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LA NOVIA ETERNA

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El 7 de noviembre de 1986, Gerardo Hernández, uno de nuestros Cinco Héroes, logró un beso de la muchacha que había conocido semanas atrás en la parada de La Rampa camino a su escuela, y que desde entonces se convirtió en su novia eterna. Era Adriana Pérez, esa esposa que a pesar de la distancia y con los ojos llenos de amor y esperanza sabe dar lecciones si de resistencia, verdad y lealtad se trata.

Este trabajo obtuvo Premio en el Fórum Científico 2013 de FCOM, en la categoría de Entrevista.

SUSANA GÓMEZ BUGALLO y

YUNIEL LABACENA ROMERO,

estudiantes de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Tres años sin saber de alguien que dejó de dar señales sin aviso pudiera ser una razón de sobra para olvidarlo. Quizá la incertidumbre mantenga en espera. Pero cuando llega la confirmación de un sufrimiento seguro, aparentemente sin tipo alguno de regocijo, pocos son los que se mantienen “montados en la guagua”.

«La primera vez que escuché a Gerardo después de tres años hablamos con mucha ecuanimidad, sin que ninguno de los dos llorara. Era el mismo hombre que había dejado  de escuchar tres años atrás. Dicen que fue dando brincos desde que colgó el teléfono hasta la celda porque por fin podía tener la confirmación de que yo existía y saber cómo estaba su familia».

Esa es Adriana Pérez con los ojos llenos de amor y esperanza. La esposa de Gerardo Hernández, uno de nuestros Cinco Héroes, sabe dar lecciones si se trata de resistencia, verdad y lealtad.

«Cuando me informaron lo ocurrido, todo se me nubló, dejé de respirar. Entonces me quedé sola conmigo misma para decidir lo que quería hacer y me di cuenta que además de querer acompañar a ese hombre, él necesitaba de la misma posición. Mi futuro seguía estando con Gerardo. Y llegué a esa conclusión por las bases sólidas que tenía nuestro matrimonio de diez años.

«Ahí comencé a desencadenar todos los recursos que no sabía que tenía para llegar al final. Esa siempre ha sido mi meta. Llegar lo más saludable posible y con un matrimonio sólido. Él me dice que llevar 24 años en las condiciones que lo hemos hecho, ya es un mérito.

«El me comenta que muchos no llegan a la mitad pudiendo resolver sus problemas todos los días y aunque algunos crean que hemos durado porque no convivimos, nuestro éxito está en tener la comunicación necesaria sin haber convivido. Él es un buen arquitecto del matrimonio y le digo que me siento orgullosa de que sea mi obra.

«Ha hecho que esto no sea una fase de estancamiento, de costumbre, de rutina. Siempre está en la motivación para cambiar. Tiene un gran por ciento de éxito en esta relación por sus valores, sus cualidades, su nivel de entrega, no solo a lo que ha hecho, sino a mí.

«A pesar de la incertidumbre, de no saber cuándo regresará, vivo orgullosa de haberlo elegido y sobrepasar los momentos más difíciles. Lo quiero con todos sus valores aunque no idealizo a mi hombre».

«¡Ojalá eso les dure toda la vida!»

«Gerardo tiene cierto sentido del humor que sabe utilizar con mucho respeto y críticamente. Es optimista, no solo por esta situación, sino desde antes, lo que le ha servido para llegar hasta aquí.

«Aprovecha todo ese sentido del humor y no falta un momento para enlazarlo con la cotidianeidad. Eso te hace más llevadera la situación matrimonial. Ayuda saber que hay un hombre que está ahí para cuando lo necesites. Siempre busca la manera de alegrar», cuenta.

Una alegría que llamó la atención de alguien y motivó una historia que, 26 años después, no se olvida.

«Una vez mi mamá nos vio sentados en el sofá noviando con mucha contentura y enamoramiento y nos dijo: “¡Ay hijo, ojalá eso les dure toda la vida!” Él se viró con mucha seriedad y le dijo: “No se preocupe, suegra, que esto va a durar toda la vida”. Y así mismo es. Él no acepta que mi mamá se disguste porque nosotros podamos tener alguna diferencia. Cuida que lo que le prometió no se vaya a violar, porque él lo dijo y lo mantuvo así», enfatiza.

Quizá es esa inventiva la que le hizo regalarle, en medio de otro aniversario de bodas en la distancia, un gatico con los símbolos del teclado, a través del correo. Aunque ella no se dio cuenta. Aunque ella «mata su musa» y no lo deja «acabar de madurar». Aunque ella ríe a carcajadas en la soledad de la noche leyendo las ocurrencias de su esposo.

«Me da pena por la gente que me escuche riendo sola. Pero es que siempre está al tanto de todo. Yo digo: ¿cómo sabe que esto está ocurriendo?

«Lo admiro muchísimo como patriota por su rigor, disciplina, fidelidad con todo. Lo admiro por todas las cosas buenas que ha sabido mantener», expresa y pensamos en que ese cariño mutuo es el secreto para trascender al tiempo.

«Somos dos personas diferentes. Él aparentemente es un hombre relajado, que no le da importancia a las cosas, que siempre está riendo… Yo soy más directa, me gusta todo en su lugar y soy más seria a la hora de enfrentar la vida. A cada rato le pregunto si no piensa madurar y me dice que no va a cambiar», recuerda entre risas.

Un nivel superior para el amor

«A nosotros nos cambió la vida de hoy para mañana. Tener que hablar bajo presión de que te escuchan, de que él habla con un cronómetro en la mano para calcular el tiempo que le queda de llamada. Que te dice “te dejo, te dejo”, y te quedas con la palabra en la boca. O cuando sientes detrás del teléfono la voz de un guardia llamándolo.

«El correo se lo aprobaron hace un año y medio, incluso después de otros reclusos con condenas más severas. Por ahí la comunicación fluye mejor para los dos, aunque está monitoreada y a él se la dilatan bastante.

«Cuántas cosas ustedes hablan con sus novios?, ¿cuando su mamá o su papá tienen un problema para quién se viran? Para la pareja. Es lo mismo de nosotros y no lo tenemos. Siempre discutimos los asuntos y tratamos de saber qué es lo queremos y cómo lo vamos hacer.

«La comunicación ha sido muy importante y el enemigo lo sabe. Quizá por eso la ha evitado tanto y mantenido bajo estricto control, incluso la interrumpe cada vez que puede. Pero siempre buscamos un nivel superior, siempre decimos que no pueden acabar con ella. El amor da todo esto», comenta orgullosa.

Realmente sus historias son impactantes. Escucharlas cambia la vida. Ese amor que pudiera parecer tan imposible e inmaterial, sabe alimentarse bien de ciertos detalles.

«Cuando tengo la posibilidad le compro un regalito. Y lo pongo a adivinar. Esa es la forma de que se mantenga dentro de la convivencia.

«No sé hacer postales, no tengo facilidad para hacer dibujitos ni para adornar lo que le mando. Él sí. Yo tengo otro tipo de detalles. Él se muere porque le haga un poema. Yo le digo: “¡Ay, mijo si yo te hago un poema tú te divorcias!” No tengo la creatividad ni la musa. Entonces le copio los poemas, las canciones. Él se lo sabe todo, se acuerda de todo.

«No sé cantar, no me acuerdo de una letra de canción. Él me canta canciones para que las siga y lo que se arma es… Como él dice: “¡Tú el Himno Nacional y corre!”. Pero así te diviertes y vas haciendo las cosas para no caer en el mismo problema», apunta esta mujer seria que sonríe gracias a las ocurrencias de su esposo.

«Esos son los valores que hoy sigo defendiendo. Los valores de ese hombre que elegí cuando tenía 21 años y que, aunque no madure, ¡lo hago madurar a palos! Y él a mí en algunas cosas porque no me ha podido enseñar a dibujar», explica divertida.

Gerardo ama el deporte nacional. Y cuenta con una narradora de calidad para transportarlo al estadio.

«¿Tú quieres algo más sencillo que cuando veo un juego de pelota? Cuando Industriales gana me echo a llorar. No debía ser yo quien disfrutara de eso porque él lo siente, esa es su pasión. Sin embargo, tengo que ser quien se lo cuente por una llamada telefónica», dice con dolor.

Un dolor que Adriana no anda gritando pero deja heridas, a veces no tan perceptibles.

«El otro día le decía a Gerardo: “Yo diera cualquier cosa por tener ropa de hombre colgada en el pedacito donde tiendo. ¿Tú sabes qué hago a veces? Lavo todas tus ropas y las cuelgo. Las recojo y las vuelvo a doblar”. Son las cosas cotidianas que cualquiera hace, que aburren, porque no todo el mundo tiene ganas de lavar ni de planchar, pero, sin embargo, eso es lo que añoro. Porque no lo tengo hace más de 20 años».

Veintiséis noviembres después

El 7 de noviembre de 1986 Gerardo logró un beso de la muchacha que había conocido semanas atrás en la parada de La Rampa, camino a la escuela. Por fin la joven del poema compuesto el mismo día que la vio iba a convertirse en su novia eterna.

«Yo le digo que él se me atravesó en el camino y él me contesta que estábamos predestinados. Cuando conocí a Gerardo no buscaba pareja, no tenía deseos de complicarme la vida. Luego vi en él todas las cualidades que quería.

«No conocí a Gerardo siendo héroe. El de mi casa es el Gerardo hombre, el que elegí porque me gustó, porque teníamos intereses para el futuro idénticos, que proveníamos de familias muy unidas y un ambiente familiar estable», explica.

Entonces llegan más risas y esa historia de cómo su mamá se apareció en casa del muchacho misterioso para conocer a la familia. El cuento de que con tres días de noviazgo, Gerardo aceptó la invitación a almorzar de la suegra porque ella «le vio el hambre reflejado en el rostro». La burla otra vez de esa suegra porque «ya Gera se estaba quedando calvo».

«Cuando nos casamos, vivimos algunas veces en casa de mis padres y otras con la familia de Gerardo. En ocasiones, jugando, decíamos que íbamos a divorciarnos. Luego pensábamos en que a nuestros padres les iba a dar un infarto, en que había que buscar un camión para trasladar todas las cosas, en que vivíamos agregados y había que respetar a los dueños … y decíamos: “Mejor vamos a arreglarnos”.

Lo difícil del amor

«Cuando a Gerardo lo consideran culpable él me llama y me dice: “Mi reina, ya todo terminó. ¿Ya lo sabes? Culpables todos de todos los cargos”. Sentí que la voz le tembló y le dije: “Tranquilo, sabíamos que iba a ser así, hay que seguir adelante”. Él respondió: “¿Tú sabes lo que nos espera? No bajo de cadena perpetua”. Le contesté: “Tranquilo, yo sé que va a ser cadena perpetua”. Fue un momento muy duro», rememora.

Cada situación ha sido compartida. El amor no permite que el sufrimiento sea de uno.

«Intenté permanecer 24 horas encerrada en el baño de mi casa para ponerme en el lugar de Gerardo. Quise tener la sensación de ver lo que él podía estar sintiendo. No las terminé. Salí. Porque tenía al alcance de mi mano abrir la puerta», cuenta.

Gerardo y Adriana continúan con la familia que han formado entre sobrinos y familiares. Pero ese deseo de dejar lo mejor de cada cual en un ser humano quizá no pueda hacerse realidad.

«Por mi edad lo estoy dejando sin la posibilidad de tener hijos. Sin embargo, él está preocupado porque por su situación, no podré hacerlo. Pero no los tenemos porque el gobierno de Estados Unidos no lo ha permitido y la situación política conllevó a que ellos tuvieran que estar allá y que a las edades que nos pasó, nosotros no tuviéramos esa posibilidad.

«Siempre pensamos que los hijos eran para tenerlos y formarlos entre dos porque así se concebían. Si tan necesaria es la presencia de la madre, es igual con el padre. Teníamos la vida por delante. Nunca nos imaginamos este tropiezo», confiesa.

«Fuimos comprando cositas poco a poco, otras nos las regalaron. Algunas las compré más adelante porque estábamos en período especial y para mí era muy difícil sacar de un salario para la canastilla. Muchas están sanas, guardadas y son las que en un momento determinado tomaré y regalaré para que alguien les dé uso».

Pero Adriana es fuerte. Se lo debe al amor de Gerardo. A pesar del llanto, a pesar del dolor, a pesar de la distancia, a pesar de la incertidumbre… ella termina el recorrido.

«No sé si la relación nuestra va a ser toda una vida así. Tengo confianza y esperanza en que no ocurra, en que Gerardo regrese. Pero también tengo los pies sobre la tierra. Hoy la ley dice que Gerardo, con dos cadenas perpetuas, manipulación y todo un proceso contra él, se muere en la cárcel. Hoy para Adriana y Gerardo ese futuro no puede ser», afirma Adriana.

Gera: Bueno, ¿qué vamos a hacer? Te doy la oportunidad de que hagas con tu vida lo que quieras.

Mi reina: No, yo sigo contigo hasta donde sea.

Gera: Lo único que quiero es que estés segura de que puedes bajarte de esta guagua. Hasta hoy voy a seguir estando orgulloso de lo que has hecho porque me has entregado tu vida. Lo único que te puedo garantizar es que esta guagua va por un camino complicado, que vas a dar tumbos de un lado a otro, que vas a poder vomitar, que vas a poder sentir náuseas. Pero lo único que te puedo decir es que esta guagua va en camino a estrellas.

Mi reina: Voy con la guagua, yo sigo contigo.



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