René. Para mí ese fue el momento de más tensión, ver morir a mis compañeros, muy difícil. Salgo como puedo y aviso en la trinchera lo ocurrido”.

Ante los caídos: “Era difícil. Pasábamos el tiempo compartiendo el cigarro, el hambre, la sed, las guardias y las nostalgias. Dejamos hechas muchas invitaciones para visitarnos una vez en Cuba. Algunos se desequilibraban, pero enseguida el espíritu de combatir y vengar al compañero se imponían”.

Las amistades: “José Martí decía que subir montañas hermana hombres, en esos momentos se hermana la gente, solamente nos teníamos unos a otros: nos ayudábamos”.

El tema de las conversaciones: “Cuando llegue a Cuba”.

¡Y aquí tienen que matarnos!: “En esos días tensos, llega el mensaje del Comandante Fidel diciéndonos que resistiéramos, que nos rescatarían costara lo que costara. Mira, yo me erizo. Y a esa hora, cantamos el Himno Nacional y ¡Patria o Muerte!

Si tuviera que volver…: “Lo hago por convicción. El cubano tiene esa conciencia interna de humanismo, solidaridad, que la lleva a cualquier parte”.

De regreso en Cuba: “Cuando yo vi el caimán desde el avión, qué alegría, fue como si hubiera nacido otra vez. Fui directo a ver a mi niña y luego a mi vieja. ¿Qué si lloré? De la forma en que me vi, que pensé que no las vería jamás, poder abrazarlas ha sido lo más grande, lo mejor que me ha pasado”.

Enseñanzas de una guerra: “La misión me demostró que hay que creer en las personas. Adquirí una dosis mayor de compañerismo, humildad. Me convirtió en internacionalista. Aprendí que la vida vale la pena. Lo que pasé fue negro, pero mírame aquí, y todavía voy a seguir rindiendo”.

Ficha técnica:

Objetivo central: Dar a conocer la faceta  de internacionalista del entrevistado.

Objetivos colaterales: Reflejar las experiencias vividas por Luis Grandía en el cumplimiento de la misión internacionalista en Angola.

Tipo de entrevista:

Por los participantes: Individual.

Por su forma: Clásica.

Por su contenido: De retrato, de personalidad.

Por el canal que se obtuvo: Cara a cara.

Tipo de título: Genérico.

Tipo de entrada: De presentación.

Tipo de cuerpo: Clásico.

Tipo de conclusión: De resumen.

Tipo de fuentes: No documentales, directas.



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