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EL CRISTO QUE YO VI

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LUIS A. AUTIÉ CANTÓN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Me lo presentó la noche. Mientras en el aeropuerto el papeleo de rigor se robaba toda mi atención, el día se había cambiado de ropas. Río de Janeiro me recibía con una oscuridad llena de luces, como París. La madrugada anterior había terminado el carnaval, pero las calles aún olían a samba, a aguardiente y a carrozas. Fue entonces que lo vi. A lo lejos, como un retrato enmarcado en la ventana de mi taxi, el Cristo me abría los brazos.

A mis 15 años, poder viajar a Brasil era un sueño. Siendo cubano y adolescente, el hecho solo de viajar  lo era. Yo, fanático del fútbol, me moría de deseos por entrar al mítico estadio Maracaná. Pero esa estatua me cautivó, ocupó mi mente el resto de la noche.

Dicen que quien visita Río no puede irse sin tomar una foto al Cristo Redentor. La tarde siguiente quise conocerlo, verlo de cerca, ver la ciudad desde su perspectiva, tener mi foto. En un tren atravesé la espesa selva que viste al cerro del Corcovado, y  durante los cinco o seis minutos que duró el ascenso desfilaron ante mí ejemplares de la flora y fauna autóctonas de Brasil.

A cien metros de la cima hay una estación, donde los visitantes pueden tomar unos ascensores o bien utilizar unas escaleras muy amplias que, en espiral, rodean la montaña hasta coronarla. Aún hoy no entiendo cómo hay gente que utiliza esos ascensores y se privan de las vistas magníficas que el ascenso a pie ofrece.

Luego de cruzar una fina capa de nubes, a más de 700 metros de altura y con un viento frío azotándome la cara, por fin tuve delante a la efigie, inmensa, majestuosa. Debajo, el Maracaná vomitaba bengalas rojas y negras, los colores del Flamingo, el equipo de fútbol local, que acababa de proclamarse campeón de Brasil.

El Cristo dirige su mirada a la Bahía de Ipanema, hacia los hoteles y los rascacielos. Los turistas y las familias más ricas de Río de Janeiro viven a sus pies. Desde sus piscinas y terrazas pueden mirarlo directamente a los ojos, porque él los observa a ellos, los vigila, día y noche, como un pastor cuida a sus ovejas.

Pero a sus espaldas hay otro Río, que desde abajo no se ve: las favelas, peligrosas y tristes, se desparraman donde la mirada del Redentor no llega. Él no las observa, no las vigila, no las cuida: todo lo que pueden ver sus habitantes es la espalda de la estatua. Las favelas le duelen a Río. Recuerdo haber leído, en inglés, un graffitti en rojo: “Este es el Cristo que los pobres ven, el Cristo que no los mira. Este es el Cristo de los humildes”.

Dicen que quien visita Río de Janeiro no puede irse sin tomar una foto al Cristo Redentor. En mi cuarto, detrás del estante de libros, tengo mi foto del Cristo. Tengo la foto del Cristo de espaldas.



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