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HABLAR DE POLÍTICA

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Este trabajo obtuvo Premio en el Fórum Científico 2013 de FCOM, en la categoría de Comentario.

CLAUDIO PELÁEZ SORDO,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No sé si es solamente una característica de los cubanos o simplemente queda reducido a mi círculo de jóvenes amigos, pero cada vez que me reúno con ellos en una fiesta, cine o concierto terminamos hablando de política. A pesar de que siempre la primera advertencia sea: “Hoy vamos a hablar de cualquier cosa menos de política”. Lo cual lleva implícito que en el último encuentro terminamos discutiendo, con puntos de vista diametralmente encontrados y gritando, porque si hay algo que no hemos aprendido los cubanos o mi círculo de amigos es a discutir sin alzar la voz.

Cuando empezamos a hablar escogemos temas alejados de la política: la jevita, la pura, el puro, la novela cubana en televisión que está en candela aunque a la abuelita del primer piso le gusta. Y entonces salta un criterio que afirma que la televisión cubana cada día empeora, que de cubana solo tiene el nombre, pues son más los programas extranjeros que los nacionales. Y después viene otro con el criterio de que es increíble cómo en el Periodo Especial existían menos recursos y se producían aventuras de mejor calidad: Los Papaloteros, Los Pequeños Campeones, Memorias de un Abuelo,  clásicos que han quedado en el imaginario de toda una generación que siempre compartía a las 7:30 pm su plato de comida con los personajes cubanos de aventura.

A partir de ahí comenzamos a hablar de política, que quiere decir más o menos criticar todo lo criticable e intentar cambiar, desde un pequeño círculo de amigos, todo lo que pueda ser cambiado a pesar del círculo vicioso en el que a veces caemos. Hablar de política implica analizar lo difícil que está la situación respecto a la comida y cuestiones tan básicas como el papel sanitario o la frazada de piso que a veces desaparecen del mercado o se encarecen. Pero la culpa la tiene el bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba. Parte de la culpa, dice uno del debate, la otra parte la tiene el bloqueo interno que tenemos nosotros mismos. 

Cuando se habla de política siempre hay temas, que no pueden faltar: la política migratoria, el bloqueo de Estados Unidos contra Cuba, el cable de fibra óptica (que ha logrado un rating increíble), el transporte público, la agricultura, la burocracia con su clásico peloteo  y las elecciones. Los demás temas dependen del contexto nacional e internacional del momento. En torno a esos tópicos se comienzan a generar disímiles posiciones, desde las más conservadoras hasta las más liberales. A medida que avanza la conversación se descubre que el más conservador es el más liberal en otro tema, mientras que el más liberal al principio resulta el más conservador respecto a otro.

Mientras se habla de política se descubre que no todo es tan fácil. Si en un pequeño grupo se generan posiciones tan encontradas, a niveles superiores debe resultar mucho más complejo y encima de eso tener que decidir. Lo que siempre uno se pregunta que si hay soluciones tan evidentes por qué se hace lo contrario, más o menos como sucedía con la ley migratoria; mientras la preocupación normal era buscar el dinero para el pasaporte, los cubanos  teníamos que preocuparnos, además, por un permiso extra que últimamente siempre otorgaban, pero era un trámite que nunca debió existir.

Hace días un amigo que se había ido a vivir para Alemania y visitaba La Habana, comentaba su nostalgia por sentarse en el Malecón y participar de esas discusiones políticas de las que él siempre formaba parte como protagonista. Él me hizo ver que hablar de política es más nacional que la pelota. Quien se va, extraña esas discusiones donde por más que queramos y lo intentemos, nunca van a tener gracia que sean en voz baja. 

Cuando hablar de política se convierte en la discusión central de la fiesta, concierto o salida al cine, es momento de dejarlo ahí, donde existen criterios que no se van a entender. “Caballero, nosotros no vinimos a hablar de política”, dice la misma voz que al principio advirtió que de cualquier cosa menos de política. Y todas las partes desisten de seguir polemizando, pero con cierta complicidad saben que en el próximo encuentro volverán a caer en la tentación de hablar de política. Para esa próxima vez buscarán el argumento que faltó, la cifra que olvidaron, la cita exacta del autor del artículo leído para tratar de convencer al amigo que tiene una opinión diferente. Al final, nos percatamos que hablar de política significa hacer política.

 



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