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CRÓNICA FUNESTA A TRES MANOS

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ALBERTO CABRERA TOPPIN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La Muerte, esa señora fría, de múltiples rostros y de actuar más fugaz que una estrella caída, simula perseguirme no importa a dónde vaya. Pareciera como si su propósito fuera ir acercando sus manos débiles y poderosas para estrangular mi existencia y establecer, a su antojo, el final de mi sendero temporal. Me ha hecho carnada de su terquedad, tal y como pudiera haber hecho con cientos, quién sabe si miles de almas en este lado del Caribe.

Se ha diluido en mi memoria la primera vez que tuve conocimiento de su presencia en este mundo, pero aún permanecen vestigios de cuando fui víctima de sus nigromancias. La penúltima gota de su detestable magia había caído en la garganta de una joven de 17 años para romperle la voz durante días, sobre todo en el instante de darme la noticia, de hermana a hermano; la última gota cayó sobre mis ojos, que a partir del día siguiente, después de despedirse de aquellos párpados de arrugas septuagenarias, escondite eterno de una mirada serena, azulada y raída, decidieron no llorar más.

En su viaje quién sabe a qué lugar, mi abuela, de sentimientos tan dulces como las golosinas multicolores que elaboraba y vendía, solo llevaría de mí un puñado incalculable de lágrimas.

Transcurrieron años para que la dama negra volviera tras mis pasos. Vieja sabia, pensaba tenerlo todo planeado: el lugar de la caída, el momento del impacto, la sangre que derramaría… Puede que no conociera el significado de equivocación hasta que otra persona, ingenua, enferma y joven, tomó mi lugar en uno de los asientos traseros de aquel camión gigantesco, asesino.

Minutos después, cuando ambos respirábamos el aire fresco que mezclaba trazas de la noche con la luz acariciante del amanecer, el inexperto chofer extraviaba el control del vehículo y, con ello, la vida de ese muchacho, que buscaba una salida a problemas y padecimientos y había encontrado el final… de todo. Tal vez solo ella, la Muerte, sabe qué vio esa víctima inesperada cuando su cráneo fue a dar al pavimento.

No está entre sus planes desistir, y es su deseo que lo sepa, por ello fue muy clara en su último artilugio. Me transmitió la idea de que el rostro pusilánime y envejecido de ese otro familiar, entonces capturado en el ataúd, podría ser el mío en cualquier instante. Solo bastaría estar en el lugar correcto para ella e incorrecto para mí, tal como sucedió con él, más hermano que primo, casi mi imagen, cadáver ya bajo mis ojos, destino de lágrimas y causa de pésames por la equivocada trayectoria de un cuchillo joven y sin corazón.

Disfrazada de lúgubre melodía, la Muerte –no sé cómo ni por qué– ha accedido a ser coautora de estas líneas negras. Quizás cree que este podría ser mi testamento y que al cruzar la calle más cercana ocurrirá un suceso del cual nunca escribiré ni una sola sílaba. No sabe que, por precaución, he buscado una tercera escritora, y que esta me tiene apretujado contra su pecho, oyendo los latidos de su existencia. Sin duda, no hay música más bella que el pulso de la Vida.



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