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EL ABSURDO DE LAS SILLAS

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ANA LAURA PALOMINO GARCÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Dicen que hay días para divertirse, otros para reflexionar y algunos para cuestionarse la capacidad del ser humano de ser mejor. Por desgracia para mi fue uno de estos últimos, y una vez más entendí el descontento de no pocos ciudadanos a la hora de enfrentarse a los problemas cotidianos.

Madrugué para evitar la cola interminable y los insultos correspondientes, y me presenté a las siete menos cuarto de la mañana en la oficina de ETECSA correspondiente al municipio La Habana del Este. Como faltaba mucho para que comenzara el horario laboral, decidí sentarme en una de las sillas del local, sin embargo, el cuidador decidió mandarme a levantar de la peor manera y con gritos alarmantes.

Le pregunté amablemente el por qué de su molestia, a lo que respondió que a él le habían indicado que las sillas no eran para sentarse. La verdad es que no entendí su razonamiento y tuve que esperar una hora y 45 minutos de pie a que abriera la oficina.

Una amiga me comentaba otro de estos ejemplos. Su abuela se encontraba muy mal y ella pidió una ambulancia. Al llegar al hospital más próximo le dieron que no la podían atender ahí, porque esa no era su área de salud. Luego de ruegos y peticiones de clemencia la paciente tuvo que ir al sitio “conveniente” a atender su dolor. Es como si en lo adelante tuviéramos que enfermarnos solamente en el lugar donde radica el hospital que nos corresponde.

¿En qué momento algunos decidieron volverse enemigos de sus semejantes? ¿Por qué acatamos sin cuestionar las decisiones absurdas que ni nosotros mismos entendemos?

Es probable que los que lean este comentario piensen que toco un problema menor o sin importancia, pero debemos cuestionarnos los absurdos para que el final no nos corroa la decadencia de la que somos víctimas en determinados espacios.

No se trata de ir por ahí contra todos y discutiendo a placer cualquier medida que se adopte, sino pensar antes de actuar. Lo que planteo es solo el primer eslabón para evitar una cadena interminable de ilógicos.

No pretendo hacer un manual de buenas maneras, ni dar lecciones de moral, solo abogo por comprensión: las reglas están para cumplirse, pero también para adecuarlas a cada situación.

Quizá haya que perder la fe en el ser humano y querer más a los perros, pero la esperanza se encuentra al doblar la esquina en un mundo donde las sillas son para sentarse y los hospitales son para salvar vidas.
  



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