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DOS CASITAS VERDES Y UN MUNDO DE FANTASÍA

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JANELLE PUMARIEGA SANTANA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Tenía nueve años cuando mi mamá me dijo que me cambiaría  para una escuela cercana a su trabajo. “No” –fue mi primera reacción. Y la segunda, las lágrimas.

Días después, porque los niños van a donde sus padres los lleven, fuimos a visitar el que sería mi “para nada deseado” nuevo centro de estudios primarios.

Dos casitas verdes figuraban en lo alto de Nuevo Vedado, bajo un cielo plagado de nubes tortuosas que lloraban fría y esporádicamente. Al portal de la casita de las tejas rojas y el techo de madera, se llegaba tras subir unos cuatro o  cinco escalones de cemento. Justo allí, un grupo de niños con pañoletas anudadas en el pecho, esperaban ansiosos el cese de la llovizna, para asaltar el terreno deportivo que los aguardaba como un desierto gris y silencioso, con sus correspondientes aros de baloncesto sin canastas,  y algunas ramas intrusas trepidando al filo de las pautas del viento.

Entonces advertí el tronco. Quizá por muchos años había sido una palma real, de la que se desprendían las yaguas secas con un sonido crujiente y en su lugar brotaban los penachos nacientes, verdes y vigorosos. Había sido una palma real en todo su esplendor. Pero le tocó ser víctima de la fiereza de un rayo, y ahora era solo un tronco, calvo, insultando al cielo y atemorizando mi conciencia infantil.

Mi mamá me tomó de la mano, sacándome de mis aterradas reflexiones acerca de qué pasaría si se caía el tronco sobre todos nosotros, y me llevó a la otra casa, la del sendero de piedras, las barandas doradas y el piso de granito.

En el interior había un espejo. “¡En los interiores de las escuelas no hay espejos!”, pensaba, guiándome no más que por el modelo de mi antigua primaria. Las escaleras eran de madera, de esas en las que retumban los pasos, como ecos de fantasmas. Y atrás, al final del recibidor, en la esquina derecha, justo antes de la puerta de la biblioteca, había un piano. El paso de los años le había dejado un inalterable velo de huellas amarillas y polvo seco sobre sus teclas.

Aquel colegio era como los sitios embrujados de las películas fantásticas. Entonces sentí la presencia de un millón de misterios en cada una de sus esquinas, y la necesidad de comenzar a descubrirlos disparó mi ánimo y reconstruyó mis miedos sobre el deseo de la aventura. Seguía temiendo al tronco solitario, a los reflejos enormes de las sombras en el espejo, al retumbar de los pasos en los escalones de madera, a la virtual melodía arrancada de las cuerdas del viejo piano. Seguía temiendo, pero me gustaba temer, porque me hacía creer que todo era posible.

¡Y cuántas cosas fueron posibles en la Mártires del Segundo Frente!

A mis amigos les contaba historias sobre apariciones de espíritus. Con ellos exploraba el sótano para encontrar un pasadizo secreto. Despilfarrábamos carcajadas al deslizarnos por el piso de mármol al que llamábamos “patio blanco” y donde una tarde hallamos grabada la enigmática figura de un ojo y comenzamos a darle significados esotéricos. Hasta creíamos que el árbol cercano al barranco que había al fondo, era una mandrágora y cobraría vida.

Ahora, que solo puedo observar aquellas toneladas de fantasía desde la mirilla de la distancia, pienso que el tiempo pasó muy rápido.



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