Facebook Twitter Google +1     Admin

LA MORDEDURA MEDIÁTICA

20140224143221-dairon-ivan.jpg

DAIRON MIRANDA QUINTERO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Desde pequeños nuestros padres, cuando no queremos comer o nos portamos mal, nos asustan con “el hombre del saco”, “el coco”, “la bruja”, “Drácula”… en fin, una infinidad de figuras fantasmagóricas. Pero pasa algo bastante incomprensible con las nuevas generaciones: ya no le temen a casi ningún monstruo, y mucho menos a los vampiros.

Si un niño (o niña) va a una fiesta de disfraces el primer traje que escoge es negro, tiene capa, lleva un maquillaje pálido y, por supuesto, un par de colmillos plásticos bien puntiagudo. Y si le pregunta a quién se quiere parecer, los nombres, a pesar de no ser usted un “cinéfilo-vampírico-empedernido”, no le impresionan: “A Damon Salvatore, a Elena Gilbert, a Edward Cullen, a Bella Swan”; es decir, a un numeroso repertorio de personajes protagónicos de series y películas tan conocidas como “Diario de un vampiro”, “Crepúsculo”, “Sangre verdadera”, “Blade”, “Buffy la cazavampiros” o “Ángel”.

Una causa de la “feroz” afición, generalmente del público más joven, radica en la evolución que han experimentado estos seres, quienes ya no solo se alimentan de sangre, sino de “energía vital” (una manera de decir alma sin acudir a un término tan trillado); su edad de “congelamiento” juvenil en el espacio-tiempo no supera, en la mayoría de los casos, los 20 años; prácticamente todos los actores son bien parecidos, elegantes, altos, de ojos claros, o lo que es lo mismo, representan el modelo hollywoodense de belleza; y, por último, ya no existen vampiros u hombres lobo, ahora hay una raza superior, mucho más fuerte y con características de ambas especies: los híbridos.

El nivel de originalidad en cada nuevo audiovisual que se realiza con la “sangrienta” temática va en ascenso, y a la misma vez disminuye hasta lo más oscuro del subsuelo del planeta Tierra; esto se explica a partir de ejemplos como la última entrega del más clásico de los vampiros: “Drácula”, una película del 2013, en tercera dimensión, con mucho desborde de tecnología en la elaboración de los efectos en general, mas por la parte de la idea, las actuaciones, el maquillaje y la propia historia, presenta poco atractivo o valor cinematográfico.

Pero el vampirismo tiene doble o hasta triple cara, relacionadas en su mayoría con la violencia. En la actualidad se han reportado casos de homicidios debido al consumo excesivo de ese tipo de materiales televisivos y literarios.

En 1985 fue oficializada, debido a la cantidad de incidentes violentos inspirados en series y películas sobre “demonios chupasangre”, la existencia de una seria enfermedad, el vampirismo clínico o síndrome de Renfield, un raro trastorno mental caracterizado por la excitación sexual asociada a la necesidad compulsiva de ver, sentir o ingerir el preciado fluido, viviendo o no el autoengaño creencial de ser vampiro.

Las nuevas generaciones, no le tienen miedo a esos seres fantásticos, los imitan y los adoran al punto de considerarlos la mayor expresión de sus sueños terrenales, excluyendo a otros paradigmas o ídolos más loables; lo que pasa es que entre la imaginación y la realidad hay un límite que deben percibir en cualquier instante: no somos inmortales, no corremos a 300 kilómetros por hora, no ardemos bajo los rayos del sol, y tampoco, tenemos colmillossss…



Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris