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TRAS “LA PERDIDA”

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SANDRA MADIEDO RUÍZ,
Estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana. 

Por allí corre una brisa de viento junto a la prisa de los transeúntes. El sonido de las trompetas contrasta con el bullicio de los automóviles, esos que levantan las hojas del pavimento y van hacia su destino, cual rumbo gris para quienes estamos aquí.

Dos árboles con improvisados bancos de madera alrededor cobijan el exilio del hogar tras horas de espera. Los rostros reflejan la angustia de la incertidumbre y la esperanza de la llegada. La agonía impide continuar leyendo a una muchacha En busca de la Atlántica. La señora del pañuelo azul fuma, el hombre se quita el sombrero, el niño tiene sed y el fotógrafo aquel congela los instantes.

A unos pasos del lugar, en la Terminal de Ómnibus Nacionales, coinciden invitados de todas las provincias del país. El frente del lugar acoge oportunidades para los negocios: el señor que vende pastelitos y la máquina que dice “pa´l habana”. Al otro lado de la calle radica la Sala Polivalente Ramón Fonst, testigo también de innumerables citas deportivas.

Es junio, de noche y la hora del noticiero. Ya somos menos: unos se fueron y otros nos quedamos hasta el fin. Aquella muchacha duerme encima de la mochila y el pequeño ya no llora. Han pasado cuatro horas y el refrán “la esperanza es lo último que se pierde cuando todo está perdido”, no funciona.

Ellos van para la Atlántica perdida tras el Túnel de la Bahía de La Habana, Cojímar, cuyo nombre en lengua arauca significa entrada de agua en el mar. La lectora vive al frente del océano, ese que el gran escritor Ernest Hemingway inmortalizó en el Viejo y el mar. Una guagua es la ideal para llegar a su casa, sin embargo, muchas veces debe caminar dos kilómetros bajo la protección de Dios porque el pueblo temprano está como “calabaza pa´su casa”.

Su nombre es “La Palestina” y le pusieron así porque no hay chofer para manejarla, el apellido “La Única” porque de su modelo chino solo existen dos ómnibus con sus características y su sobrenombre “La Perdida” porque cuando se va no tiene hora de regreso. En realidad se llama 58, pero todos prefieren llamarla por el apodo. “¿Cuántas hay hoy?”, es la pregunta recurrente de todas las mañanas antes de ir para el trabajo. Una sola vaga por estos giros, la guagua 273, “es increíble, nunca se rompe”, dice Fide, su carismático chofer.

Por ahí, en un lugar de La Habana de cuyo nombre no quiero acordarme, viene “La única”. “Yo siempre llego, más tarde que temprano”, contesta Fide. Sin embargo, esa noche, para sorpresa de todos, la guagua se ponchó. ¿Qué hará la mamá con su hijo de cuatro años? Antes la agonía, ahora la tristeza, la desesperación y la preocupación son protagonistas de una película que con seguridad vivirán mañana. 

Esta es la anécdota de un día común tras la pista de “La Perdida”; pero es también su historia, mi historia. Un relato que quien lo lea pensará que es incierto; sin embargo, es el retrato fiel de todos los días no solo en la ruta 58 sino en varias de la capital como la 67 y la 8.



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