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EL RESTO DE LOS AÑOS COMIENZA POR EL PRIMERO

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LUIS A. AUTIÉ CANTÓN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Puede que asuste, es verdad. La primera vez, sea en lo que sea, estremece al más valiente, pues es inherente a la naturaleza humana sobrecogerse ante lo desconocido, temblar frente el camino nunca antes desandado.

La Universidad, ese monstruo "demandante de esfuerzo” que los padres dibujan en nuestras cabezas desde que somos pequeños, no es la excepción. Atrás quedan años donde los colores blanco, rojo, amarillo, azul o carmelita nos vestían como estudiantes y trazaban una disciplina académica que nos permitía cierto relajamiento o “relajomiento”, como decían algunos por ahí. La poca madurez de aquellos momentos impedía que viéramos los libros y libretas directamente conectados con nuestro futuro.

Entrar a la Universidad es diferente. Desde el momento en que ascendemos los peldaños de la Escalinata Universitaria el camino cambia, se empieza a escribir el primer capítulo del resto de nuestras vidas y empezamos a forjarnos, a definirnos profesionalmente.

Con la entrada a la Educación Superior ingresamos también a la Federación Estudiantil Universitaria que, haciéndonos partícipes directos de sus actividades, nos brinda la oportunidad de sentir que por primera vez somos una parte activa de algo importante.

El primer año demanda sacrificio y adaptación a una etapa que rompe con los niveles de exigencia que conocíamos, donde no existe el paternalismo ni el maternalismo de los profesores ni la mentalidad de “la cantidad en detrimento de la calidad”. Es un período que nos muestra combinadas en la misma bolsa azarosas madrugadas repletas de lecturas y estudio; estar, en muchos casos, lejos de la familia mientras nos enfrentamos a la vida de una beca universitaria, así como un rigor mucho mayor en los exámenes.

Ese primer curso nos enseña a ir a clases no solo por cumplir con la asistencia, sino porque cada turno es irrepetible y lo que dejemos de aprender ese día debilita el sedimento cultural imprescindible para nuestro desarrollo. Hay que aprovechar a los profesores. Aprovecharlos en el mejor sentido de la palabra, asimilar celosamente todo lo que puedan enseñarnos, exprimirlos.

¿Lo mejor? Los amigos. El pertenecer a un aula y una escuela nuevas permite el establecimiento de relaciones que, con el paso del tiempo, adquirirán una fortaleza inmensa. Un grupo universitario se convierte en una familia.

El decursar del primer año nos permitirá organizarnos de forma tal que el esparcimiento no afecte nuestro deber como estudiantes. Está bastante generalizada la creencia de que en la Universidad, o se estudia mucho y se aprueba, o se va a fiestas y se suspende. Una teoría errada.

El primer curso es imprescindible para la formación, pues las asignaturas impartidas en esos semestres iniciales son básicas, los cimientos de la carrera. Pero la vida universitaria no se reduce solamente a libros y exámenes. Se puede compaginar perfectamente el estudio con la recreación, solo se necesita concederle a cada cosa el tiempo adecuado. Claro está, si estableciéramos un orden de prioridades, no hay dudas de que estudiar está por encima de todo.



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