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CON F DE ESFUERZO, NO DE FRAUDE

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ALBERTO CABRERA TOPPIN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Hay ocasiones en que la tentación parece ser más fuerte que nuestro sentido de la autoexigencia y la honestidad. El temor al qué dirán nos impulsa a hacer algo que sabemos que, por provechoso que pudiera resultar, no está legitimado por ninguna norma escolar ni social. Cometer fraude, lejos de ser visto como un acto a repudiar, es hoy señal de picardía y suerte.

Nadie sabe a ciencia cierta quién dijo que “estudiar es desconfiar de la inteligencia del compañero de al lado”, pero la frase ha sido esgrimida en no pocas ocasiones por aquellos que ven en los libros, en lugar de la entrada al mundo del conocimiento, un repelente natural a su persona. Parece que para muchos de nosotros es más importante divertirse en las fiestas que apuntalar el futuro que comenzamos a construir cuando atravesamos el umbral de la Universidad.

Cierto es que nuestra época no es la misma que la de nuestros padres, abuelos, tíos… Hoy estamos rodeados de medios tecnológicos creados con el fin de extender nuestros sentidos más en su capacidad que en lo físico, pero que al final han ayudado a silenciar el mayor don que pudiera darnos doña Naturaleza: la capacidad de razonar.

El facilismo, ciertamente, es mucho más tentador que el esfuerzo. Sin embargo, ¿qué traerá al salir de la casa de altos estudios? Estaremos obligados a seguir mintiendo acerca de nuestros conocimientos y nuestras aptitudes, porque no fuimos capaces de crearlos, de madurarlos. ¿Resulta correcto tildar de imprescindible ese futuro, donde los primeros engañados somos nosotros mismos?

“La honradez no es la debilidad, no es la cobardía, ni es el consejo pusilánime que se pide a los adversarios, ni la resolución que se inspira en lo que los adversarios quieren. La honradez es el vigor en la defensa de lo que se cree, la serenidad ante las exigencias de los equivocados (…)”, dijo José Martí.

A pesar de esto, algunos creen que la causa fundamental del engaño académico no radica en la pérdida de valores, sino en las características del trabajo de la institución -con demasiada carga teórica, insuficiente práctica–, tal como indican estudios de la Universidad de los Andes. Aunque esto pudiera influir, somos los estudiantes los responsables directos de que tales hechos ocurran, pues optamos por no esforzarnos en el estudio previo y adquirir la mejor calificación a como dé lugar. No nos preocupamos por la repercusión próxima y lejana de nuestros actos. Olvidamos por un momento que todo lo grande alguna vez fue pequeño.

No hay mejor ayuda que aquella que brindamos mucho antes de un examen, a la hora de estudiar, cuando hay tiempo y espacio para las aclaraciones y el aprendizaje profundo. No existe forma superior de sentirnos parte de un grupo que no sea inyectándole saberes existenciales, académicos y espirituales con los cuales retroalimentarnos. Y si a la hora del examen, alguno de nuestros compañeros no nos comprende, solo estará reafirmando lo que alguna vez escribiera el más universal de los cubanos: “Solo dejan de entender la honradez en los demás los que han dejado de ser hombres honrados”.



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