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LOS NOVATOS DE LA UH

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ANA LAURA PALOMINO GARCÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Todos los años las diferentes universidades de nuestro país acogen a miles de estudiantes. Para los de cursos superiores somos unos novatos y la verdad es que la palabra nos queda como anillo al dedo. No sabemos dónde queda la cafetería, nos asombramos cuando no nos regañan por estar en el pasillo. ¡Es increíble, nadie te atosiga! Todo es una sorpresa: las peñas, las fiestas, las ganas de ser libres, las pruebas difíciles y los profesores que “no nos ponen el dedo”.

En la primera clase nos quedamos atónitos cuando el maestro comenzó a hablar y no dictó notas, ni siquiera se preocupó por que escribiéramos las tareas. Atrincherados en el pupitre, copiamos todo para que cuando llegara la temible hora en que revisaran las libretas, la nuestra estuviese al día. Sin embargo, pasan las semanas y el momento fatídico nunca se marca en el reloj.

Nos encontramos en la etapa en que elegimos lo que es importante. Ponen en nuestras manos la decisión de ser o no responsables y a veces pasamos un poco de trabajo determinando las prioridades.

Por otra parte, entramos en la era del INTERNE. ¡Tenemos correo, no de mamá o papá, nuestro! E-mail vienen, e–mail van, y los alumnos de las clases superiores te van mostrando todas las ventajas de este mundo, que a nuestros ojos inexpertos es lo mejor que se ha inventado. Uno se cree el rey del universo.

Pero, no todo es bueno. Los exámenes son cada vez más difíciles. No podíamos creer que el experimentado pedagogo, con más títulos que años, nos haya dado un temible dos, nosotros que decíamos que todo iba a ser puros cinco. A veces nos esforzamos y suspendemos, otras creemos haber hecho todo mal y el aclamado sobresaliente nos hace la visita. Vamos, que no entendemos nada.     

La otra cuestión peliaguda de ser un novato son las fiestas. Siempre hay algo que hacer, no sabemos cómo se puede disfrutar tanto y entre una copa y otra decidimos no faltar a ninguna “cumbancha”; más cuando recordamos que la mesada desapareció en una noche y que al otro día tenemos que entregar un seminario, la promesa de buen juerguista se incumple.  

Los meses continúan y los asombros toman un segundo puesto. Ahora vamos taciturnos por los pasillos pensando en la tarea del próximo día, no sonreímos ante la expectativa de una fiesta y nos adaptamos hace mucho a que los profesores no nos revisen las libretas.

Y así el primer año pasa como agua entre los dedos. Pronto seremos de segundo y veremos desfilar a los primerizos, con esos ojos de asombro ante las mismas cosas que antes eran inauditas para nosotros. Los llamaremos, los tomaremos por el brazo y con paciencia de quien se siente identificado, les enseñaremos a no derramar lágrimas ante su primer dos.



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