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CON DOS QUE SE QUIERAN… ¿BASTA?

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RAYMON DARIEL RODRÍGUEZ GONZÁLEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No sé de ningún niño o niña que no sueñe con algún día casarse. Entre globos, flores, anillos, trajes blancos, amigos y fiesta, se imaginan la ceremonia que posiblemente cambie sus vidas y los conviertan en hombres y mujeres de familia cuando encuentren la “persona indicada”.

Con los años, a la niña, ahora más crecida, le gusta otra mujer para que comparta su vida, y el niño, ya todo un hombre, se enamoró de otro hombre. Entonces los globos se explotan, las flores se marchitan, la idea del traje se aleja y hasta algunos amigos, o los que parecían serlo, desaparecen. Ya no hay fiesta; en nuestro país todavía no es posible una boda como la que sueñan estos dos cubanos.

Entonces llega la pregunta: ¿por qué los heterosexuales sí y los homosexuales no? ¿Eso no es desigualdad, discriminación? Cuba es un territorio con una larga tradición homofóbica, inicialmente con la metrópolis española; después, la influencia yanqui de la primera mitad del siglo XX, y por último, la represión a los gays en los incipientes años de la Revolución.

El matrimonio es un acuerdo legal socialmente reconocido que asegura los deberes y derechos de los involucrados entre sí y del resto de la sociedad para con sus integrantes, como parte del desarrollo de la sociedad moderna, cada vez más laica y liberal.

Catorce países en el mundo, la mitad de ellos en Europa, cuentan con leyes que autorizan el casamiento homosexual, todos a partir del comienzo del nuevo milenio. Muchas otras regiones permiten uniones civiles de personas del mismo sexo, aunque no se denominan matrimonios, entre ellos, Alemania, Irlanda, Israel, la República Checa, Colombia y Reino Unido.

No se trata de izquierdas, ni de derechas; ni de religiones o partidos; se trata de la forma de pensar de cada nación, o la de sus dirigentes; se trata de los prejuicios y el miedo a lo “diferente” que habita en el interior de muchos de nosotros.

Los más retrógrados piensan que dos personas del mismo sexo no tienen por qué casarse si pueden vivir juntos como pareja sin que nadie se los impida; como si fuera suficiente solo poseer derechos básicos, tal como limosnas que se le dan al mendigo para que esté conforme.

La cuestión es muy sencilla: los homosexuales se casan por la misma razón que los heterosexuales; ya sea por amor, para formar una familia, por  conveniencia, por intereses económicos, o por puro embullo.

El tema del matrimonio gay en la Isla está estancado entre comisiones parlamentarias. La Federación de Mujeres Cubanas, el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) y la Unión de Juristas de Cuba, entre otras instituciones, están abogando por un Anteproyecto de Ley que modifique al actual Código de Familia, que data de 1975, cuya modernización traería beneficios para toda la población.

Al respecto, Mariela Castro Espín, sexóloga y directora del Cenesex, en una entrevista al diario Juventud Rebelde señaló que espera “que los expertos se ajusten a la realidad de la sociedad actual y piensen en la nación que aspiramos construir: un país en el cual se valoren, sin distingos, los esfuerzos e intereses de esas personas y sus diversas formas de ejercer la ciudadanía”.

En la Isla, “la Revolución ha logrado establecer una política exitosa en materia de educación sexual y debilitar los cimientos de una cultura patriarcal… pero aún impera una sociedad machista”, concluyó Castro Espín.

Todos debemos intentar dialogar de la mejor forma posible y ayudar a propiciar los cambios de mentalidad que una parte de los ciudadanos del país necesitan. La otra gran parte de la sociedad está lista para aceptar los cambios positivos en este sentido que muchos esperan. Siempre habrá quienes se opongan sin razón, pero tendrán que acostumbrarse a la modernidad.

El día que finalmente suceda, porque el desarrollo es inevitable en todos los sentidos de la vida, muchos se casarán y muchos no, en dependencia de los intereses de cada persona y de sus planes personales. ¿Matrimonio, gaymonio o lesbimonio? El nombre no interesa, lo importante es tener la opción de elegir; debe ser un derecho de los homosexuales como parte de la humanidad. 

A veces se necesita de leyes y códigos para poder realizar un sueño o, mejor dicho, para poder sentirnos más libres. Cada persona debe tener la facultad de llevar al altar a su “persona indicada”, sin importar su orientación sexual o cualquier otra diferencia para que, finalmente, con dos que se quieran, baste.



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