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DESEMPOLVANDO LA CIUDAD

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El barrendero René Depestre Fernández, de 72 años, confiesa el orgullo que siente por la utilidad su oficio.

Texto y foto:
AMALIA RAMOS IVISATE,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“Papito”, como todos le conocen, es un hombre delgado, sencillo y fuerte, aunque de caminar cansado por los muchos años. Sus manos son callosas, la piel mulata deja ver algunas arrugas en el rostro y los labios siempre tienen una sonrisa para aquellos que le hablen. Resulta hermoso verlo trabajar con tanto esmero, limpiando las calles del municipio capitalino San Miguel del Padrón, donde vive. A pesar de tener 72 años, el barrendero René Depestre Fernández no pierde las fuerzas para luchar.

Un viernes del pasado diciembre (2011), cuando decidí entrevistarlo, estaba sentado en la terraza de su casa, contemplando los árboles frutales que él mismo había sembrado. Comenzó a hablarme del oficio como quien habla de otra motivación sumada a la vida y de la labor más importante de la sociedad.

“Empecé en Comunales después de jubilado, a los 60 años, luego de trabajar en la empresa de Bebidas y Licores durante más de tres décadas. Gracias a Dios nunca me ha faltado trabajo. Como todavía estoy fuerte y puedo ganar dinero, continúo “luchando”.

“Al principio, no tenía ni el carrito de la basura, y salía con la pala, un saco y el machete a chapear al lugar que hiciera falta. Con el paso del tiempo aparecieron los instrumentos y me asignaron un área fija. Ahora prefiero barrer cerca de aquí, porque aunque fuerte, ¡ya estoy hecho un viejo!, soy el de mayor edad entre los barrenderos de la zona y llevo 12 años en esta actividad.

“Hoy, todos quieren trabajar en oficios más lucrativos. La gente piensa que este no es digno, quién se imagina el mundo sin él. Nos gusta vivir en sitios limpios y organizados, pero pocos tenemos el valor de realizar esta tarea sin avergonzarnos. Es una suerte para mí sentir amor por ella, pues termino el día y creo ver el éxito de mi obra.

“Lo más importante no es el dinero que proporciona sino la satisfacción de hacer algo provechoso. Siento mi utilidad, veo los resultados y me entretengo, necesidad desde la muerte de mi esposa”, dice mientras un silencio nos envuelve y algunas lágrimas interrumpen la conversación.

El diario de René

Cuando pudo recuperarse, logró decir: “Mis días no son los mismos desde la pérdida de Xiomara, hace seis meses. Me siento solo y triste, y para pasar el tiempo, voy al patio a cuidar de las plantas,  veo salir las flores de las matas de naranja, limón… y cocino e invento dulces. Ahora mismo estoy haciendo uno de frutabomba, ¡vamos a ver cómo queda!

“Los domingos son especiales, asisto a la iglesia católica y soy acólito en las misas. Allí tengo amigos y paso ratos agradables. Hice la comunión después de casarme, pues yo no iba al templo cuando era más joven, fue “Xioma” quien me incorporó. En él se respira un ambiente diferente, las personas tienen valores difíciles de encontrar en algunos sitios. Ir a la iglesia es como tomar un relajante, siempre aprendo algo nuevo.

“La vejez es un poco espinosa. Me veo anciano y cansado, tengo que adaptarme, aunque sea complejo. Siempre queda algo bonito, ese es mi consuelo”.

Hojeando el libro de vida

Ahora, René intenta llevar la memoria hacia tiempos lejanos, cuando vivía en Las Villas con su padre, campesino sin tierra, y sus nueve hermanos. Por ser el menor, era el que cocinaba: los mayores se ocupaban de diferentes labores más pesadas.

Entonces, deja escapar una frase como para recrear algún pasaje: “Fue un período muy duro, pasamos mucho trabajo, el viejo mío era cañero y yo un muchacho testarudo que, como todo niño, no veía la miseria. A veces, solo podíamos comer pan y tomar café en un largo día: viví en la pobreza. Siempre fui enfermizo y, por esa razón, de pequeño no pude jugar con los demás.

“Luego del triunfo de la revolución, participé casi en 20 zafras azucareras. Recuerdo una que terminaba agotadísimo todos los días y dormía en una hamaca. Cuando regresé a la casa, nadie me conocía, porque la barba me había crecido cantidad y mi peso había disminuido. El primero en saltarme encima, lleno de alegría, fue el perrito, entonces, sí me reconocieron”.

De repente, se asomó una señora y le puso sobre la cama la ropa recién lavada y planchada: “Su nombre es Maritza, la vecina más solidaria y amable de todas, en ella encontré apoyo cuando lo necesité.

“Son esas las personas que me hacen creer en la amistad: dan ánimo y ayudan a corregir las faltas. Pienso que amigo no es cualquiera, sino quien te toma de la mano y te acompaña en todo instante. La mayor parte de los míos son mujeres, pues comprenden mejor mi forma.

“Otro sentimiento primordial en la vida del hombre es el amor, sin él nada tiene sentido, soy un eterno enamorado. Tuve varios romances, pero sin dudarlo, Xiomara  fue quien me marcó. Desde su partida, la soledad me atormenta; sin embargo, sé que no podré entregar mi cuerpo ni mi alma a alguien más. Esperaré a la eternidad para encontrarme con ella de nuevo”.

Una visión crítica

Cuenta René que mientras trabaja, escucha hablar a los jóvenes en un lenguaje muy distinto al suyo, “¡no hay quién los entienda!”, dice disgustado, “¡mira que cambian los tiempos!”

“¡Cómo se afrentan los valores de la sociedad! Hoy no existe el respeto hacia los mayores y las normas de conducta se pierden. Cuántas han sido las veces que me empujan y no son capaces de pedir disculpas.

“De igual forma sucede con el romance: los adolescentes no tienen parejas estables, no se regalan flores, no escriben poemas… El mundo está “patas arriba”, he perdido la esperanza en la gente”.

-¿Por qué ha extraviado la fe

en el mejoramiento humano?

“Por todos los males que nos afectan. Hay jovencitos, por ahí, malgastando su vida, qué pena me da. Encontrar personas virtuosas es para mí una sorpresa.

“Parece que mi edad no me permite asimilar la crisis actual de los principios sociales: existen quienes, incluso, se burlan de mi profesión sin saber lo que hacen”, dijo alzando las cejas.

“Sin embargo, estoy orgulloso de mi trabajo, es necesario mostrarle a la gente el gran valor que posee; no se concibe tomarlo como bochornoso cuando realmente tiene un papel tan importante: el de mantener higienizadas y recogidas las calles de la ciudad”.  

Pie de foto: René Depestre Fernández, barrendero del municipio San Miguel  del Padrón.

Ficha Técnica:

Objetivo Central: Dignificar la útil labor de los barrenderos a partir de este hombre.

Objetivos Colaterales: Realizar un acercamiento a su vida, para conocer los valores y recuerdos que posee acerca de ella.

Tipo de entrevista:
Por los participantes: Individual.
Por su forma: Mixta.
Por su contenido: De personalidad.
Por el canal que se obtuvo: Cara a cara.

Tipo de título: Llamativo.
Tipo de entrada: De retrato.
Tipo de cuerpo: Mixto.
Tipo de preguntas: Abierta (única).
Tipo de conclusión: Retorna a la idea principal.
Tipo de fuentes: Directa, no documental, primaria.

 



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